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Columnistas  |  21 noviembre de 2020  |  12:00 AM |  Escrito por: Jimena Marín

¿RÉQUIEM POR LA EDUCACIÓN VIRTUAL?

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Jimena Marín

Por Jimena Marín Téllez

Recuerdo que el último día que estuve en un salón de clases fue sábado. Tenía clase de compraventa de acciones con uno de los grandes abogados del país en esta materia. Aunque nos anunciaron el avenimiento de la virtualidad, pocos nos imaginábamos que esa sería la última vez que tendríamos presencialidad en más de 8 meses. Incluso ese día discutimos si aplazábamos las clases hasta que volviera la presencialidad, o si mejor empezábamos a ver las clases que faltaban a través de medios digitales. Todos optamos por aplazar, con la esperanza de que las cosas volvieran a la normalidad en unos pocos días.

Poco después la universidad se dio cuenta que la pandemia no pararía en unas semanas, ni siquiera en unos pocos meses, y fuimos forzados a atender a clases virtuales. Era la nueva realidad y la aceptamos.

Sin embargo, para quienes amamos adquirir nuevos conocimientos, estudiar, aprender, la virtualidad no funciona adecuadamente. La razón de esto es que parte del aprendizaje consiste en el contacto humano.

Me refiero al networking que se genera cuando estudiamos en un salón de clases con unas personas todos los días o varios días a la semana. Nunca será igual conectar con los compañeros de clase en un escenario virtual que en un escenario presencial. Varios de mis grandes amigos los hice en la universidad, tanto en pregrado, como en especialización y maestría. La posibilidad de hacer trabajos juntos en un café, reunirse para discutir un tema o simplemente irse caminando del salón hasta el parqueadero, hablando de cualquier asunto, son cosas que la virtualidad no reemplazará.

Relacionado con lo anterior, y aún más importante, la virtualidad no permite una adecuada interacción con el profesor. Aunque Zoom u otras plataformas contienen la opción de levantar la mano, muchas veces esto no es visible de forma fácil para el profesor. Entonces, cuando el profesor no evidencia que un alumno tiene una pregunta, las únicas opciones que le quedan al estudiante son interrumpir al profesor de forma grosera u olvidarse de su pregunta. Muchas discusiones y debates interesantes e importantes para el aprendizaje se están perdiendo por la poca interacción que se genera.

Si esto nos pasa a los abogados, para otras carreras debe ser aún más difícil. No me imagino viendo una clase de, por ejemplo, cerámica, a través de un computador. No es posible para el profesor ver si la cerámica tiene una forma adecuada o si tiene las medidas apropiadas. Igual para aquellos que estudian medicina y tienen laboratorios virtuales y así podríamos poner muchos otros ejemplos similares.

En todo caso, los que llevan la peor parte son, necesariamente, los niños. Pienso a diario en tantos niños que hoy están sufriendo las consecuencias de la virtualidad: hogares inestables o violentos que no son espacio para aprender, internet deficiente, falta de guianza de los padres ya que ellos también trabajan, etc. Más aún, falta el desarrollo psicosocial que se genera por la simple interacción con compañeros.

No obstante, a pesar de que critico la educación virtual después de haberla vivido casi todo este año, considero que esta trae importantes beneficios de democratización de la educación. Si esto continuara a futuro, con la opción para las personas de decidir por la virtualidad o por la presencialidad, significaría un cambio significativo y favorable en el acceso a la educación.

Con la virtualidad, en un país tan centralizado como Colombia, departamentos como el Quindío tendrían más oportunidades de crecimiento y desarrollo. Esto ya que los futuros estudiantes podrían estudiar en las mejores universidades del país sin tener que incurrir en los costos exagerados de la vivienda en Bogotá o en Medellín. Es decir, más personas de regiones como la nuestra podrían estudiar en universidades con profesores de alto calibre, con doctorado, magistrados de las altas cortes, ingenieros premiados, etc., lo que necesariamente subiría la competitividad del departamento. Incluso podríamos llegar al punto en el cual jóvenes de regiones no centrales estudien en universidades de talla mundial, tipo Harvard, Yale, Columbia, Oxford.

Entonces, la conclusión es que la virtualidad tiene muchas desventajas y no permite un aprendizaje completamente efectivo a comparación de las clases presenciales. No obstante, las ventajas para regiones como el Quindío son inmensas y probablemente exceden las consecuencias negativas, al menos en educación superior. En estudiantes de educación básica, posiblemente los aspectos perjudiciales exceden cualquier beneficio que se obtenga.

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