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Columnistas  |  19 octubre de 2021  |  12:00 AM |  Escrito por: LUIS FERNANDO JARAMILLO

EN POS DE IDEALES

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LUIS FERNANDO JARAMILLO

Por Luis Fernando Jaramillo Arias

Álvaro Uribe es un hombre. Así como suena, un hombre con virtudes, con defectos, con fortalezas, con debilidades. Un hombre que ha dedicado su vida al servicio; un hombre de familia; un hombre disciplinado; un hombre sencillo, sensible, amable, amigo de sus amigos, amante de los caballos, querendón del campo, con una inteligencia sobresaliente y una memoria envidiable, una capacidad de trabajo fuera de lo común, un líder extraordinario, una persona de objetivos claros. Un hombre que luchando por el país se exige más allá del deber, hasta la excelencia.

Ha cometido errores. Cuando se dejó convencer por los cantos de sirena de reformar la constitución para habilitarlo para su reelección inmediata; cuando confió en mandos que le reportaron como logros resultados delictuosos. Cuando ingenuamente apoyó candidaturas de sepulcros blanqueados. Esos errores le han costado un serio deterioro de la imagen que construyó en muchos años de trabajo, porque los enemigos que se granjeó en las batallas por la Patria se han dedicado a atacarlo con sevicia, con mensajes dirigidos especialmente a personas jóvenes que no vivieron los horrores de una violencia financiada por narcotráfico, sin escrúpulos, que nos condujo a un secuestro nacional. Le cobran que no les dejó apoderarse del país, que nos liberó de ese encierro de forma que pasamos de ser un Estado inviable, a uno que comenzó a crecer a tasas del orden del 6% anual y le cobran a través de una sucia estrategia de judicializarlo en muchos casos con pruebas espurias, a él y a colaboradores cercanos.

También tiene contradictores que no comparten su manera de ser, su liderazgo, su forma de actuar, sus tesis. Él los respeta y ve en ellos su derecho democrático.

Fundó Uribe el partido Centro Democrático para promover sus ideas y darle curso a su vocación de poder. Yo comparto esos valores republicanos; ¿Quién no quiere seguridad? ¿Qué país no aspira a inversión privada? ¿Quién no ve con buenos ojos el diálogo popular? ¿Quién no aprecia un país con cohesión social? ¿Quién no anhela un estado austero?

Desafortunadamente el partido ha venido perdiendo su estructura y su institucionalidad está debilitada. Los cuadros nacionales no parecen tener jurisdicción sobre las regiones en tanto que en las regiones solo algunos de los parlamentarios elegidos en 2018 gracias al arrastre del senador más votado en la historia del país, intentan hacer esfuerzos por retener los copartidarios como se tamiza agua con un colador. El partido, con la excepción de esos parlamentarios y de los que hoy figuran como precandidatos presidenciales, carece de liderazgo y arraigo regional. Nadie se declara CD o Centrodemocratista o simpatizante del Centro Democrático. La mayoría se confiesa uribista en una clara alusión a lo que se puede definir como mentalidad caudillista.

Descrito este dramático cuadro, en aras de mi compromiso con la verdad y motivado por mi agradecimiento, respeto y especial cariño por Álvaro Uribe, por María del Rosario Guerra, por Paloma Valencia, por María Fernanda Cabal, por Rafael Nieto, por Carlos Felipe Mejía, por Alejandro Corrales, por Ruby Chagüi, por Oscar Iván Zuluaga, por Daniel García, por Diego Javier Osorio y por todos los ciudadanos de a pie que localmente a nombre de la colectividad me ayudaron en la campaña a la alcaldía en 2019, quiero pedirles una reflexión sobre la verificación y firmeza del ideario, sobre los esquemas de designación, sobre la estructura institucional, sobre todo lo que se necesita para inspirarse en la búsqueda del poder.

En el Quindío no podemos agregar mucho a la descripción. Tenemos como representante a la Cámara un gran señor, trabajador y cumplidor de su deber, jefe del partido en la región, pero sin interés en ejercer como tal. Parece preferir la academia, la práctica en el recinto legislativo, las buenas maneras en el trato con las personas, pero lejos del perfil de líder que ha caracterizado a Uribe. Unos pocos quijotes en un comité departamental elegido a dedo porque no se ha podido de otra manera y una entusiasta y dedicada señora son el remedo de la institucionalidad del partido en la región.

Se observan divisiones, la orfandad por el líder Fabio Olmedo Palacio, la desazón de muchos, transfuguismo en no pocos, transacciones con el poder local en otros, apatía en numerosas mentes. Afortunadamente hay algunas iniciativas de reconstrucción no exentas de conatos de rebeldía.

Es hora de pensar en el ideal de recuperar una política sana que propugne por el bienestar colectivo, es hora de acabar la corrupción, es la hora de llamar a Diego Javier y al Comité departamental a conectar con la juventud, a recoger los deseosos de ayudar al partido, a insistir en armar de nuevo esa gloriosa colectividad que ha orientado las decisiones populares en los últimos veinte años, a innovar en los nombres, a promover los nuevos liderazgos, a incorporar en los programas la consideración a los tiempos que corren, a adaptar las acciones a los llamados del medio ambiente, a la aplicación renovada de los principios partidistas. Ustedes tienen juventud suficiente para no ser inferiores a su tiempo como Álvaro Uribe, ya en el final de su carrera, se irguió desde los años 90 en un territorio donde cundía la desesperanza y logró remontar y permanecer durante muchos días en un índice de popularidad no igualado por cualquier otro en la historia del país.

Es la hora de esos ideales y el Quindío es una región fértil para trabajar por ellos.

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