• VIERNES,  24 JUNIO DE 2022

Colombia  |  23 enero de 2022  |  09:12 AM |  Escrito por: Administrador web

Cuentos de domingo La Competencia

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Por Mario Castro Beltrán

 Una noche como muchas. Un pueblo de noche de tragos como muchas. Las cantinas abiertas, la gente que sale al parque, la gente que va a misa, la que de ella sale, la que va al cine, la que de él sale; son las ocho y media. Gente que vuelve al cine, a la sesión de las nueve, la misma que lo abandona una hora y media más tarde luego de que ha visto una película recortada, a la que se le han comido quince minutos de cinta: los recortes de siempre, película que se quema por lo vieja de la máquina de proyección, tijeretazo que va y viene, pega que se echa sobre las partes que se unen, la gente no dice nada, ya se ha acostumbrado a lo mismo y lo toma como parte del espectáculo. Cuando los espectadores salen de cine de nueve —hoy se llenó la mitad de la sala—, la plaza se encuentra medio desolada; la gente ha marchado a sus casas a buscar la cama, a ver algún programa de televisión los que tienen el aparato, a tertuliar sobre mil vainas; la mayor parte de los niños y jóvenes han despachado al primer sueño, pues mañana tienen que ir a la escuela, al colegio. La sala de cine está en una esquina del parque, en diagonal al mayor garito, El Unión; garito con cantina, único negocio de tragos y de juegos con licencia municipal para abrir sus puertas al público día y noche, noche y día, veinticuatro horas continuas los trescientos sesenta y cinco días del año, cada año; así es como ha funcionado desde su fundación, y tan solo una vez se interrumpió ese permiso de más de treinta años; ocurrió cuando Joaquín Treinta, un alcalde de armas tomar, asumió que la timba debía cerrar sus puertas a media noche, a más tardar, mas no se sabe qué manos obraron para que la decisión del burgomaestre no viviera más que treinta días. Aquella noche como tantas, rayando las doce, los borrachos consuetudinarios, los eternos apostadores, aquellos que apuestan a ver quién se duerme primero, si el borrachín del Pancracio o el borrachín del Rodolfo, dos beodos que iniciaron su juma ayer en la tarde y que llevan día y medio beba que beba, los mismos que apuestan a que llueve y a que no llueve antes de las cinco y ya son las dos, a que el perro amarillo le gana al negriblanco cuando estos dos cuzcos callejeros se enfrentan por cuestiones caninas, a que mañana Cochise le gana al Ñato Suárez, ya verán que sí, a que el Gordo Osorio se le mama a Marañas en el negocio de la finca de El Colgante, a que vamos a ver cuál es más fregado, si el Chuchito o el tal Miluco que están para declarársele a Mariluz la tonta, la hija de Remigia, la rellenera principal de la plaza de mercado. Veinte, veinticinco enjumados, quince o veinte individuos copetones, diez o doce en sano juicio, y en medio de esta tracamanada de hombres solo una mujer que es la macha para beber y trasnochar, para jugar y apostar, pues hay que ver que pocos machos la igualan en la beba y en los juegos de azar, y hasta pocos en la pelea, así sea a bala, carajo; esta noche la Judith está copetona pese a que ha bebido aguardiente como el que más, y ahí al frente de El Unión se han agolpado todos; adentro apenas han quedado cuatro rabones jugando a las cartas, al juego de las condiciones, cuatro rabones que se han peleado entre sí y que se miran con malicia y desconfianza; hasta Cójalo el garitero se ha salido del garito y en medio de la vocinglería que se ha levantado ha sido el escogido para juzgar cuál de los dos competidores será el ganador de la carrera; si Trambuleco o Gorobeto. La algarabía va creciendo y medio pueblo se despierta; algunos se quejan de por qué dejan hacer tanta bulla, pero la mayoría nada dice y se imaginan todos lo que está sucediendo: otra apuesta más de estos desgraciados. Los tres policías de turno se han trenzado en las apuestas, no entre ellos mismos sino con los vecinos, con cinco o seis de los que están ahí. El odontólogo, vaya apostador de racamandaca, apuesta con una veintena de apostadores, que cien pesos con usted, que ciento cincuenta contigo, que ochenta con vos, que treinta con Mariano, que con el uno y con el