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Educación  |  13 noviembre de 2022  |  12:00 AM |  Escrito por: Administrador web

Educación multilingüe de los niños

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Josué Carrillo

Los avances y las mejoras en las comunicaciones han reducido las distancias y han facilitado el contacto entre gentes de todos los pueblos, razas y lenguas; viajar dejó de ser un privilegio de aventureros y las clases más pudientes; se ha acentuado el deseo de emigrar, dejar atrás las raíces, la cultura y la lengua propias para enfrentar un mundo nuevo. El desplazarse a otros medios obliga muchas veces a encarar la barrera de un nuevo idioma.

En la niñez que viví en Armenia, que a la sazón era un pueblo pequeño, el español era para mí la lengua universal, pues nunca oí hablar un idioma diferente, salvo el que se oía en cine; pero para entender los diálogos de las películas no era necesario conocer el idioma en que hablaran, ni saber leer para seguir los subtítulos, pues la acción decía más que las palabras. Personas que vivían en el pueblo y que hablaran otro idioma las había, pero eran muy pocas y a ellas nunca se les oía hablar entre sí.

Con nuestra lengua materna nos podíamos desplazar cientos de kilómetros sin tener dificultad para comunicarnos con los demás, y los pocos términos de uso local en donde llegáramos y cuyo significado desconociéramos, prontamente los aprendíamos. Quizás por esta razón nunca conocí la necesidad de aprender otro idioma; además, mi mundo no rebasaba las cumbres de la cordillera siempre presente en el paisaje de mi pueblo.

Empecé a enterarme de que existen otras lenguas tan ricas como la nuestra, en el colegio cuando asistí al primer curso de inglés. En ese tiempo pensé que cuando llegara a grande iba a estudiar en forma y aprender el idioma, pues yo aún estaba muy pequeño para iniciar esa tarea. Grave error el mío, pero a nadie le oí decir que la mejor edad para aprender bien un idioma extranjero es la niñez.

Muchos años después, cuando mis hijos eran aún muy pequeños, tuve la oportunidad de ir a estudiar a Alemania; dos días después de la llegada allá, muy de mañana los llevé al kínder y cuando volví por ellos, al mediodía, lo único que me comentaron fue que en ese colegio todos hablaban muy raro, pero entendieron que al siguiente día tendrían una caminada a un cerro cercano y que debían llevar la ropa y los zapatos adecuados. La hija, en la primera hora de clase alcanzó a conocer un par de compañeras y hasta supo cómo se llamaban.

En el instituto donde yo estudiaba alemán había estudiantes de muy distintas nacionalidades, solo dos hablábamos español y la única manera de comunicarnos con los condiscípulos y con la gente del pueblo era en alemán. Metidos en ese medio no podíamos pensar si lo que decíamos era bien pronunciado y si era gramaticalmente correcto, lo importante era entender qué nos decían y que quienes nos oyeran entendieran qué les decíamos. Los niños no tenían ese problema, ellos repetían lo que oían y vaya uno a saber si entendían o no, pero el caso es que se comunicaban con todos los estudiantes del instituto y con mucha gente del pueblo; al cabo de un par de meses eran ellos los que nos sacaban de apuros lingüísticos y nos corregían la pronunciación.

Terminados los cursos de alemán necesarios para entrar a la universidad nos trasladamos a Aquisgrán una ciudad muy rica en historia, donde cerca del 24% de sus habitantes son estudiantes universitarios. La ciudad está situada en el límite de Alemania con Bélgica y Holanda, por esta razón, si salíamos un par de kilómetros en una dirección llegábamos a un pueblo donde todos hablaban francés, los avisos, los carteles, todo estaba en francés; claro que también hablaban alemán, pero uno se percataba al momento de que el idioma propio era el francés. Y si salíamos unos pocos kilómetros en otra dirección, nos encontrábamos en una situación similar a la anterior, pero ya el idioma era el holandés. Además, hay algo de lo que jamás oímos hablar y es que los nativos suelen hablar entre sí dialectos y con estos, que son casi otro idioma, solo se meten los que son oriundos de cada región.

