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Cultura  |  12 junio de 2022  |  12:00 AM |  Escrito por: Administrador web

Un viaje al pasado

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Un texto de Julio César “Tito” Fontalvo S, publicado en el libro Nostalgia a partir de imágenes, de la Tertulia Café y Letras Renata.

En 1983, cuando mis sienes no estaban ornadas de hilos de plata, visité la tierra de los faraones y la pirámide de Giza, donde el desierto cuida a sus reyes y cuya majestuosidad y misterio, las convierte en uno de los destinos turísticos más concurridos del mundo.

Cuando se viaja, suelen presentarse situaciones que en un principio se nos antojan extrañas, como la siguiente: Habíamos salido de París aproximadamente a las 10 de la mañana; dos horas y media después, la penumbra nos fue cubriendo y al aterrizar en el aeropuerto del Cairo, ya era de noche, lo que me hizo pensar en un fenómeno paranormal.

Al recapacitar me di cuenta que habíamos viajado en contra del sol y en consecuencia lo sucedido era normal. Al llegar al hotel pude contemplar las pirámides que no distan mucho de la capital y que por la noche están iluminadas, lo cual aumentó mi ansiedad; no veía la hora en que amaneciera.

Al día siguiente tomé un tour y en media hora estaba ante las imponentes edificaciones que altivas se erguían desafiando al tiempo. Al poco rato los turistas estábamos rodeados de camelleros que nos ofrecían sus servicios. Me sorprendió que a pesar de ser personas de poca educación, se expresaran en varias lenguas con suficientes conocimientos para negociar.

Turista que visite las pirámides debe hacer un tour en camello y no fui la excepción. Por la altura de estos animales me preguntaba cómo podría montarlo; no tuve que esperar mucho. A una orden del amo, la bestia se arrodilló en tres tiempos y así pude cabalgar este hijo del desierto, como quedó registrado en la foto.

Para un amante de la historia como yo, caminar por donde antaño lo hicieran Moisés, Alejandro, Julio César, Napoleón, Rommel, entre otros, fue una experiencia inolvidable.

Estos territorios corresponden a uno de los lugares más secos de la tierra, pero también a uno de los más hermosos. Al adentrarme en ellos, sensaciones encontradas me invadieron, me sentí terriblemente pequeño ante su inmensidad y de una extraña manera, grande al mismo tiempo. Tal vez porque el desierto no significa la ausencia del hombre, sino la presencia de Dios.

Esas grandes extensiones donde “los camellos de elástica cerviz y verdes ojos claros a grandes pasos miden las arenas”, como dijera el Bardo de Paletará, han sido descritas por poetas y escritores de múltiples maneras, pero la que más me ha impresionado es la que leí en el Corán.

“El desierto es el jardín de Allah".

 

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