otro, como cinco mil pesos ha definido. El prendero hace sus apuestas; dejó comenzado el chico de billar que estaba jugando con El Cejón, el mejor billarista de la región; era un juego a doscientas carambolas, mano a mano; nadie se explica cómo el prendero se va mano a mano con El Cejón si es que este le puede dar gabela de treinta carambolas en un chico a ciento cincuenta: ¿Será que él se cree el mejor del pueblo para el billar?, se pregunta el odontólogo en medio de sus apuestas, y de ser así no puede ser posible que llegue a pedirle ventaja a su rival, no faltaría más; Ramiro Castro ni se diga: vaya gordo para apostar, cincuenta por aquí, cien por allá, doscientos por acá, setenta por acullá, a veces apuesta en pro y en contra de cada uno de los contendores cuando las apuestas se le están subiendo demasiado, y porque hay que revirarle a todo el que quiera apostar, un mago para proceder como procede y sin que nadie caiga en la cuenta de su manera de hacerlo; ¡un aguardiente!, ¡dos aguardientes!, ¡uno con pasante de agua, otro con pasante de leche, dos con sal y mango biche!, ¡a ver pues que la cosa está requetebuena!, para mí una cerveza, ¡no se duerma mesero y traiga cinco guarilaques y dos cervezas que yo pago!, dice la Judith que es una gastadora del carajo, dicen por ahí que ha matado a tres de sus cuatro maridos, y que al último no lo ha asesinado porque se fue con una moza para los Llanos y ella como que no se determina a ir a perseguirlos, ¡pero que se tenga que algún día ese individuo regresará a pedirme cacao!, el odontólogo recuerda por un instante estas circunstancias cuando casa una apuesta con ella; la cosa está tan caliente que por lo menos ocho de cada diez de los que están en el escenario han hecho sus apuestas, una, pocas o muchas, según cada bolsillo, según el vicio de cada uno. Lo que sí hay de cierto es que hay mucha plata tirada al ruedo, cuando ya alistan a los competidores, y los han puesto en la raya de salida; a Trambuleco lo sostienen dos tipos, uno de cada brazo, lo mismo que a Gorobeto, como que ambos se van al suelo si se quedan quietos y no caminan, pues si se les suelta mandarían sus pies hacia todos lados con el único objetivo claro de no irse de bruces contra el pavimento de la calle, tal como lo hacen dos expertos borrachos que han experimentado mil jumas cada uno a base de licor, de tranquilizantes, de marihuana y de tabaco, ¡qué par de viciosos son estos!, mascullan a diario las camanduleras pueblerinas; ahora arrima el juez escogido, Cójalo, el que da la voz de partida, y, empujados, los competidores inician la carrera. Son las doce y media de la madrugada. Tres cuartos de hora atrás, el odontólogo y tres amigos que desde los primeros instantes de la noche se habían apoltronado en sendos taburetes de la cantina contigua a la sala de cine, vieron venir del centro de la plaza a Trambuleco, más ebrio que de ordinario. Venía haciendo malabares para no caer, una melopea encima a punta de pastillas tranquilizantes, aguardiente, tapetusa y marihuana. Lo vieron venir y no le pararon bolas; era el espectáculo habitual. Siguieron conversando y libando sus tragos, una botella de aguardiente que acababa de traer el camarero, la cuarta de la noche, varios pasantes, hablen de fútbol, de boxeo, de la pelea de Cassius Clay con George Foreman, ¡qué gigante tan espectacular es ese Foreman!, ¡mucho mancancán de hombre que hasta el mismo Clay se ve pequeño a su lado!, y Trambuleco que llega al lugar donde ellos están, le da dos palmaditas en la espalda a dos de los cuatro y les dice quihubo caballeros, ¿no hay un guarilaquito para este sediento?, el odontólogo que se lo ofrece, otro que le advierte que se lo tome rápido para que se vaya a joder a otra parte. Y cuando el borrachín velaba por mandarse a su gaznate la copa del licor, el dentista vio aparecer por otro lado a Gorobeto, más rascado que nunca. Gorobeto, que desde que nació fue patituerto, poco bien podía caminar en sano juicio. Y ahora que venía caído de la perra, sí que menos bien podía caminar. Cincuenta metros que lo separaban del odontólogo y sus contertulios, demoró en recorrerlos un sinfín de minutos. Arrimó al cuarteto de los bebedores cuando Trambuleco se alejaba; de pronto se iluminó la mente del