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Cultura  |  26 enero de 2022  |  12:18 AM |  Escrito por: Administrador web

La vejez y la soledad

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Josué Carrillo

 

En nuestra sociedad, la vejez, esa edad aparentemente venerable, parece ser una vergüenza, que es mejor mantener en secreto, como se hacía años atrás con la hija o el hijo descarriado, que se consideraba la deshonra de la familia. Sin embargo, sea porque aceptemos la vejez como una vejación, o porque adoptemos una actitud realista y la veamos como nuestro futuro ineludible, si es que logramos sortear todos los obstáculos que nos pone la vida y llegamos hasta cruzar la línea que separa la vejez de la edad adulta, lo cierto es que en la mirada piadosa que se le da a un anciano va implícito el reconocimiento de nuestro propio destino. La condición de viejo suele ser repudiada por quienes la ven como una realidad a la que seguramente llegarán, pero aún no han llegado, y que es mal vivida por quienes que ya llegaron, es decir, por los propios viejos.

Aunque se tenga una figura idealizada del anciano, como el hombre bondadoso, jovial, sabio, rico en experiencia, a quien se recurre en busca de un juicio ecuánime, casi nadie acepta con agrado que ese anciano venerable personifica la realidad de nuestro futuro; sin considerar, además, que en la vida real esa imagen glorificada suele ser diferente. En la cotidianeidad, lo normal no es el anciano venerable, sino el viejo chocho, medio chiflado, olvidadizo, que disparata y repite historias sin cesar, confundido en su mundo enmarañado, convertido muchas veces en el bufón de los nietos y en motivo de preocupación de los hijos. No nos podemos abstraer de la realidad que encarna la vejez, un período caracterizado por el deterioro paulatino del organismo, de las capacidades física, auditiva y visual, además de la pérdida progresiva de las capacidades cognitivas. Se llega al punto en que no se advierte si van o vienen y no se acierta a saber si se están levantando de la cama o es que se van a acostar.

A pesar de que casi todos deseamos vivir largos años, ninguno anhela llegar a la vejez; aún más, antes de llegar a esa edad, nos cuesta dificultad aceptar que, si logramos vivir los años que ambicionamos, llegaremos a ser el anciano que no queremos ser. Con la vejez pasa algo parecido a lo que sucede con la muerte, la aceptamos en la casa del vecino, hasta en el pariente más cercano, pero en el fondo somos incrédulos, nos cuesta mucho admitir que ella también llamará a nuestra puerta.

A diferencia de las otras edades, la niñez, la pubertad, la juventud y la adultez, que están definidas dentro de límites bien marcados; se sabe, por ejemplo, que la niñez, en sus etapas mediana e intermedia, va de los 6 a los 11 años; la pubertad temprana empieza a los 10 años y la tardía termina a los 21; el comienzo de la vejez no está bien determinado, pues varía según las épocas y de lugar a lugar. Sin embargo, hoy se puede aceptar, en términos generales, que esta edad comienza alrededor de los 65 años, sin importar lo bien conservada que pueda estar la persona adulta.

A la vejez se le considera igual, en muchos aspectos, a la edad adulta; el viejo está en cuestión de derechos y deberes legales, políticos, penales en el mismo plano que el adulto; sin embargo, a la hora de decidirle su condición económica, la situación no es tan clara; en este sentido, la vejez constituye una clase social que no tiene parangón ni encaja en ningún sistema social. Como ha dejado de ser productiva, la vejez deja por eso de ser importante para la sociedad y con asignarle una cuota mensual semejante a una limosna a unos cuantos viejos basta para saldar cualquier obligación que se tenga con ella y desentenderse de sus necesidades y sus condiciones de vida.

Si quien ha logrado sortear todas las dificultades que a lo largo de la vida se le han presentado y alcanza a cruzar la raya que marca el comienzo de la vejez, mira hacia atrás y ve que todas las tareas que una vez se propuso o quiso hacer, ya están hechas, no importa si bien o mal, pero su obra está culminada, y aquellas que no empezó o que le quedaron inconclusas se quedarán así, porque ahora no tiene la voluntad de terminarlas y, si acaso quiere o intenta rematarlas, es la falta de energía la que se lo impide.

