• JUEVES,  15 ABRIL DE 2021

Cultura  |  06 abril de 2021  |  12:00 AM |  Escrito por: Administrador web

Relato: ¡Encuéntranos!

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Un texto de Ofelia Arévalo Ariza. Publicado originalmente en el libro Recordar es jugar. Un proyecto del grupo Café y Letras Renata.

Paola Edith y Carlos Eduardo tenían cinco y tres años respectivamente, cuando el Tío Rey, un sábado en la mañana, llegó de la finca los llamó al comedor y les dijo que les traía un regalo, una caja pequeña de cartón, bien cerrada, la puso en el suelo:

-¿Qué es tío Rey?- Preguntó Paola.

-Adivinen- dijo el tío.

-Ya sé, son carambolos-. Dijo, con cara de “sabelotodo”, la niña.

¡Sí, sí! ¡Quiero uno! Gritó Carlos Eduardo.

El tío se rio y negó con la cabeza: “Nooo, no. No están ni tibios”. Los dos miraron la caja con aire de intriga y curiosidad.

Carlos Eduardo trató de abrirla, pero las aletas estaban bien trabadas y no pudo hacerlo, entonces Paola tomó el asunto en sus manos; pero antes, la levantó un poquito y la movió de un lado a otro y nada pasó. Miraron al tío con aire interrogante. “!No!, ¡No son carambolos!”, exclamó Paola y tomó con fuerza las tapas de la caja.

Los dos niños miraron dentro y, por un segundo, se quedaron mudos; después, automáticamente, las cuatro manos tomaron una pequeñísima bola de pelito entre gris y blanco.

-¡Un perrito!..., ¡un perrito!..., ¡un perrito!- Gritaban y brincaban

-Será Niko- dijo Paola,

-Siii Niko- repitió Carlosé.

Bueno, pues así llegó Niko a la familia. Un perrito French Poodler, que se convirtió en el compañero permanente de los dos, en cada actividad diaria. Fue la gran preocupación de Paola quién ya iba al Preescolar y era la mayor recomendación para Carlos, respecto de su cuidado, mientras ella regresaba.

Y claro, Niko aprendió su horario del colegio y a esperarla, cuando ya era hora, con su nariz pegada de la puerta. Sucedió igual cuando Carlos inició su vida de colegio. El perro ya era más grande y con más fuerza, entonces se trepaba en las ventanas a esperarlos.

Niko deambulaba por toda la casa y como estaba siempre con ellos aprendió a jugar pelota, a traerles cosas, a comer mango y mandarina, a lamer Bombón Bum hasta encontrar el chicle y pasar horas en su cama remascándolo, pero lo más importante, aprendió a jugar a “las escondidas” con ellos.

No me imagino cómo le enseñaron, pero el Niko aprendió a esconderse para que lo buscaran o ser ellos quienes se escondían y él quien los buscara.

-“Niko, escóndase que lo vamos a buscar”-, decía Paola, que era a quien le hacía más caso. Bajaban la escala al primer piso, ella se tapaba la cara e iniciaba el conteo.

-¡Nikooo!… ¡ya vamosss!- gritaba y subían los dos.

Los oía con el cuento de: “Nikoooo… estamos tibios…¨, “Nikoooo calientesss…” “calientesss…” luego silencio…Si no lo encontraban, volvían a empezar. Cuando lo encontraban, los gritos, la risa, los ladridos de Niko y las carreras se escuchaban en toda la casa.

Algunas veces se pasaban adrede de su escondite y Niko, creo que no resistía la tensión de estar escondido con ellos tan cerca y salía ladrando.

En otras lo llamaban al patio, le decían: “Niko vamos a jugar “escondidijo”. “Te quedas aquí; no te muevas hasta que te llamemos”.

Niko, con sus orejas muy paradas y sus ojos chispeantes los miraba irse.

¡Nikooo!… ¡yaaa!… ¡Encuéntranos!... Le gritaban y él salía a buscarlos.

Supongo que, como toda la casa olía a ellos, pues más de una vez no los encontraba y entonces venía donde mí con mirada inquisitiva, algo así como: ¨¿Dónde están?¨ A veces Paola, le gritaba:

-¡Nikooo!... ¡No le pregunte a mi mamá!-. Él volvía a buscar, ya más ubicado por la voz, y los encontraba.

Otras veces, bastaba la más leve señal mía para ir corriendo a encontrarlos, y claro llegaba el grito de: ¡Mamiii le “sapió” a Niko¡, ¡Nikooo tramposo!

Niko nos acompañó más de 15 años, y nos sigue acompañando en el recuerdo. !Nikooo!…¡yaaa!… ¡Encuéntranos!

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