dentista con una idea: ¡Qué tal amigos una carrerita entre Trambuleco y Gorobeto! ¡Vaya por esa!, no demoraron en aprobar sus amigos. Y de dónde a dónde. Ah, pues desde esta esquina a la esquina de la panadería de doña Ofelia, dos cuadras apenas. Y cuándo. Pues ya, para aprovechar las rascas tan tremendas de este par de idiotas. ¡Sale y va pa’ esa! Traiga pues a Trambuleco. Y el que va a traerlo lo trae casi a rastras. A ver Gorobeto, a ver Trambuleco, ustedes van a correr desde aquí hasta la panadería de la mona Ofelia, y al que gane le doy una botella de aguardiente, veinte pesos y dos paquetes de cigarrillos, les dijo el dentista, y ahí fue: Sale y vale, dijeron con sus entrecortadas voces los dos, y en menos de lo que canta un gallo los trasnochadores supieron lo de la carrera e iniciaron apuestas, escogieron juez y dispusieron lo del escenario, y le dieron aguardiente a Trambuleco y aguardiente a Gorobeto. Una condición, señores: Nada de empujar ni de coger a los corredores; cuanto más se permitirá que se les enrute si es que se van a desviar de rumbo, sentenció el promotor de la carrera a todos los que concurrían. Listo, dispuesto todo, se dio la largada; doce y media de la madrugada. La algarada que se acentúa, la gente que se ubica a lado y lado de la línea de carrera, los dos competidores que parten. Se ve que ni el uno ni el otro saben por dónde van, ¡es por allí!, los anima la gente, ¡a ver Gorobetico hágale p’adelante que va a ganar!, ¡a ver Trambuleco échele con verraquera que ya le lleva un paso a Gorobeto!, aguardientes que zumban a diestra y siniestra, madrazos que se sueltan llamando las malas madres imaginarias, estrujones que se sienten, ¡déjame ver, no estrujes hombre que hay sitio para todos!, borrachos bien borrachos, menos borrachos, poco ebrios, hay de todo, la única mujer, la Judith, grita con voz de marimacho, ¡háganle verracos, échenle candela al fuego!, ¡a ganar Trambuleco!, al unísono voces, ¡a ganar Gorobeto!, más voces que se confunden con docenas, ¡doy cuarenta a treinta y cinco a Gorobeto!, ¡pago!, doy cincuenta a cuarenta!, ¡pago!, doy cincuenta a treinta!, ¡pago!, Trambuleco que se va quedando atrás siete, ocho pasos, Gorobeto que se adelanta otro más y ya son nueve, ¡doy cincuenta a treinta!, nadie que revira, la ventaja es como de doce pasos, parece que va a ganar Gorobeto, va la carrera en la mitad de su trayecto, como ochenta metros, varios minutos que han pasado, es que cada contrincante se va hacia los lados, hacia adelante, retrocede, y si no es porque la gente grita y aúpa, muchas veces se habrían caído, pues cuando chocan con los espectadores ellos los vuelven a la ruta, los animan, y Gorobeto y Trambuleco muestran muchos deseos de ganar, se les ve el deseo de triunfar, comprenden, al fin y al cabo, que están corriendo para vencer al otro y alzarse con el premio. Avanzan. Llevan corrido poco más de la cuadra. De pronto Gorobeto se estremece y para; hace como el equilibrista en la cuerda templada al aire cuando va de poste a poste, para evitar caer; son varios los segundos que transcurren y se le acerca Trambuleco con esos dos ojos rojos, rojos señal de sueño retenido, de vicio, de mal dormir, dice la gente que cada uno lleva varios días sin pegar ojo, par de viciosos como estos no duermen si no por ratos, dicen, se animan las apuestas, ¡le acepto los cincuenta a veinte!, ¡no, hermano, eso era ahora, pero sí se los doy a cuarenta y cinco!, ¡pago!, ¡cincuenta a cincuenta!, ¡pago!, la carrera medio se iguala, Gorobeto es empujado un poco por el dentista que hace como que nadie lo ve, pero todo el mundo se percata, ¡oiga doctor, eso no se vale!, le reclama uno de sus contrarios en las apuestas, el doctor como que se hace el que la cosa no es con él, y arranca Gorobeto con tal impulso que da seis, siete pasos directos hacia el frente, pasando a Trambuleco de nuevo, y las apuestas que rumban, que se equilibran los competidores, nadie se imagina quién va a ganar, la meta está ahí a unos cincuenta metros, pasan los minutos, la gente lanza palabrotas, pone sobrenombres, vocifera, se regaña, se mueve por todos lados, va moviéndose a medida que va avanzando la carrera, el par de rivales suda, va con los brazos en forma de alas para ejercer mejor