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Cultura  |  11 enero de 2021  |  12:00 AM |  Escrito por: Edición web

XXVI. Notas de la peste: Mis muertes aparentes

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XXVI. NOTAS DE LA PESTE

MIS MUERTES APARENTES

Enrique Barros Vélez

Mi trabajo actualmente es virtual. Por eso todos los días, desde mi casa, analizo asuntos arquitectónicos alejado de la oficina receptora. Esto me obliga a permanecer varios días seguidos, y hasta semanas, en completa soledad, en los que poco falta para que le converse al espejo. Pero este malestar no es únicamente mío. El aislamiento, producto de la pandemia, también lo están viviendo todos los residentes del edificio donde vivo. Incluido Norberto, el señor que controla la portería, ya que por las medidas de protección al contagio solo está autorizado para permitirle ingresar a muy pocas personas. El tedio que le producen estas jornadas, con mínimas interacciones personales, le causan ilusorios escapes de la realidad. Por eso desde hace varios días, para distraer su aburrimiento extremo, decidió atacarme cada vez que bajo con destino a la calle. Entonces, cuando se abren las puertas del ascensor, él me está esperando, apuntándome con sus dedos, y sin mediar palabras me dispara y me mata. Imaginariamente, claro. Al principio no le paré muchas bolas, pero pasado un tiempo decidí seguirle el juego y defender las vidas imaginarias que me quedaban. A partir de entonces antes de salir del apartamento planeaba estrategias para sorprenderlo y eliminarle también algunas de las suyas. A veces pedía el ascensor y lo hacía descender desocupado y poco después lo pedía de nuevo y lo abordaba desde un piso más abajo. Sin embargo, al abrirse las puertas frente a la portería era nuevamente masacrado, ficticiamente. Otras veces lo pedía y me bajaba del ascensor un piso, o dos, antes, y al llegar a pie al primer piso volvía a morir de mentiras, acribillado. Entonces caí en cuenta de que la cámara interna del ascensor le permitía ver su interior mientras el ascensor descendía. Por eso nunca había podido salvarme del aniquilamiento, ni tampoco eliminarlo. Apenas se abría el ascensor retumbaba la lluvia de balas que recibía de sus dedos extendidos en forma de pistola. Solo cuando descendía a pie, desde mi apartamento, en el sexto piso, podía aniquilarlo a mi completa satisfacción. Pero el esfuerzo que requería esta acción era muy superior a mi deseo de venganza. Por eso se salvaron sus vidas supuestas. Con los días su delirio exterminador se avivó y las últimas veces al abrirse las puertas del ascensor lo encontraba con las 2 manos levantadas, como si estuviera sosteniendo un arma sofisticada. Después del estruendo que hacía con su explosiva voz me comentaba que con la ayuda de su rocket acababa de volarme con ascensor y todo. Entonces empecé a temer por su salud mental, pues su delirio exterminador podría llevarlo un día a tomar la decisión de volarme con edificio y todo. Por eso estoy deseando que este confinamiento termine pronto, para que este pobre hombre recupere su cordura y no disponga más de mis vidas imaginarias, ni se le vaya a ocurrir atentar supuestamente contra la integridad física del edificio.

Aunque en otros lugares, donde también hay convivencia, no exista un portero atacante eso no significa que allí las circunstancias no hayan impuesto la muerte de unas vidas que tal vez debían haber sido vividas ahora, pues el estancamiento indefinido es otra forma de dejar morir las vidas posibles y soñadas, las que debíamos haber vivido en la realidad que hace tan solo unos pocos meses compartíamos. Advertir esto mortifica, sobre todo si la apatía facilitó las irrecuperables pérdidas de esas vidas imaginadas…

Octubre 27 de 2020

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