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Cultura  |  18 abril de 2021  |  12:00 AM |  Escrito por: Edición web

Cuentos de domingo: Tules de distintos colores

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Auria Plaza

Su mano está helada, la sostengo con la mía, húmeda y temblorosa. Un estremecimiento me recorre desde la médula y no es por el aire frio que entra por la ventana, sino por la sensación de perro apaleado, abandonado a su suerte. ¿Cómo pudiste hacerlo? Ayer me jurabas que siempre estarías a mi lado, caminando juntos por el cielo y el infierno ¿Por qué? No lo entiendo. En la muerte nada es posible.

El frasco de barbitúricos sobre la mesita de noche y ella, en la cama, con una placidez en el rostro de quien reposa sin penas. Su cuerpo de niña-mujer, envuelto en una nube de tul de distintos colores, es el vestido que te atrajo cuando lo descubriste en la vitrina.

–Es un vestido de novia –le dije.

–No por eso deja de ser hermoso –y con su voz infantil con una modulación de armónicos naturales de poca intensidad, continúo– Tú ves un vestido de novia y yo veo el de una bailarina. Mira cómo las capas rosadas, azules, lilas, blancas y grises traslucen en su conjunto un color indefinido como el que se ve al amanecer.

–Sí tienes razón, ese efecto es bonito.

Entramos a la boutique y una mujer muy elegante te pregunta si quieres probártelo. El vestido por supuesto te queda grande y la empleada hábilmente le tomó con alfileres el talle. A duras penas te podías estar quieta, tan pronto la mujer terminó, empezaste a girar como una bailarina. Me recordó las pinturas de Degas y supe, como un relámpago, que ese había sido tu sueño.

–Hubieras querido ser bailarina.

Me arrepentí de decirlo. De pronto tu rostro cambió como si el peso de una desgracia te hubiera caído encima. En el vestidor quedó el reguero de tul de colores. Sin ninguna explicación saliste corriendo y, mientras yo apenado me deshacía en disculpas, le pedí a la empleada que me avisara cuando estuviera listo. La mujer me miraba con un gesto despectivo en la boca, casi se le escucha lo que piensa: ¡pobre sugar daddy! No sabe ¡cómo podía saberlo! que esa jovencita me salvó del precipicio en el que estaba cayendo.

No te seguí, conocía tus estados de ánimos y supe que esas cuatro palabras fueron el gatillo para llevarte de vuelta a ese mundo oscuro del que no quieres hablar. Ese día al menos no te dio ataque de furia, sólo ofuscación. Igual me pillaste desprevenido, llevabas días animada.

¡Maldita sea! El vestido lo guardaste y no pregunté.

Yo pensé que ya había vivido todo el dolor que alguien puede soportar, agotada toda la capacidad de sufrimiento. La tragedia otra vez colándose debajo de mi puerta. No tengo fuerzas para llorar, ni para reclamar. Al irse tu aliento se ha ido el mío. Este dolor silencioso de saber que no te veré más, ni siquiera lo siento en mi carne. Cómo quisiera que me enterraran espadas o me dieran latigazos para gritar y romper el silencio del mundo.

Tantos proyectos soñados. Ahora ya jamás habrá ternura, ni locura. A mi alma la cobijan las sombras. Mi cuerpo está cansado, lo envuelven los años. Me acuesto a tu lado y recuerdo la noche en que te conocí. Era uno de esos días malos en que llevaba quién sabe cuántos bebiendo. Vestías de negro, con el maquillaje, también negro, todo corrido. Te costaba sostener la mirada, pero cuando lo hacías, era retadora; intentaste robarme, con tan mala suerte que, a pesar de estar hecho un guiñapo, todavía conservaba la lucidez y te atrapé cuando tus dedos flacuchos se deslizaron en mi bolsillo trasero.

–No lo intentes, puedes acabar mal.

– Me vale chimba, chinchurria.

–Me parece que te vendría bien un buen plato de sopa y a mí, igual. ¿Me quieres acompañar? hay un sitio cerca donde se come delicioso.

–Este es mucho güeva

–Sí, ya sé que la plata que buscabas no es para comer sino para drogarte, pero es mejor que vengas conmigo. Esos que están ahí son de antidrogas y te están vigilando para que los lleves a tu proveedor. Es noche de limpieza.

Desde el accidente en donde se mataron mi mujer y mis dos hijos venía pendiente abajo, no encontraba motivos para vivir. Con Johana las cosas empezaron a cambiar. Al principio parecía que era ella quien me iba a arrastrar, pero logré convencerla de asistir a un centro de rehabilitación.

Me preguntaste por el amor eterno y acariciando cada centímetro de tu piel te contestaba:

–El mío no es el tuyo, nos separan muchos años: los vividos por mí y los tuyos por vivir.

No quisiste quedarte en mi casa, ni tampoco que yo viviera en el apartamento que te compré. Afirmabas que eras una desposeída y sentirte dueña de tu espacio era como si yo fuera Dios y te regalara el cielo. Cuánto gozamos eligiendo tus muebles. Te comportabas como una quinceañera de Disney con ese derroche de colores pasteles en la decoración. No quisiste que contratáramos a un obrero, así que lo hicimos los dos; pintamos cada rincón y nuestras caras, como dos chiquillos. Te reías mucho por las bromas que siempre te hacía de mis cuarenta y tus veinte, haciendo alusión a la canción de José José.

Ayer empezamos a mirar folletos de turismo. Quería llevarte a Europa y tú, en ir de compras por los centros comerciales de Miami. No entendí que estabas siendo irónica.

–En Europa también puedes hacer compras, lo que importa por ahora es sacar el pasaporte.

–No tengo papeles.

–No importa. Eso se arregla

Ya no querías hablar más del viaje. Me pediste que fuéramos a comer sushi y al cine. En la película estabas distraída, con la cabeza apoyada en mi hombro y muy apretada queriendo desaparecer tu cuerpo en el mío. Después del cine te propuse ir a mi casa y estabas cansada solo querías dormir. Te dejé en tu apartamento. Al despedirnos me abrazaste muy fuerte y dijiste:

–Te amo

–Yo te amo más

–Lo sé –susurraste con tu voz dulce– Nadie en la vida me ha querido como tú.

Ahora ¿qué voy hacer con mi querer, niña de mi alma? Nunca te pregunté de dónde venías. Sospechaba que Johana no era tu verdadero nombre y no me importaba. La chica de la calle dejó de existir y te convertiste en una bella jovencita. Yo me sentí Pigmalión, consciente de la influencia que tenía; tú eras mi Galatea, hiciste que volviera a creer en mí. Tú me salvaste y yo no lo logré. No fue suficiente que por fuera lucieras reparada, que a pesar de juntar los pedacitos con el arte kutsugui, por dentro seguías rota. Viví en la ilusión de que el amor todo lo podía. Ahora tendré que seguir adelante, con el recuerdo de una esposa y unos hijos que perdí por un absurdo accidente y el amor que me salvó de la desesperación. En tus veintitrés años, con tanto por vivir, y mis cuarenta y seis, a cuesta de un camino solitario, sin ilusiones tendré que reinventarme o morir. A pesar de tu juventud no esperabas nada de la vida y hacer planes te descomponía. ¿Por qué no me di cuenta? Tú te has ido y yo me quedo aquí, con mi soledad. Te llevaré conmigo para siempre y en cada amanecer veré los tules de colores de tu vestido de bailarina.

El Caimo, abril 2021

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