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Cultura  |  26 diciembre de 2017  |  12:24 AM |  Escrito por: Robinson Castañeda

Crónica: AK Cuarenta y Quinto

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Crónica: AK Cuarenta y Quinto

Este trabajo hace parte del proyecto La Región Contada, del taller literario Café y Letras, Relata Quindío.

Por Robinson Castañeda

Lo vi entrar de repente al local comercial donde me encontraba. Empuñaba su arma mientras se dirigía al vendedor que minutos antes me había tomado la orden para un cable de micrófono. No me moví del lugar. Sin duda me sorprendió su actitud y porte. Tampoco busqué protección alguna en caso de que se presentara un incidente y dadas las circunstancia, correr no era una opción. Lo cierto de todo era que aquel hombre nos había tomado desprevenidos. Ya dentro de la tienda, se dirigió con su ametralladora en mano al muchacho de la caja registradora para preguntarle por uno de sus compañeros de trabajo. El joven le pidió el nombre completo para ir a buscarlo y se perdió en el sótano del cual salió minutos después, acompañado de un muchacho con pinta de rockero de los 90. Antes de eso el sujeto armado se paseaba por el lugar sin nerviosismo o prisa alguna. Nunca le quite la vista de encima y cuando vio al empleado que buscaba, le descargó en sus manos el fusil con el que había ingresado al sitio, mientras le brindaba un amistoso saludo dando a entender que se conocían.

A cuatro metros de mí, ambos entablaron una conversación calmada. Llena de preguntas por parte del dueño del arma para con el vendedor, que puso el aparato en el piso tendido sobre un papel y lo fue silueteando con un marcador.

─Lo que pasa es que yo no sabía que este fierro tuviera una forma tan rara. Usted si me había dicho que era especial. Dijo el vendedor.

─Yo le dije a usted que era para un estuche de guitarra con esa forma y por eso se lo traje. Me dijeron que usted era el propio.

El dueño del arma, un sujeto de aparente arraigo y hablar campesino, me miró un par de veces y debió notar mi cara de curiosidad y asombro por lo que acontecía, ya que optó por saludarme con el buenos días de siempre, el cual tome como pasaporte para entrar a hacer parte de la situación. En ese instante ya el arma era observada por otros vendedores de la tienda y dos clientes que entraron. Incluso uno de ellos le preguntó al dueño si podía tocarla.

─Claro mijo. Hágale.

Sin dudarlo, el joven se terció el instrumento e hizo un rasgueo a las cuerdas que resultó mudo por no estar conectado a un amplificador.

─¿Quién le fabricó esa guitarra tan linda? ─Le pregunté a quema ropa.

Orgulloso me respondió que se la había hecho un amigo de Quimbaya. Llegaron entonces los halagos de él para con su compañero ausente a quien al parecer apreciaba al máximo.

─Dígame Hernán. Así a secas. No me diga don. Y me apretó con sus manos carrasposas y gruesas.

Entre preguntas que iban y venían ya con el hielo roto y mientras el empleado de la tienda le tomaba las medidas para el estuche de su extraño y curioso instrumento musical, me comentó que su amigo, que se llamaba Alfredo, era el artífice de la guitarra. Que cuidaba cada detalle lo más que podía. Era evidente, pues cuando me acerque para observar el instrumento con forma de ametralladora, nada le faltaba. La empuñadura, culata, catillo, proveedor. Todas las cosa en su lugar como es un arma real.

─¿Y suena normal? Le pregunté.

─claro. Eso es sino ponerle unos bafles y retumba.

─¿Y usted me podría dar el número de teléfono de su amigo?

Hernán no sólo me dio el dato para contactar al fabricante, sino que de inmediato lo llamó y nos puso en comunicación directa. Pudimos concretar una reunión para una semana después por motivos de trabajo.

A los ocho días don Alfredo Salazar, nombre del luthier, vía telefónica me daba las indicaciones para llegar a la finca que administraba y que se ubicaba cerca al municipio de Quimbaya.

No fue difícil la ruta y con mapa hecho a mano pude dar con el lugar. La típica finca cafetera, esta vez a no más de 10 minutos del municipio por un camino a tramos pavimentado y a otros destapado. Don Alfredo me esperaba en la entrada del lugar con la amabilidad típica y común de nuestros campesinos. Sus silencios eras metódicos y decían más que mil palabras. Aun así estuvo atento y presto a colaborarme sabiendo el propósito de mi visita. El café hecho con agua de panela acompañó todas las tertulias en las que nos vimos envueltos.

"Para mí la música significa algo grandioso, muy bonito. Un detalle que nace dentro de mí. Como una expresión al amor y desamor. Es decir a todo incluye la música. Para mí es algo que me nace y lo llevo en las venas".

