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Cultura  |  12 septiembre de 2021  |  12:00 AM |  Escrito por: Administrador web

Ricaute, ¿Lo embolo?

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Un texto de Jairo Humberto Ramírez Arcila. Hace parte del libro Literatura Herramienta de la Historia. Un proyecto del grupo Café y Letras Renata.

Cada vez que le gritaban: ¡Ricaurte! ¡¿Lo embolo?! Su rostro, rubicundo de por sí, aumentaba el rojo en su piel hasta tomar un color púrpura tan intenso, que parecía haber sufrido una quemadura. Inmediatamente, venía su respuesta, mecánica y tajante:

– ¡Vaya a embolar a su madre, hijueputa!

Y los chicos, muertos de la risa: ¡Ricaurte! ¡Vaya juáguese la cabeza que quedó untado de jabón!

– ¡Vení juagámela vos, malparido, hijueputa!–. Y acto seguido, se inclinaba a buscar piedras para arrojárselas a los muchachos que lo fastidiaban con sus gritos y bromas.

Sólo una vez dio en el blanco, aunque no fue precisamente a alguno de los rufianes que gozaban a costa de sus enojos. Lamentablemente, golpeó a una señora en sus posaderas, dama que desafortunadamente pasaba por la calle donde Ricaurte Caicedo Triviño, dagüeño de pura cepa, desde hacía cuarenta y ocho años vivía el drama habitual.

La cosa no pasó a mayores y la señora no puso problema, pero, por si las moscas, Ricaurte estuvo confinado voluntariamente por toda una semana en su casa. De ahí lo sacó su afición a la bebida, hábito al que no fallaba los jueves, sábados y domingos. Alguna vez tuvo esposa, pero ella y sus hijos lo abandonaron por las penas que causaba a su familia.

Desde hacía unos veinte años, vivía sólo, en una casa amplia, en la calle Chapinero del municipio, cerca de la línea férrea que pasaba de Cali hasta Buenaventura. Una mujer trigueña, con rasgos indígenas, de estatura baja y ojos diminutos de color café, le aseaba su casa y le preparaba los alimentos. Él le pagaba con comida, alguno que otro vestido de segunda y algo de dinero, suficiente para que comprara sus cosas de aseo personal. Cuando llegaba con la borrachera completa, a eso de las seis de la tarde, ella ya no estaba. Le dejaba la comida servida en el comedor ubicado en un salón grande que, de no ser por la mesa y dos sillas, estaría totalmente vacío y sería un corredor de la casa.

Ricaurte era un hombre de tez clara, mediana estatura, más bien enjuto, cara rubicunda y pelo totalmente cano. Aparentaba unos sesenta años o más, y cuando no estaba ebrio, no salía de su casa ni para cobrar los arriendos de las “ramadas” que tenía alquiladas. Para ello, enviaba un muchacho vecino y le pagaba unos miserables pesos. El chico decía:

–La necesidad tiene cara de perro, y por esa necesidad, me aguanto los abusos de este viejo hambriento.

Las gentes del pueblo aseguraban que Ricaurte tenía una muy buena cantidad de dinero bajo el colchón de la cama donde dormía, por eso su alcoba permanecía asegurada con tres candados y chapa de doble seguridad.

Aquel domingo de agosto de 1977, día bastante caluroso y soleado, muy temprano salió a las cantinas de la galería, sin bañarse como era costumbre. Eso sí, se lavaba la cara y cabeza en un lavadero derruido por el uso y los años, sacando agua de una tina de metal, de esas en las que envasaban la miel de purga que se transportaba en los trenes. La había obtenido fiada de un empleado de los ferrocarriles y nunca la pagó.

Se peinó la cabellera blanca luego de remojar la peineta y aprovechar la grasa acumulada en su cabeza. Se puso uno de sus dos únicos pantalones de algodón y una de sus dos camisas guayaberas, todo de color blanco. Limpió sus pies con un trapo de toalla, sin siquiera remojarlos. Se apoyó en la costra dura e impenetrable de sus pies bastos, adornados por gruesas uñas, largas y malolientes, como las de sus manos, y resistente a cualquier tipo de piedra, por filosa que ésta fuera.

Con esta pinta salió para no volver. A las 7:00 a.m. llegó, como era costumbre, al granero “El centavo menos”, donde compraba el alcohol y aguardiente que mezclaba para que la bebida rindiera más. Esto lo hacía antes de entrar a las cantinas que rodeaban a la galería, donde pedía una cerveza, para disimular y, de manera subrepticia, sacaba su “preparado” de la mochila de cabuya que se atravesaba al pecho. Luego, iba hasta los puestos de venta de carne, para comprar desperdicios y partes más baratas de la res. Envuelto todo esto en papel periódico lo embutía en su mochila.

Después, en las cantinas bebía íngrimo en el rincón más oscuro. Cuando el alcohol empezaba a hacer su efecto, cosa que no demoraba más de una hora, se las daba de cantor y voceador y hacía dúo con las pianolas o tocadiscos, o hablaba a voz en pecho como si estuviera vendiendo periódicos.

