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Región  |  10 abril de 2022  |  12:00 AM |  Escrito por: Administrador web

Domingo de Ramos 

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​​​​​​​Por: Antony García

Por: Antony García

Había cruzado el umbral de la iglesia con la sombrilla abierta, la chaqueta impermeable cerrada hasta el cuello y unas botas de cuero negro que le llegaban hasta las rodillas. Llevaba escondido el revólver en la pretina del pantalón. Encendió una veladora frente al cristo crucificado, cerró la sombrilla y caminó directo al confesionario. Me acuerdo que los tacones de las botas hacían eco por toda la iglesia. El padre Ramos estaba en el habitáculo cuando tocó la ventanilla. Al abrirla -me acuerdo, yo estaba muy cerca preparando el incienso para la misa del mediodía- saludó con una queja: siempre llueve el primer domingo de abril y aquí uno tiene la impresión de estar dentro de un féretro. Lo dijo muy cordial, como si hubiera estado esperando ese momento durante toda la mañana. La mujer, después de arrodillarse, susurró: “En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo”.

La vi acercarse mucho a la tela de malla. Su voz era ronca como la de un fumador crónico. Hablaba. Me acuerdo. En oraciones cortas. Alargaba las oraciones de vez en cuando como si estuviera dando una explicación y luego se sumía en un extraño silencio. Volvía a empezar. Oraciones cortas. Entre ellas una larga pausa. Del padre Ramos solo escuché el saludo. Todo lo que dijo después nunca lo supe. En ocasiones, después de la misa, le escuchaba hablar solo. Descubrí muchos secretos mientras le ayudaba a quitarse la túnica. Hablaba de las confesiones. Yo sentía miedo porque era como si en ese momento estuviera pasando reporte a Dios y él, el altísimo, el misericordioso, estuviera en la misma habitación con nosotros. Tuve la esperanza, me acuerdo, de escucharlo hablar sobre la mujer después de la misa de medio día.

Me di cuenta que las largas pausas de la confesión se debían a la intervención del padre Ramos. Ella comenzó a llorar en silencio. Sacó un pañuelo del bolsillo trasero del pantalón y se limpió la cara. Al guardarlo le vi la pretina del pantalón. Yo estaba cada vez más cerca, me había escondido en un intersticio entre el habitáculo y una columna. Me acerqué tanto que percibí en el aire el perfume de la mujer y el sudor del padre. Manolo está mal, dijo ella. No puede respirar bien. El doctor le da poco tiempo. Ayer lo vi embetunando las botas que tú me regalaste cuando nos conocimos. Él mismo consiguió el betún. Las dejó lindísimas. Está mal del corazón. No puede respirar bien, dijo. Después agregó muy enfadada: ¡nunca estoy en casa, tengo que trabajar y dejarlo solo! No sé en qué emplea su tiempo, tiene solo nueve años y le quedan seis meses de vida. ¿No sientes culpa?

En ese momento comenzó a sonar un piano. El pianista es estudiante, llega con antelación para practicar música clásica en el piano de la parroquia. Al padre Ramos le disgusta, pero no dice nada porque es voluntario y no hay otro que haga el trabajo gratis. Por culpa de la música no pude escuchar más. Pasó un largo rato. Vi el rostro de ella contrariado, me acuerdo, las cejas fruncidas y la boca moviéndose sin que yo lograra descifrar lo que decía. Vi la procesión dominical cruzar el umbral de la iglesia con mucha pompa. Las voces y los pasos de la multitud inundaron la iglesia. En medio del bullicio nadie se dio cuenta de lo que hizo la mujer. La vi alejarse muy apurada, se acercó al cristo crucificado y apagó la veladora que había encendido antes de la confesión, después abrió la sombrilla. Antes de perderse entre la gente me miró. Sentí miedo. Tenía ojos verdes y pestañas muy largas. Ya no lloraba. Caminó hacia el umbral. La sombrilla se alejaba por encima de la multitud.  

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