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Ciencia Y Tecnología  |  11 noviembre de 2021  |  12:00 AM |  Escrito por: Administrador web

Un encanto de los mensajes electrónicos

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Por Josué Carrillo

Hasta unos pocos años atrás, las relaciones sociales se sostenían de una manera diferente de la actual; con la familia más próxima y los amigos que vivían en el mismo pueblo se cultivaban a través del contacto físico, la reunión en la casa, los saludos en el atrio de la iglesia; en el café se reunían los señores, en la cafetería, las señoras; los jóvenes y niños, cuando no estaban en el colegio, se reunían en la calle. Los parloteos por teléfono eran más bien costumbre de señoras.

Cuando familiares y amigos salían del pueblo y no había más la cercanía en las relaciones personales, había un cambio en ellas y venía su aletargamiento. Con la familia más cercana, se acostumbraba la correspondencia escrita, casi siempre era la relación epistolar, quien sabía escribir enviaba una carta, a lo sumo cada semana; las llamadas telefónicas, así como el contacto con los viejos amigos eran ocasionales. De estos se volvía a saber por lo que contaran otros amigos, pero esa relación entraba definitivamente en un estado de hibernación.

La mejora de los medios de comunicación y la popularización del teléfono trajeron consigo el acercamiento entre todo el mundo. La ausencia de los familiares que salían en busca de otros horizontes ya no implicaba, lo que en otros tiempos: no volver a saber de ellos. Sin embargo; a pesar de estos adelantos, la distancia con los viejos amigos se mantuvo sin cambios apreciables. 

La llegada de la edad de la jubilación favoreció un retorno a la tierra natal, o por lo menos al lugar donde se vivieron los primeros años. Esa edad en que los compromisos son cada día menos y son más largos los ratos que quedan para el cultivo de la pereza y el ejercicio de los vicios y hobbies que se hayan aprendido a manera de preparación para la edad dorada, el tiempo se hace propicio para fomentar la nostalgia y rememorar los tiempos idos. Es cuando quienes no tienen la costumbre de reunirse en la plaza del pueblo con otros jubilados, empiezan a esperar el día en que van a llamar por teléfono a los hijos y los viejos amigos o a que estos los llamen, siquiera una vez cada semana. Terminada esa cita, se inicia de nuevo la espera de la próxima.

En esta edad moderna que nos ha tocado vivir, es justo el momento cuando entran en escena los mensajes electrónicos, ya sean los que llegan por email o los que lo hacen por cualquier otra vía, por lo regular WhatsApp, y aparecen para bien, porque es innegable que cuando los recibimos, casi siempre, nos alegran el momento, aunque hay unos que nos regocijan el día y, a veces, la semana. En los mensajes electrónicos hay casi siempre un saludo y un abrazo tácitos; ellos son una manera discreta de decirles a quienes se los enviamos que los hemos recordado y que nos hemos tomados unos instantes para escoger el mensaje y tratar de acertar en que sea del gusto de quien lo ha de recibir. Hay que destacar que quienes tienen su tiempo comprometido con obligaciones laborales o de cualquier otra índole. no reciben estos mensajes con el mismo entusiasmo que los reciben quienes no tienen esos compromisos; muchas veces ni tiempo tienen para ocuparse de tales comunicaciones. 

Hoy, después de leer los mensajes que me llegaron, pienso en todos los que aún me tienen en la lista de sus contactos; quizás no reciba más que el mensaje, pero ¿cómo no sentirme agradecido si alguien se acuerda de mí y me lo hace saber con un paisaje, una frase que me llama a la reflexión, la filmación de un animal o un chiste? Pienso en aquellos otros que no me contestaron los últimos mensajes y en los que nunca lo hicieron, y me pregunto ¿Qué será de ellos? También recuerdo a los que, muy seguramente, me borraron de sus listas. Pero, definitivamente, me aferro a los que se mantienen constantes y son los que no solo hacen parte de mi agenda, sino que detrás de sus mensajes hay una larga amistad nacida en las travesuras y jugarretas que hacíamos en las calles del barrio donde crecimos o en el colegio donde pasamos los años de la juventud y conocimos aquellos con quienes hicimos una amistad de toda la vida.

Los mensajes son un fácil, delicioso modo de dar un saludo, un abrazo fraterno, son la manera discreta de decir te recuerdo, te quiero. Cuando enviamos un mensaje que nos parece especial, con él expresamos todo nuestro afecto, y sin que tenga costo alguno, si tiene un valor inapreciable. Con los mensajes, cuando los recibo, siento que soy favorecido, que hay quien, a pesar de la distancia, quiere expresarme algo. Anhelo que aquellos que me tengan en la lista de contactos me mantengan en ella, y desde aquí les doy gracias por mantenerme en ella, que es una manera de mantenerme en sus vidas.

Pero no por maravillosos que sean los mensajes que nos sacuden de una u otra manera, se puede negar que el pago de recibirlos es la pesada carga de noticias falsas e invitaciones a continuar cadenas de oración, de información chueca, de propaganda política; avisos de las bondades del aloe vera, la marihuana, el perico, etc. 

En suma, me declaro un ferviente admirador de los mensajes electrónicos y agradezco en silencio a todos aquellos que hicieron posible este medio de comunicación. Hago mis votos porque ni las guerras económicas que surgen entre los emporios que mantienen este prodigio de las comunicaciones, ni las fallas tecnológicas, como las que ocurrieron en días recientes, afecten o interfieran el ir y venir de los mensajeros portadores de anuncios que llevan implícitos un saludo, un te recuerdo, un soy tu amigo.

Ulm, octubre de 2021

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