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Cultura  |  11 enero de 2021  |  12:00 AM |  Escrito por: Robinson Castañeda

De Salento y otros excesos

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Un texto de Johan Andrés Rodríguez Lugo. Fotos: Andrés Uribe.

Ser borracho para mí es cuestión de herencia
Pasaré con el alcohol mi adolescencia

(Borracho de Tienda, Chite)

Hoy no debería estar en casa, encerrado, escogiendo una serie o película vía streaming. Debería estar seleccionando el saco que más acalore, el pantalón más grueso, los tenis más cómodos y gestionando el transporte de ida y vuelta a las fiestas aniversarias de Salento. Por hoy sería capaz de olvidarme de la paranoia que me da estar rodeado de tanta gente, del tumulto, los borrachos, las botellas, las sillas voladoras a las tres de la mañana y sería parte activa del exceso y el descontrol en el municipio padre del Quindío.

Allá, estaría bailando, tomando y riendo, y no aquí, con nostalgia, miedo y asco de ver tanto turista que, sin mediar en cuidados y protocolos, colapsa cada fin de semana el municipio extraviado de la cultura cafetera, porque es cierto, Salento, pareciera, ya es propiedad de otros, ni de ellos ni de nosotros, de otros, de extranjeros, turistas y nuevos dueños.

Pero regresemos a lo importante, la fiesta, el aniversario, los conciertos, casetas y eventos, los buses de turismo, carros, motos, jeeps y hasta bicicletas, el colapso diurno y nocturno. El sábado, domingo y lunes de danza, canto, poncho y sombrero; del ron, aguardiente, cerveza y whisky; de los gritos, los encuentros y recuerdos a medias.

No tengo clara la fecha de mi primer viaje a las fiestas de Salento, realmente es una constante que no tiene principio, aunque hoy un nudo, y más que en la garganta, los recuerdos de años anteriores, de anécdotas, risas y momentos. Pero hablaré de aquel día en que me encontré a don papá bebiendo, bailando, borracho y acompañado, cuando horas antes me había dicho casi llorando que ese año no podría ir conmigo, que me fuera yo y disfrutara sin él, que vengara su recuerdo y me los tomara en su nombre, que quizás el otro año, o el otro día, que no importaba y que bueno, que qué lástima.

Si soy un borracho, si soy un perdido,

Si soy mujeriego, si soy un bandido,

Yo vago en el mundo, yo soy vagabundo…

Iniciaba el año 2012, uno de los tantos proclamados como el fin del mundo, quién sabe si el maya aquel del calendario era disléxico y en vez de poner 2021 puso 2012, solo el tiempo nos dirá, en todo caso, en aquel enero apenas si se mencionaba ese tema y todos nos preparábamos para iniciar otro año, acababa de terminar diciembre, el primero sin mamá, el llanto familiar pudo más que la risa y la felicidad, pero a esas alturas, la fiesta y el ron ya eran parte del menú. Como era costumbre, luego del 31, 32 y 33 de diciembre, vendría el fin de semana siguiente, hasta el viernes la situación era que me encontraría con papá a las 7:00 de la noche en “La Chapolera” y luego nos iríamos en cualquier bus que saliera para Salento.

A eso de las cinco de la tarde del sábado, mi celular sonó, era don Juan Antonio, quien en tono aburrido y melancólico me informó que los jefes le habían pedido que trasnochara ese día y que le darían libre la siguiente semana, obviamente no podía decir que no, era el único volquetero que estaba disponible en ese momento porque los demás no habían llegado aún a Calarcá, y mucho menos renunciar como lo había hecho en otras ocasiones, porque obvio, primero la fiesta, pero esa noche aceptó a regañadientes.