el equilibrio que les es tan difícil mantener, alguien le da un aguardiente más a Trambuleco y otro aprovecha para darle cerveza a Gorobeto, el que zangolotea sus piernas torcidas que mal forman una equis. Llega un momento en que este corredor vuelve a tomar la delantera y se presentan otra vez las apuestas de cuarenta a treinta, de doble a sencillo en favor suyo cuando la meta se encuentra a unos treinta metros, hileras de gente a ambos lados de la ruta de los corredores, ¡va a ganar Gorobeto, va a ganar Gorobeto!, ¡es que doy treinta a diez!, ¡va a ganar Gorobeto!, ¡qué va!, se frena de nuevo, hace desesperados movimientos para conseguir no ir al asfalto, retrocede por la trigésima vez, cuatro, cinco pasos, casi que se va al suelo, lo detiene un hombre alto y fuerte que bufa de excitación y le hace retomar la ruta, Trambuleco lo alcanza, la gente se desgañita mucho más que segundos antes, las caras de los contrincantes están coloradísimas, sus ojos parecen desorbitarse, tiran espumarajos, sus facciones alteradas, crispadas, reflejan tal vez dolor, tanto dolor que ni la extrema ebriedad alcanza a paliarles, los niños de los alrededores se han despertado desde hace rato y se asoman por los balcones, muchas mujeres también, el viejo Eneas, el cascarrabias del pueblo, amenaza con dar bala desde su balcón si no se le deja dormir su sueño interrumpido, ¡no joda viejo amargado!, le grita un borracho desde abajo, ya se acercan a la meta, se igualan hombro a hombro, mas ¿cómo es posible que este Trambuleco se deje alcanzar y se deje pasar por el Gorobeto ese patitrabado, si este ni puede andar en sano juicio y el otro tiene sus piernas completas y sanas?, hombre, pues el vicio hermano, el vicio que muele a cualquier organismo hermano, ¿acaso no sabe que Trambuleco toma vicio, fuma vicio y hace vicio desde que era un niño y lleva en esas como veinte años?, esto es lo que conversan dos de los que están ahí en tanto que la carrera sigue hombro con hombro y tal parece que va a concluir al cabo de unos metros que se recorren como si fueran kilómetros; Trambuleco se recuesta sobre la humanidad de su contrincante y de pronto los dos se van deteniendo. El odontólogo se les arrima y les grita ¡qué les pasa zambos que no se mueven!, y la gente se arremolina y hace un corro alrededor de los corredores y del odontólogo, y ven cómo el Gorobeto se va abrazando al Trambuleco y este le corresponde; un guarilaquito, pide el Trambuleco, ¡para mí otro, para mí otro!, revienta el Gorobeto, y ambos van apagando sus voces, van cerrando sus ojos, van doblando sus cuerpos, van cayendo al suelo... El dentista, Ramiro Castro, el prendero y cuatro apostadores más se agachan a ver qué es lo que sucede: ¡A ver jijueputas que no se levantan que tengo medio mundo apostado!, chilla un beodo, ¡sí, que se levanten, que terminen la carrera, azúcenlos, zamarréenlos para que prosigan, para que terminen, para ver quién gana!, y eso hacen los dos que rodean a los exhaustos hombres, pero nada, nada que se levantan. ¿Qué será lo que les ha pasado? ¡A ver, a ver, déjenme ver!, dice el odontólogo: ¡Estos imbéciles se han dormido! Restalla el firmamento, suenan varios truenos; dos segundos después revienta un mundanal aguacero. La gente despabila, olvida las apuestas, se retira, nadie se quiere mojar, todos se van a sus casas, se cierran ventanas, portones, y apenas va quedando el ruido que causa la naturaleza al azotar techos, paredes, calles, al pueblo. Y ahí en medio de la calle, a unos pasos de la panadería, quedan entrelazados los dos competidores ensopados hasta la coronilla. Una noche más, una noche más. Día que amanece, sol que se filtra al través de las gotas raudas del aguacero brutal que persiste. Algunos moradores que salen de sus casas por necesidad. Rato después escampa y comienzan a salir los vecinos por doquiera. Miran a los dos que siguen tirados en medio de la calle, carros que pasan por un lado de sus cuerpos, rozándolos. Y al fin, uno de los enconados apostadores de anoche se acerca a esos cuerpos, se agacha, los toca, los zarandea, ¡despierten muchachos!, les dice, los voltea boca arriba, ¡el dentista se equivocó: ¡están muertos!, grita, levantándose.

 

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