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Cultura  |  11 abril de 2021  |  01:28 AM |  Escrito por: Edición web

Cuentos de domingo: Ejercicio de la memoria

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Por Auria Plaza

No me gustan las confidencias… Lo que confías a otro, tarde o temprano se vuelve en tu contra. Siempre hay un momento en el que la información dada por distracción o debilidad te hace vulnerable. De todas maneras te lo voy a contar, pues no puedo dejar pasar la visita sin hablarlo. Simplemente eso, hablarlo, que es para mí lo más cercano al sicoanálisis. Y no es que no me pueda pagar un sicoanalista, sino que me quedan viejos complejos de pueblo. El sicólogo es para los chiflados. ¿Te acuerdas de Teresita? ¡Tan linda y dulce! Sí, aquella que se negaba a salir de su casa. "Es muy tímida" –decía su mamá–. "Es una santa" –decían los vecinos–. Así de simple; a nadie se le ocurrió, como hubiera sucedido en la ciudad, pensar que debía ponerla en terapia para averiguar por qué solo salía de su casa para ir a la iglesia. Ya sé… me estoy saliendo del tema. Te quiero hablar de la visita. No, de Teresita no, ¿Te acuerdas que terminó yéndose con el hombre del que se había enamorado? Pobre, ese era su secreto. Se fue con el cura; anda a saber en qué fue a parar ese amor o locura que los hizo desafiar todo lo establecido y cometer el gran delito. Ella, de amar a alguien que le era prohibido y él de contravenir las órdenes dadas desde antes de nacer, no dirigidas a él en particular, pero que aceptó cuando quiso seguir las huellas del pescador.

Sí, estoy divagando, pero… ayer vi a Teresita –o al menos a alguien que se le parecía–. No…No le hablé. ¿Para qué? Se me vinieron los recuerdos encima, y ahí es donde apareció "ella" y me tiene muy molesta la visita. Después de tantos años me había olvidado de que existía. La futura modista del pueblo. Mi mamá era costurera así que yo también lo sería. En el pueblo todo se sabe, desde antes de nacer ya saben a qué grupo pertenecen, cuáles serán sus amigos y hasta con quién se van a casar. Lo supieron las abuelas, sus hijas y las hijas de sus hijas y así será por siempre, pues en este círculo no hay cambios. La gente no se mueve, se casan entre ellos y mueren donde nacen. Las historias son las mismas; solo de vez en cuando se interrumpe la rutina de lo conocido y cuando esto sucede la seguridad de todos tiembla y el que la interrumpe es perseguido, hasta que vuelve a lo acostumbrado o se va. Nadie quiere ser amenazado por lo desconocido; el sentido de pertenencia está en cada uno de sus habitantes. Esta es la casa de don Pedro, esta es la hija de doña Carmen y así con todas las cosas. Saben quiénes son los malos y quiénes son los buenos y en su forma simplista de medirlo no dejan opción para el cambio, porque cambio significa sorpresas y no quieren sorpresas. La vida está perfectamente ordenada como si fueran piezas de un ajedrez puestas en el tablero sin permitir que empiece el juego. Ya bastante tienen con el imprevisto de si la cosecha va a ser buena este año, mejor que el pasado o peor. Porque eso sí, todo en el pueblo depende de la cosecha. No sólo para los agricultores sino para el comerciante, para el banquero y hasta para el cura. Habrá más bodas, bautizos, misas etc. Se gastará más, circulará el dinero y la gente estará alegre. Otra cosa es si la cosecha es mala. Sin embargo el pueblo sigue igual, ya vendrán años mejores.

Te hablo de “la hija de doña Julia”, porque para mi desgracia, fui hija única; así que mi nombre no contaba, no era necesario. Te aseguro que si hoy preguntas en el pueblo, sin decir “la hija de doña Julia”, nadie va a saber de quién estás hablando, a pesar de que se habló largo rato de mí. Seguro que todavía alguna vieja dirá: "pobrecita doña Julia, su hija la abandonó" y eso que nunca dejé de enviarle su giro mensual, lo que le permitió vivir cómodamente, hasta el día en que murió. Pero el que me haya ido del pueblo, de ese abandono, de eso sí hablaron. No perdonan que haya dejado, no sólo a mi madre, sino a todo el pueblo, y que la gente joven empezara a desertar siguiendo mi ejemplo, como en su momento yo seguí el de Teresita. Ella se fue por amor, yo por un sueño.

Todos supieron de mi primer trabajo como niñera, pero estoy segura de que el hecho de que hoy tenga mi propio negocio no lo toman en serio; más de uno dirá que son fantasías y que seguramente seguiré cuidando niños o trabajando en una fábrica. ¿Qué saben ellos de mis noches en vela estudiando hasta obtener mi título de bachiller y después, todos los sacrificios que hice para mantenerme en la universidad? Tuve que buscar otro trabajo porque los niños crecieron y no me necesitaron más. Así que, hasta serví mesas, porque el horario me convenía y pagaban mejor. Entre el estudio y el trabajo no me quedaba tiempo para hacer amigos, ir al cine o a bailar. Las cosas sencillas de la vida, como pasear por el parque, tomar un café en el bar o leer poesía, fueron lujos para mí. ¿Vacaciones? ¡Qué risa! Estas van a ser mis primeras vacaciones. Las decidí cuando me encontré con Teresita o la que se le parecía y que resucitó esa otra yo que tenía enterrada.

El taxi que tiene que pasar a recogerme para ir al aeropuerto se está demorando y aquí estoy en la oscuridad de la sala con mis dos maletas, testigos que me recuerdan que voy tras otro sueño: conocer Europa, recordando el pasado y en un ping pong de palabras con la "otra" que me cuestiona:

–¿Acaso eres feliz con todo lo que tienes?

–La felicidad es un estado de ánimo. Cuando estaba ocupada para conseguir lo que tengo, no tenía tiempo de pensar si era feliz o no. Estaba con un sueño, con una meta. Creo que, en cierta manera, era una forma de felicidad.

–Pero, ahora que ya no tienes necesidad económica de trabajar tanto. ¿Por qué lo haces? ¿No será porque te angustia tu soledad, o porque tienes miedo de un montón de horas vacías?

–No se trata de eso, es mi estilo de vida.

–Pareciera que sufriste una metamorfosis.

–Puedes llamarlo metamorfosis o ecdisis y… sí, son las transformaciones necesarias para adaptarse, para dejar atrás lo que fuiste y que nunca más volverás a ser, para no dejar resquicio de desandar lo andado.

–¿Te avergüenzas de tu pueblo?

–No se trata de eso, pero este es el lugar donde elegí vivir. No volví ni pienso volver al pueblo: mi único cordón era mi madre y ya no existe. Eres el último pedazo de piel que me quedaba. Ya no habrá más “cambio de camisa”.

¡Qué diferencia entre la jovencita asustada que emprendía un viaje a lo desconocido y esta mujer que sabe a dónde va y que, ni siquiera en estas horas vacías, se ha dejado seducir por la evocación! Sólo tú sabrás que el pasado me asaltó en un momento del ejercicio de la memoria, ya “la otra” no existe.

El Caimo, abril 2021

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