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Cultura  |  02 octubre de 2022  |  12:01 AM |  Escrito por: Administrador web

La radio, mis recuerdos y sus secuelas

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Este texto fue escrito por Ofelia Arévalo A, y hace parte del libro antológico La radio en el Quindío

Mis remembranzas me regresan al radio de la vecina, de donde salían voces en las que sólo ahora, más de medio siglo después, gracias a este ejercicio, volví a recordar. Personas, que ya no están, momentos de los que no tenía consciencia, pero que ahora sé, quedaron allí y pude recordarlos, gracias a la radio.

Era algo así como 1953, cuando aprendí nombres comerciales: Coltejer y Fabricato, porque eran las propagandas radiales en medio de Lejos del Nido, novela que oían los adultos. El “Mejor mejora Mejoral”, pastilla que, hoy comprendo, era la medicación de todos. El Chocolate Corona con su coro de niños “El desayuno mamá, con chocolate Corona”.

Inolvidable fue escuchar, en diciembre de 1955, llegando de Buga con mi mamá en el tren del medio día, el jingle de Caracol, con su saludo para Navidad y Año Nuevo. Mensaje que sigue siendo el mismo que escuchamos cada año, con alguna variación en la música. En esta misma línea, la dramatización que se hizo del “Sííí Señor”, para promocionar la pomada Dolorán, fue todo un hito que seguimos oyendo y también comprando, 60 años después.

Las Semanas Santas no hubieran sido tan solemnes sin la música sacra o clásica que escuchábamos durante todos los días y sin el infaltable Sermón de las 7 Palabras, de Monseñor Trujillo desde Jericó -Antioquia- todos los Viernes Santos. Eran los años 60.

Y ¿Qué tal la creación radial de nuestros primeros héroes deportivos? Fue la radio quien nos llevó a la Vuelta a Colombia con el primer héroe: El Zipa, Efraín Forero Triviño y luego llegaron otros héroes: Ramón Hoyos Vallejo; Cochise Rodríguez, El Ñato Suárez, Carlitos Montoya y no sé cuántos más, de los que mis hermanos hablaban. El sábado y domingo de esas fechas, nada se movía hasta que pasara “La Vuelta”.

Lo que sí está claro es que los Nairos, los Egan y los Urán de hoy, nos llegan al alma a todos sin importar edades, gracias a esas narraciones épicas que nos llegaron por la radio. Yo diría que “los ojos de la radio”, nos describían la lucha y su esfuerzo a la par con los lugares del recorrido, obligándonos a “ver” su sudor, los paisajes y la gente, hasta hacernos sentir cerca de estos héroes, mucho antes de existir otros medios.

En 1962, en el mundial de fútbol de Chile, se dio un hecho realmente histórico: el 4-4 entre la Selección Colombia y la de Rusia, que mirado en el tiempo es sólo comparable con el 5-0 de Colombia-Argentina en Buenos Aires. Héroes unos y otros, sólo que, insisto, para muchos de nosotros lo de Chile lo vimos sólo con los ojos del alma o sea nuestra imaginación guiada por las voces de la radio. Después, sí después, los triunfos los vemos y no tenemos que suponer ni imaginar nada; simplemente, ahí están.

Toda esta tarea casi arqueológica, me llevó a relacionar la radio y los libros con pocas o ninguna ilustración, donde nuestro interlocutor es invisible.

En la radio, nuestros oídos perciben no sólo palabras, sino sensaciones y tonalidades que describen y contextualizan la narración que oímos.

En los libros, las palabras traen un significado, gracias al cual el lector puede imaginar y crear la emoción de las acciones que lee.

Ah, pero se me quedaba algo en el tintero donde la radio marcó, al menos a la generación de los 50. ¿Qué sería de los bambucos, boleros, tangos, rancheras, de la música de Lucho Bermúdez, Pacho Galán con sus nuevos ritmos bailables tropicales, los mambos de Pérez Prado, los Boleros Son del Jefe Daniel Santos, la salsa, el rock y una gigantesca lista, si no hubiéramos tenido la radio?

La radio impulsó cambios culturales y comportamentales. A través suyo se abrieron ventanas a nuevos pensamientos e imaginarios, con improntas imborrables de nuestro pasado, presente y probablemente de nuestro futuro.

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