Cancelada la compañía paterna, me puse en gestión de la amistosa, en aquel año tenía BlackBerry Messenger (BBM), mejor conocida como Pin. Digamos que entre 2010 y 2013, el celular BlackBerry fue el Turboman de los regalos para adolescentes, las primeras aplicaciones de mensajería instantánea con una interfaz que no se compara a las de hoy, incluso era mucho mejor porque era “más personal”, uno tenía su nombre de usuario, su propio código o pin para que alguien lo agregara, independiente del número de celular, se podía cambiar la foto de perfil cada cinco minutos según el estado de ánimo puesto que la aplicación le notificaba a los demás que uno cambiaba la foto, ahí empezaron los estados tóxicos y las tiraderas, también mostraba lo que uno estaba escuchando, era una buena aplicación en todo caso Q.E.P.D. Uno se da cuenta quiénes tuvieron Pin porque son los que prefieren chatear antes que enviar audios de 5 minutos.

Le mandé entonces un mensaje a Julio, mi mejor amigo, quien durante la adolescencia era mi compañía de parranda, yo sabía que él y sus primas ya tenían listo transporte, así que le escribí para preguntarle si aún tenían cupo o si sabía quién me podía llevar. Al instante sonó el celular “Ping, Ping, Ping”, quedaba uno y de inmediato me lo separaron, así que me empecé a arreglar. La buseta blanca de asientos verdes estaba lista en la esquina de la carrera 24 con 41 a las siete en punto de la noche, los cupos estaban reservados y solo era esperar que todos llegaran. A eso de las 7:30 emprendimos el viaje que duró casi una hora debido a la multitud de buses, carros, willys y motos que a esa hora se enfrentaban a las interminables curvas que rodean la propiedad de Cartón Colombia.

Lo primero que debíamos hacer al llegar era escoger alguna de las casetas para no movernos en toda la noche, ya había demasiada gente y las entradas estaban escaseando, Julio y yo nos separamos del grupo con el que íbamos en el bus y nos fuimos a dar una vuelta por el parque, sabíamos que habían otros amigos pero pocos llevaban el celular porque era peligroso, se podía perder o robar, entonces era cuestión de paciencia y puntos de encuentro.

La noche empezaba, en la tarima del parque había una orquesta de música parrandera, pedimos cervezas y nos quedamos de pie pendientes de que llegaran los demás amigos para que la fiesta de nosotros pudiera comenzar oficialmente. Al cabo de dos horas y muchos turistas con ruanas, ponchos y sobreros, aparecieron los demás.

Porque mande, mande, quien mande

En el mundo siempre habrá:

Buena gente, mala gente, el que niega,

El creyente, sabio, necio, indiferente,

Tabaco y ron…

Pasadas unas dos horas desde la primera botella de Antioqueño Tapa Azul, el frío de la montaña ya hacía de las suyas, así que alargué las mangas del suéter que llevaba y me crucé de brazos mientras los acompañantes empezaban a bailar y recogían la cuota para la próxima botella. Julio, notando mi cara de tristeza, cogió una copa, sirvió un trago y al igual que Pastor López me dijo: Vamos a brindar por el ausente, que el año que viene esté presente. Y nos tomamos esa copa como si fuera la última de la noche.

Los ánimos ya estaban a tope y decidimos ir a la caseta en donde estaban algunos familiares de nuestros acompañantes, debíamos atravesar el parque, pasar por la iglesia, esquivar vendedores y manos con cervezas, esquivar niños, borrachos y bailarines y pararnos al lado de vallas de Cristal y Ron Viejo de Caldas a mirar si alguno corría con la suerte de encontrarse a alguien, en el transcurso del camino, les conté por qué papá no había podido llegar, luego de llegar a la otra carpa, Julio me dijo:

Johan, su papá.

Julio, no, recuerde que no vino ¿ya está borracho?

No, que vea, que allá está su papá.

¿En dónde?

Véalo, ¿no es ese que está allá en las escaleras de la iglesia?

Con una camisa amarilla, de líneas azules y rojas que formaban cuadros, un pantalón y mocasines negros, el hombre estaba levantando una botella de ron al aire mientras otros con las copas en mano gritaban al son de la música que se estaba escuchando en ese lado del parque.