Ahora las aspiraciones son pocas, los alicientes son cada vez menos; cuando queremos emprender una tarea y empezamos a mirarla desde la perspectiva del tiempo que creemos, que aún nos queda, vacilamos y nos percatamos de que la vida se nos acabó. Como en el cuento de Kafka[1], no logramos comprender cómo nos decidimos a emprender una tarea sin temer que no la logremos realizar en lo que nos queda de vida.

En el plano familiar, los hijos todos recorren ya el camino que se trazaron, sus propias tareas y sus afanes les consumen todo su tiempo; sus descendencias les reclaman la dedicación que ellos una vez nos reclamaron, y los que no han decidido comenzar ese recorrido, nos preocupan y nos llevan a dudar si es que algo en la educación que se les dio los frenó para tomar esa decisión. Por el otro lado, nuestros mayores ya se marcharon, ahora los abuelos somos nosotros; nuestros hermanos y parientes de la misma generación son nuestros coetáneos y padecen los mismos males y achaques que nosotros; sus expectativas son bastante similares si no iguales.

Los compañeros de trabajo, que fueron parte importante de nuestra vida social, con quienes compartimos en los deportes, las diversiones, los ratos de ocio, son de los primeros en escaparse de nuestro mundo, pues al cesar la vida laboral, no va más el sitio de trabajo y con él desaparece el centro de reunión. Sólo nos quedan los amigos, a ellos nos unen fuertes vínculos afectivos, generalmente son personas que conocimos en el colegio, esa etapa tan importante en nuestra vida, con ellos compartimos aulas, hicimos las mismas travesuras, gozamos de los mismos recuerdos, tuvimos sueños semejantes. Pero también a ellos les ha llegado el otoño, viven vidas similares a la nuestra y padecen, como nosotros, las mismas dolencias, los mueven iguales inquietudes y los desvelan las mismas preocupaciones. También ellos, si es que aún no se han ido, empiezan a alejarse, ya sentimos que nuestro contacto se pierde lentamente, mas no porque así lo deseemos, sino por las dificultades que tenemos para encontrarnos.

Así, paulatina pero inexorablemente, se nos va reduciendo el círculo de personas más allegadas a nuestra vida, solo nos queda la compañera, esa mujer que conocimos en nuestra juventud y con quien una vez decidimos hacer una vida en común. Llegará el día que ella desaparece (por lo general, el hombre es el primero en irse), el círculo queda reducido a un punto, nosotros, y nos enfrentamos a un mundo desconocido para el cual, muy seguramente, no estamos preparados: la soledad.

La llegada de la vejez, que viene acompañada de la privación de algunas facultades y capacidades, además de la pérdida de muchos seres que hicieron parte del círculo social y familiar, facilita la aparición del sentimiento de soledad.

La soledad pareciera acompañar o ser parte de la vejez. No me atrevo a sostener que la soledad sea el final más frecuente de una vida prolongada; sin embargo, esa es la impresión que me queda después de haber tenido la oportunidad de conversar con varios allegados de más de noventa años; ellos me han manifestado el desasosiego que sienten al sentirse solos, porque todos los suyos ya han fallecido o están en condiciones de muertos en vida. Yo solía visitar a un tío abuelo, que se acercaba a los cien años y vivía al cuidado de una sobrina nieta; en las charlas le preguntaba por muchos parientes y personas de su entorno que yo conocí, y siempre me decía que habían muerto, y remataba con las mismas palabras: “mijo, yo me quedé solo y ya estoy muy cansado”. Las dos personas que le quedaron fuimos la sobrina que lo cuidaba y yo que lo visitaba cada uno o dos años. Ah, y un gallo que, al final, fue su único

cariño, con él estaba a toda hora y cuando dormía sus varias siestas en el día, el animal se trepaba en un palo al pie de la hamaca a cuidarle el sueño.

Los viejos que tuve relativamente cerca solían quejarse porque sus miedos y sus temores eran cada vez mayores y era notable que no tenían casi ninguna esperanza, como tampoco tenían afanes ni interés por nada. Su única necesidad era la de conversar. Dice Gabriel García Márquez que “el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”. Confieso que no he podido captar en su totalidad el sentido de esa frase bonita, tal vez porque me parece solo eso, una frase bonita propia del mayor escritor de la lengua española del siglo XX.

 

[1] La aldea más cercana.

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