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Armenia  |  09 septiembre de 2021  |  12:00 AM |  Escrito por: Edición web

Armenia, el paraíso de los tontos

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Texto de Maira Alejandra Ovalle Peñuela

Ilustración de María Camila Cabrera Celis

El jueves 26 de agosto, caminaba tranquila, a eso de las 10:30 p.m. con Camila y Felipe, amigos y compañeros de trabajo. Dejamos atrás el Parque Fundadores rumbo a BBC, pleno norte de Armenia, para conversar y celebrar el cierre de un concierto de blues al que habíamos asistido. De nuestro destino nos separaban unas cuatro o cinco cuadras, quince minutos de camino a buen paso.

Desde antes, Camila, como una premonición, dijo que por allí era peligroso de noche, el comentario pasó desapercibido, el buen ánimo no nos permitió… ¿leer la realidad del Quindío, pueblo líder en desempleo, redes de microtráfico, VIH y prostitución? Al llegar a la avenida, Felipe sugirió que tomáramos un taxi, rechacé la propuesta, estábamos cerca, era fácil caminar como tantas otras veces lo he hecho sola, incluso más tarde. Sin saberlo, claro, tracé un destino violento por el cual luego, asustados y nerviosos, peleamos, lloramos y reímos por la mala y buena suerte que nos acompañó.

Al salir del Parque, cruzamos la calle y pasamos Mr. Pompy, locales de ropa y comida cerrados, el CAI de Policía, el restaurante Margarita de Amor y el Parque de la Vida. Nos habíamos alejado unos doscientos metros del CAI, posiblemente menos, cuando nos encontramos con un hombre y una mujer. Yo caminaba sobre la avenida, Camila y Felipe a mi lado iban sobre el andén. Me fijé en la mujer enseguida, en su rostro desfigurado por un llanto reciente. Mi reacción fue instantánea, di dos pasos hacia afuera para alejarme y preguntarle si necesitaba ayuda, supuse que el hombre la violentaba. Atisbé una moto señoritera dispuesta para la fuga, pero este detalle no me alertó.

Al volver a la escena, ella, no sé de dónde, sacó un machete oxidado de cacha anaranjada. Lo empuñó con fuerza y lo levantó a la altura de su hombro mientras exigía que entregáramos celulares y bolsos. El hombre, puñal en mano, se lanzó sobre Felipe; ella, rubia teñida, crespa, menuda y de poco más de cuarenta años, saltó hacia nosotras. No logró atraparme porque me eché a correr, en cambio sí encerró a Camila. Devolví desesperada los pasos hacia el CAI que segundos antes cruzamos. Recuerdo que regresé gritando, mi voz hacía eco en la calle. Nadie salió. Me devolví sin parar de gritar, pensando en cómo defendernos, salvarnos.

En la acera de enfrente, desde una droguería personas empezaron a gritar también, intentaban advertir a la policía del CAI. En medio del caos, un motociclista, supuse un domiciliario, se detuvo a pocos metros y pitó, chilló, nos ayudó, quizás nos salvó la vida. La mujer y el hombre, novatos, al parecer, se subieron asustados a la moto llevándose el bolso de Camila y una cadena de oro, a la que le guardaba especial cariño por ser el único objeto que guardaba de su padre muerto.

Al huir la pareja en la motocicleta, Camila corrió hacia el CAI, Felipe y yo la seguimos. Allí nos encontramos con un policía de pie, hablando por radio con suma serenidad.

-¡¡¡Señor!!!, ¿no escuchó los gritos?

-Sí, claro, ya avisé a la patrulla.

-Pero ¿cómo si escuchó no salió, por Dios, estaba apenas a unos pasos?

- Qué pena con ustedes, pero tengo orden de no dejar solo el CAI.

Lo que siguió a esta conversación fue el enojo de Felipe, producto del susto; el llanto de Camila tras haber sentido el filo del machete en su rostro. Mi desconcierto y miedo, extrañamente, hasta el día siguiente se manifestaron. Poco después, entraron otros policías motorizados y una patrulla.

- ¿Cómo era la moto? ¿Cómo eran las personas? ¿Hacia dónde agarraron?

- Negra, señoritera. Hombre y mujer. Subieron hacia el norte.

A estas preguntas les siguieron:

- ¿Eran venezolanos?

- No.

- ¿La ciudadanía no salió a ayudarlos?

- No, estábamos a doscientos metros del CAI y solo recibimos ayuda de un domiciliario.

- ¡Ahí están pintados! ¡Tan indiferentes! Pero tranquilos, ya vamos tras de ellos, seguro están por allí arriba, con lo descarados que son.

- ¿Señor y si revisamos las cámaras?

- No, este CAI no tiene. Pueden pedir las grabaciones en los edificios vecinos. Nosotros tampoco tenemos acceso porque son privadas, si quieren, mañana les brindamos acompañamiento.

En el discurso inventado por el turismo y la politiquería, el Quindío es exaltado por sus paisajes lo que ha llevado a que despistados y tontos lo nombren paraíso hasta volverlo destino predilecto para quienes, pensionados, buscan un lugar en el que no pase nada. Y efectivamente no pasa nada en muchos aspectos: en el cultural e intelectual, por ejemplo. No obstante, en otros espacios, se está muy lejos de la placidez y el sosiego, basta ver el balance oficial en seguridad del Quindío, entregado por la policía el año pasado. En él se señala que sucedieron 112 homicidios, 226 casos de delitos sexuales, 510 casos de violencia intrafamiliar, 1.132 casos de hurto a personas, 804 casos de hurto de celulares y 786 lesiones personales. Por su parte, el Observatorio de Feminicidios Colombia contabilizó 13 crímenes. La frivolidad de las cifras impide el estremecimiento.

A la luz de lo anterior, me pregunto, ¿qué es lo que tanto sorprende? ¿Por qué lo vivido resulta insólito cuando la realidad -producto de problemáticas y políticas sociales que no resuelven nada- parece arrastrarnos justamente hacia la violencia, la descomposición? No justifico nada, procuro entender la condición de quienes vivimos en este pueblo grande. Esta es una ciudad excluyente, irrisorio paraíso de unos pocos.

Mientras escribo y repaso la escena me parece asistir a una comedia pobre, a una burla. Este hecho permite leer la realidad, el engranaje de todo un país cuyos cimientos son muertos, corrupción y narcotráfico; esta es una sociedad desestructurada y sumamente desigual cuyas instituciones son xenófobas, inútiles y arbitrarias en las que prima el respeto por la norma, el dogma sobre la vida. ¿Qué tipo de seres humanos se configuran en aquellos espacios invadidos por ideologías de vigilancia y poder? Hace poco, hirieron a May Aleja Vélez y asesinaron en plena peatonal de la Uniquindio a su amiga, Jdhay Retro (cantante de hip hop), nadie hizo nada. Poco después un gomelo disparó un arma traumática e hirió a dos personas. Los hurtos y ajustes de cuentas son el pan de cada día, y esto solo en un pequeño fragmento de la ciudad. Aquel jueves nosotros pudimos ser los titulares del día siguiente, las razones de indignación que aparecen de golpe y que se esfuman tras el segundo o tercer día. ¿Hasta cuándo tendremos la misma suerte? Este no es un paraíso, es un infierno para quien se baje de su carro, se quite las gafas y observe las calles. El Quindío deambula al borde del abismo. No cesa su desmoronamiento.

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