Desde esa época, siempre hay un idioma extranjero servido en nuestra mesa y los hijos se habituaron a oír lenguas diferentes y reconocieron la importancia de aprender a comunicarse con los demás en una lengua diferente de la que hablamos en casa. Y fue en Staufen, un pequeño pueblo de la Selva Negra, donde conocieron una sociedad diversa y multilingüe y aprendieron a moverse en ella.    

De mi experiencia con los hijos puedo decir que me interesé en que hablaran y leyeran en el nuevo idioma. No participé de la creencia muy corriente de que hablar en el hogar un idioma diferente al de la familia fuera a afectar negativamente su rendimiento escolar, o el desarrollo del lenguaje en uno cualquiera de los idiomas, ni me preocupé porque el idioma extranjero les fuera a alejar de sus raíces y de su cultura ancestral. Nada de eso sucedió, todos ellos aprendieron entre cuatro y seis idiomas diferentes y les inculcaron a sus hijos la misma idea; por eso la nieta, que solo viene a Colombia cada dos años, se siente tan colombiana como cualquiera de nosotros y habla tres idiomas diferentes del alemán, su lengua natal. El nieto, aunque habla poco, porque parece vivir en otro mundo, se desenvuelve bien en siete idiomas y no digo que diferentes de su lengua materna, porque no sé cuál sea la suya, pues habla español con el papá y su familia; en iraní con la mamá y toda la familia de ella; en italiano con la señora que ha sido su institutriz desde que cumplió su primer año hasta hoy, y siempre ha asistido a la escuela, donde imparten todas las clases en alemán y luxemburgués y recibe clases de inglés y francés como lenguas extranjeras.

Los lingüistas han dedicado mucho tiempo a la crianza bilingüe, pero ahora que existe una nueva sociedad, la multilingüe, se requiere otra manera de apreciar la complejidad lingüística y cultural que trae consigo la vida en una sociedad súper diversa. Antes se pensaba que en los hogares donde se hablaban varios idiomas existía el riesgo de confusiones y para evitarlas se hablaba siempre la lengua de los padres y se dejaba que los demás idiomas se aprendieran en la calle con los amigos y en la escuela. Ahora, y en parte esa es nuestra experiencia, resulta más provechoso adoptar una posición más liberal con un enfoque plurilingüe, tanto en la vida familiar como en la enseñanza, que consiste simplemente en seguir la corriente, usar de manera fluida el idioma que más convenga en cada situación, procurando siempre que los niños hablen con otros de lengua nativa para que adquieran el acento, buena gramática y riqueza en el vocabulario, sin el temor de que el plurilingüismo retrase el desarrollo del lenguaje ni afecte su rendimiento académico y sin darle importancia a cuál sea la lengua que va a alcanzar un mejor desarrollo. 

El bilingüismo ofrece ventajas cognitivas, aunque hay que destacar que la enseñanza de nuevos idiomas a niños de muy corta edad puede confundirlos y hacer que empiecen a hablar un poco más tarde; por eso es muy importante, para no crearles confusión, que quien les hable lo haga siempre en su propio idioma. Recuerdo que mi hijo menor, que nació en Alemania, oía que sus dos hermanos y sus amigos y los vecinos le hablaban alemán, mientras que la mamá y yo solo le hablábamos español. Hasta los cuatro años el niño entendía todo, pero no hablaba una palabra, apenas cuando entró al kínder, donde no tuvo otra alternativa, en una semana “soltó la lengua” y empezó a hablar como cualquier otro niño de su edad; pero eso sí, decía todas las palabras groseras del español y el alemán.

En un principio los niños empleaban una u otra lengua, o empezaban una frase en un idioma y la terminaban en otro, pero se les pedía que dijeran lo que iban a decir en el idioma que quisieran, sin hacer mezclas ni decir disparates. Los errores en español se los corregía yo, los errores en alemán se los corregían en la escuela o los vecinos.

Finalmente, hay un aspecto trascendental en la crianza plurilingüe el cual es la interrelación que existe entre el idioma y la cultura. Cuando uno se va del país se lleva consigo su cultura, y el idioma resulta trascendental para la identidad y la pertenencia, por eso hablar español en el hogar y hablar de nuestra tierra, aunque ya a los niños solo les quedaran recuerdos muy remotos, fue el lazo que los unió y los hizo sentir que, aunque serían ciudadanos del mundo, tenían sus raíces en estas tierras montañosas y bellas del Quindío.

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