Esas fueron sus apreciaciones tras veinte años de haber comenzado con aquello que le llegó por curiosidad, cuando veía a sus compañeros disfrutar de las melodías que estaban presentes durante el jornal. Se propuso aprender a tocar guitarra a la par que acataba las órdenes y sugerencias de los ya expertos. Dice no tener quizás la destreza de alguien que haya pasado por una escuela y aunque encontró tarde esa pasión y gusto musical, se tiene confianza lo más que puede, dominando las notas y sabiéndolas diferenciar en sus interpretaciones.

Con el paso de los años, ritmos y melodías de carrillera y parranda, muy escuchada en las veredas colombianas, le nace la idea de comenzar a fabricar instrumentos musicales, guitarras para ser exactos, en forma de ametralladoras, fusiles y escopetas. Con dedicación, entrega, ensayo y error, su primer prototipo resultó más experimental que satisfactorio, pero sabiendo que siempre hay segundas oportunidades, suguió dando alas a su curiosidad alimentada en las tardes, ya cuando las jornadas del campo terminaban y logró fabricar un bajo, esta vez tallado con esmero, dedicación, un machete afilado, serrucho, navaja, lija y un pequeño “taladrito”, como él dice.

Sonido y forma iban de la mano con lo que buscaba. Pese a la distancia que lo separaba de la perfección y los detalles, estaba más cerca de lo que en su mente había escrito, pues nunca se vale de planos para lograr sus resultados. Aun así pudo llamar la atención cuando presentó su obra al público en un festividades en Cartago Valle. Muchos quedaron cautivados y llenos de asombro. Otros algo a la expectativa respecto al sonido que pudiera dar, pero al final pocos salieron decepcionados. Incluso comenzó a tener sus primeros encargos “porque antojados hay en todos lados”, dice Alfredo, mientras va afinando la guitarra durante nuestra tertulia.

─El diseño simplemente se me vino a la cabeza pensando en el tema de la paz que tanto dicen en la radio. Es un reflejo de lo que yo veo que significa.

Pino al cual no le da broma, es la maderas escogida para cada proyecto. “No es fácil labrarla”, asegura Alfredo, pues siempre la paciencia y el tiempo, conjugados en sus tardes de momentos libres y silencios, son sus cómplices incondicionales hasta llegar al resultado final. Calcula que pueden ser unos cuatro meses lo que más o menos demora en cada trabajo.

Y esa misma paciencia cargada de sorpresa y asombro, son las presentes en la conversación con este hombre de mutismos que aparecen y desaparecen entre frases. Se ve como buscando las palabras justas para no decir nada de más, y su timidez casi extrema es notable. Es difícil, de no ser por que visité su humilde e improvisado taller detrás de la finca, en una cuarto de no más de tres metros cuadrados, creerle que nunca antes de este pasatiempo, se había dedicado a la talla de madera.

Ahora, cargado de confianza y quizás esa tenacidad pocas veces vista en otros, quiere crear empresa. Vender ya oficialmente sus guitarras con forma de armas de fuego y vivir de las ganancias. Nada fácil en tiempos modernos, pero no imposible para alguien con su carácter.

El café, uno de tantos aguapaneludos que nos tomamos en las distintas conversaciones, se fue acabando para dar vía libre al momento del suculento almuerzo compuesto por frijoles, chicharrón, arroz, tajadas de plátano maduro y limonada.

Deberíamos más bien, en vez de disparar un proyectil de un arma para hacerle daño a alguien, mejor disparar una canción de amor. Una canción de paz. Algo que enamore. Ojala algún día Dios quiera podamos lograr cambiar todo el conflicto que se ha armado hasta estos momentos. Se cambien por una nota musical que generan estos instrumentos que fabrico.

Lo dice mientras con su mano marcada por las huellas de años de trabajo en el campo, señala su obra musical que reposa en un sofá en el que los puso para exhibirlos durante la entrevista. Al escuchar tanta coherencia, me deja sin palabras mientras paso el último trago de café ¿Qué otra lección de vida puede contener tanta lucidez? Creo que pocas. Antes de partir prometo volver no como aprendiz de contador de una historia sencilla y profunda, sino como un amigo más.

Le doy el hasta luego a don Alfredo con un fuerte apretón de mano y abrazo fraternal. También el adiós iba para su esposa doña Sandra, quien pese a no ser la protagonista de este relato, me contó a grandes rasgos una episodio relacionado con la violencia, el desplazamiento y la muerte al sur del departamento de Bolívar de donde es oriunda, pero que no cabe en estas líneas porque merece cuartillas completas en otras páginas.

De repente y ya cuando estoy saliendo, don Alfredo me alcanza dándome un detalle que por la emoción y la casi interminable charla no habíamos tenido en cuenta.

─No se le olvide que es un AK Cuarenta y Quinto. Me dice.

─ ¿Cómo?

─El nombre del instrumento que fabrico. Así le pusimos. La idea me la dio un amigo en Cartago que también es muy buen músico. De los mejores que conozco. Un día conversando me dijo:

Alfredo eso se llama un AK Cuarenta y Quinto.

Y así lo dejamos.

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