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Columnistas  |  19 mayo de 2022  |  12:00 AM |  Escrito por: Aldemar Giraldo

El bullying, un problema de salud pública

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Aldemar Giraldo

Aldemar Giraldo Hoyos

 

La palabra Bullying viene del vocablo inglés "bull" que significa toro; en este sentido, bullying es la actitud de actuar como un toro, “pasar por encima de otro u otros” sin contemplaciones. Las traducciones más comunes del bullying al español son: matoneo, matonaje, acoso, hostigamiento, intimidación, amenaza.

Definición:  me parece consistente y completa la definición encontrada en la   revista International Journal of Developmental and Educational Psychology Nº1-Vol.1, 2012: 452: “El bullying es entendido como un problema de relaciones, donde un niño ha aprendido a usar poder y agresión para causar angustia y controlar a otros (Pepler, Jian, Craig & Connolly, 2008), por lo tanto, expone esta conducta de forma consistente. Generalmente, implica, al menos, dos participantes; se presenta en escenarios escolares y es definido como la emisión de acciones hostiles físicas e implican un desbalance de poder entre los niños participantes (Olweus, 1993). Esta conducta tiene la intención de herir, presenta continuidad a lo largo del tiempo y puede ser precursora de otros tipos de problemáticas caracterizadas por el poder y la agresión en el contexto de las relaciones, tales como la violencia intrafamiliar o maltrato infantil. Se diferencia de la agresión por el desbalance de poder y la repetición de la conducta, así como la persona a quien se focaliza, mientras que se distingue de las peleas, debido a que no necesita ser físico, sino que puede ser simplemente social (Mendoza, 2006, 2009; Monks y Smith, 2006; Pepler et al., 2006; Rincón 2011). Nótese que los autores parten de las relaciones entre sujetos, en donde uno o varios hacen uso del poder para ocasionar daño físico o sicológico durante un largo período de tiempo; en la definición se circunscribe al ámbito escolar y se trata de sugerir algunas causales.

Son muchas las consecuencias para la víctima, enunciadas por diversos investigadores; Rigby (2003) expone las siguientes: “bajo bienestar subjetivo, expresado en disgusto general, angustia y sentimientos de enojo y tristeza en general; pobre adaptación social, que implica aversión al ambiente social, aislamiento y ausentismo escolar, altos niveles de ansiedad, depresión, pensamientos suicidas y malestar físico”. En los últimos años hemos sufrido conductas y desenlaces funestos, lo cual nos debe hacer pensar en que no se trata de algo trivial o pasajero; a pesar de que la mayoría de referencias proviene de las Ciencias Sociales, la OMS tipifica el bullying como un Problema de Salud Pública actual, de allí que se promueva su conocimiento y estudio dentro de los profesionales médicos en general. Es considerado un problema de salud pública debido a su prevalencia y las consecuencias que tiene en todos sus participantes: en los agresores, en las víctimas, en los espectadores, en los padres y familias, en la comunidad escolar y en la sociedad en general.

Considero de suma importancia recordar que este problema puede presentarse en todos los niveles escolares, desde el jardín infantil, hasta la misma universidad, aunque en esta última disminuya un poco la incidencia, además, no es exclusivo en varones, también permea las instituciones femeninas y puede darse en todos los estratos sociales sin importar que los establecimientos educativos sean públicos o privados.

A pesar de la limitación de espacio, no puede quedarse por fuera el cyberbullying, el cual se define desde el mismo marco del bullying tradicional y se entiende como “la intimidación o agresión intencional y continuada, a través de medios electrónicos, como teléfonos móviles o Internet, resultando un desbalance de poder entre el agresor y la víctima”. (Olweus, 2012; Tokunaga, 2010; Vivolo-Kantor, Martell, Holland y Westby, 2014). Este fenómeno, además de mantener los criterios del bullying tradicional, “se caracteriza por la posibilidad de ser realizado en cualquier momento y lugar (ataque 24/7), por la potencialidad de una mayor audiencia, y por el anonimato del agresor o la suplantación de identidad como una forma de causar grave daño moral” (Slonje, Smith y Frisén, 2013).

Entre las conductas asociadas al cyberbullying, sobresalen las siguientes: enviar mensajes con amenazas, insultos o agresiones verbales a través de dispositivos electrónicos, difusión de rumores en la red, revelación de información personal privada, publicación de fotos comprometedoras, exclusión de la comunicación en línea o suplantación de la identidad virtual. López et al (2017) analizaron la prevalencia de implicación, así: bullying: 41.9% y cyberbullying, 18.7%; concluyeron, además, que el cyberbullying parece ser una extensión del bullying tradicional y no a la inversa.

Hay causas y circunstancias que favorecen la aparición del matoneo, pero debe saberse que no son las únicas, como las características personales (agresor: temperamento agresivo e impulsivo, hiperactividad, conductas disruptivas, menor sensibilidad, CI bajo, baja autoimagen, menor competencia académica, peor conducta y aceptación social; víctimas: tendencia a la huida, falta de asertividad, timidez, bajo autoconcepto, inseguridad, introversión, baja autoestima); características sicosociales ( la propia descarga de la tensión, satisfacción de sentirse dominante o con poder sobre la víctima, la mejora del autoconcepto y de la autoestima a partir de la conformidad de la conducta con la propia escala de valores, adquisición o mantenimiento de poder y prestigio social en el grupo); características sociales (variables que facilitan el aprendizaje y mantenimiento de estas conductas y que provienen de los distintos niveles de socialización de nuestra cultura: la familia, la escuela, los iguales, los medios de comunicación y la sociedad en general).

Algunas sugerencias: trabajo conjunto entre escuela, padres de familia, estudiantes y medios de comunicación (programas de formación y asesoría); capacitación de directivos, docentes y asesores escolares ((entrenamiento en habilidades sociales, en gestión de conflictos, mejora de la inteligencia emocional, etc.); actualización del Proyecto Educativo Institucional de acuerdo con el contexto de cada establecimiento; potenciar un código ético para los medios de comunicación de masas; adecuar las Leyes y el Código Penal a estas nuevas formas de conducta, etc. Cualquier sugerencia pierde todo su valor si el trabajo no es conjunto; es urgente sacar a los asesores, tutores, coordinadores y rectores de sus oficinas; la comunidad educativa los necesita en donde interactúan los estudiantes. No podemos esperar hasta que se presente un incendio, es mejor prevenirlo. Como decía mi abuela: “Después de ojo sacado no vale Santa Lucía”.

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