Luego de comprobar que los familiares de nuestros amigos estaban bien, nos devolvimos hacia nuestra primera carpa y así poder hablar con papá. Resulta que a las 7 de la noche, mientras nosotros íbamos en el bus, un derrumbe en el alto de La Línea detuvo las obras que estaban haciendo y por falta de maquinaria decidieron parar todo y enviar a los trabajadores a las casas. Juan Antonio, ni corto ni perezoso, tomó el primer taxi que bajaba a Calarcá, llegó a su casa, se cambió de ropa, se tomó un caldito que su esposa le preparó, salió para el terminal de Armenia y en el primer bus que iba para Salento se subió.

Recuerdo que nos quedamos en esa esquina y cambiamos el Antioqueño por don Viejo, empezamos a bailar, a saltar y a reírnos, las horas pasaron, la música se tornó más fuerte y copas de diferentes tragos aparecieron, todo se quedó en un largo color oscuro con humo y luces de láser, un eterno olor a fritanga, empanadas y arepas, y un grito unísono que se confundía por todos los tipos de música que sonaban en el mismo instante y a cual más de volumen. Mientras movíamos los pies al son de la salsa, de repente nos encontrábamos meneando las caderas a la derecha y a la izquierda, luego, sin más, vi a papá sacar el pañuelo del bolsillo para alzarlo y zapatear el San Juanero, al rato como era de esperarse, inició una de las tantas peleas del siglo…

El Diablo se paró bravo, echando candela, le dio tan duro a Pedro, que le tumbo dos muelas

1, 2, 3, Y a Pedro le contaban

4, 5, 6, El Diablo se carcajeaba

7, 8, 9, Y Pedro se paraba

Ra, ra, ra.

No recuerdo a policías deteniendo la pelea, pero sí a nosotros protegiendo a unos niños que estaban cerca del ring, entonces los llevamos hacia una esquina y allá nos quedamos quietos mientras la situación se controlaba. En el bolsillo de atrás me había guardado una media de Antioqueño que un amigo le había regalado a papá, así que compramos otras copas y nos servimos de nuevo brindando por cualquier cosa. El reloj ya marcaba las cuatro de la mañana y el tiempo de la fiesta llegaba al final, la música de la plaza disminuyó, las orquestas de la tarima principal se detuvieron, y la procesión de foráneos inició tambaleándose de un lado a otro dirigidos a la salida del pueblo en donde estaban parqueados los buses que retornarían a diferentes partes.

Le dije a Julio que le dieran mi puesto a otra persona porque me iba a quedar con papá, el hombre ya estaba muy doblado y no lo quería dejar solo, así que el bus en el que yo había llegado arrancó. Nosotros nos quedamos en las escaleras de la iglesia esperando que se desocupara un poco la plaza antes de empezar a caminar hacia el bus en el que había llegado papá, en esa espera el hambre nos atacó y de lo poco que quedaba aún en las parrillas, decidimos comer unas “salchichas suizas” recalentadas.

El sol ya se asomaba en la cordillera y nosotros empezamos a caminar por la Calle Real, bajamos dos cuadras y como era evidente, nos perdimos, a lo lejos escuchamos el grito de uno de los amigos de papá y como pude empecé a empujarlo hacia el bus blanco de Transportes Granada que nos estaba esperando, el conductor me conocía así que no había lío que ocupara otro puesto, de todas formas a esa hora no importaba cómo, la idea era regresar a Calarcá.

Para la tranquilidad de mi sistema digestivo, caí privado durante el viaje de regreso, no me imagino el desenlace de este relato si estuviera despierto a las 4 de la mañana mientras el bus descendía las curvas de la montaña. Mi memoria recuerda estrujones y gritos y luego un <> de mi papá. El bus, para fortuna nuestra, nos dejó a una cuadra de la casa, así que tomando fuerzas cogí a Juan Antonio y lo arrastré, y él, tomando de sus fuerzas, me cogió del brazo y me arrastró, luego, todo fue silencio, las puertas se abrieron y en dos pasos caí tumbado en un mueble, hasta el próximo año, dije…

Y ahora tengo que olvidarla también

Y arrancarla de mi alma y mi ser

Y de aquel amor que quema en mi piel

Que no quede nada

Que no quede huella, que no, y que no

Que no quede huella,

Porque estoy seguro que tu mi amor

Ya ni me recuerdas…

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