Ese domingo cuando llegó a comprar el alcohol, saludó, con su voz ronca, dando los buenos días.

–Buenos días, don Ricaurte. Ya lo atendemos–, contestó alguien que pudo ser un cliente más, para burlarse del viejo borracho, que aún estaba sobrio, o pudo ser, también, uno de los empleados del almacén, obligados por la cortesía impuesta. Él se acercó al mostrador de madera, apresurado porque le urgía hacerse a su bebida preferida. Don Jaime Alonso, propietario del granero, agilizó la entrega de la media de aguardiente y la de alcohol, recibió el dinero y rápido le dio el cambio con la intención de deshacerse de él, en el menor tiempo posible.

Introdujo las botellas en la mochila y entre frases de despido y agradecimiento, casi ininteligibles, salió del lugar para tomar la calle que lo llevaba a las carnicerías. Hizo lo de siempre y salió de la galería para ir por las cantinas. Entró a la primera, se ubicó en la mesa que había en el rincón más lúgubre, porque allí podía preparar su mezcla sin ser visto. Después de un cuarto de hora, pasó a la segunda cantina, y una hora después, lo vieron en la cuarta o quinta, compartiendo mesa con un hombre desconocido, de sombrero negro de ala ancha.

Cuando alguien lo invitaba a tomar aguardiente sin tener que gastar un peso, olvidaba sus escrúpulos y, acto seguido, estaba riendo y bebiendo con el generoso compañero. A eso de las once de la mañana se había unido a la pareja una de las chicas de la cantina, que siendo nueva, no veía problema en sentarse con este empecinado beodo. Mujer joven, de unos treinta años, trigueña, de cabello prieto y estatura media. Luego, llegaron nuevos personajes: una mujer mayor y un hombre de unos cincuenta y cinco años, de baja estatura, tez clara y bigote a lo guerrillero de revolución mexicana.

Este grupo variopinto pasó del aguardiente al whisky, de la charla al canto, del buen hablar al trato vulgar y grosero. Los otros clientes y los que pasaban por la cantina, aunque veían con particular interés al grupo y a su borracho paisano junto a ellos, no se extrañaban porque conocían los vicios de Ricaurte, sus inclinaciones e intereses. Lo habían visto “goteriando” entre desconocidos y reconocidos. Aunque era poco frecuente, algunas veces su coterráneo arriesgaba todo por el licor, el tabaco y las prostitutas. La verdad es que alguien debió extrañarse de la mujer; pero nadie lo hizo hasta que se conoció el crimen.

Ricaurte, después del mediodía, durmió bastante sobre la mesa, mientras sus compadres de arrebato seguían la rumba sin él. A eso de las 4:30 de la tarde, despertó, mareado por los efectos de una temprana resaca y se levantó para ir al baño. Uno de los sujetos lo ayudó para que no cayera al piso y lo acompañó. Luego volvió a la bebida y la chica retornó a sus mimos con él. En poco tiempo estaba nuevamente entonado con el grupo y la bebida; feliz de tanta suerte.

Un poco después de la 6:00 p.m. lo vieron bajar de un automóvil Ford 66, color rojo, justo al frente de su casa. No eran los mismos sujetos compañeros de mesa o, tal vez, confundidos por la oscuridad que empezaba a apremiar, no los reconocieron los pocos vecinos que por casualidad lo habían visto en la cantina. Iba una mujer con él, muy parecida a la que se sentara en sus piernas, pero vestida de forma diferente. No se supo qué pasó después. Los personajes que lo acompañaron hasta su casa no se volvieron a ver; la mujer lo ayudó a abrir la puerta, pero no ingresó y todos se fueron de inmediato.

–Vea pues: hoy empezó muy temprano Ricaurte con la “rasca”– comentó el paisano que lo encontró tirado cuan largo era, en un mullido pastizal ubicado por la media calle que, cerca de El centavo menos, daba al río Dagua. Dicen que varios transeúntes lo vieron, pero creyeron que dormía como era su usanza, aunque no tan temprano, cuando ya la borrachera era dueña de su cuerpo y alma. La mochila había quedado, con la botella adentro, debajo de su cuerpo, como si su última urgencia hubiera sido la de proteger el preciado tesoro etílico. Lo extraño es que fuera lunes, precisamente el día que él no salía a la calle porque lo dedicaba a recuperarse de la pea del día anterior.

La sangre que salía de su cuerpo se confundió con los pedazos de carne que sobresalían y estaban desperdigados a un lado. El fétido olor, tampoco llamó la atención, pues ya era costumbre en él. Al acercársele, se podía percibir que su cara ya no era de color rojizo, sino que tenía unas manchas de color morado, las cuales eran visibles también, cuando se enojaba con las burlas de los muchachos que le gritaban:

–¡Ricaurte! ¡¿Lo embolo?!

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