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Columnistas  |  26 noviembre de 2022  |  12:00 AM |  Escrito por: Libardo García Gallego

Para algo sirve el actual mundial de fútbol

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Libardo García Gallego

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Innumerables comentarios acerca del mundial de fútbol en Qatar: muchas mujeres no van porque allá no respetan los derechos humanos a la mujer, por ejemplo, Shakira no quiso acompañar a Maluma, pero los líderes de la federación mundial de este deporte sí están felices porque las comisiones que recibieron por escoger dicho país como sede del campeonato fueron exorbitantes, y muchas cosas estamos aprendiendo por estos días de esa monarquía.

A mí me ha permitido comparar las monarquías sueca, inglesa y qatarí. Me parece que la sueca está cerca de la democracia, la inglesa a mitad de camino y la qatarí muy lejos. En la construcción de los estadios murieron 6.500 trabajadores, no sólo por las condiciones climáticas sino por el esclavismo que allí aún está vivo y prohibieron las demostraciones de amor de los LGTBI en los espacios públicos, han construido suntuosos edificios, son los primeros productores de petróleo y gas y el país más rico del planeta. En la organización de este evento deportivo invirtieron 220.000 millones de dólares y de esa suma sólo recuperarán el 10%. Estas diferencias me he motivado a leer un poco más sobre capitalismo y democracia, una contradicción aberrante, cuya vigencia impide a gran parte de la humanidad vivir dignamente.

El escritor Josep Fontana en su obra “Capitalismo y democracia: 1756 -1848” nos describe en detalle “cómo la historia de Europa se vio violentada en el siglo XVIII por la irrupción del capital, engendro nacido de la expropiación de los campesinos y la apropiación por los empresarios de los progresos técnicos. Así surgió el proletariado, la clase cuya explotación garantizaba la acumulación inherente al sistema.

Un rasgo esencial de esta nueva sociedad eran las factorías, antros de reclusión de hombres, mujeres y niños en los que se consumaba la extracción de plusvalía. lo que ellos sufrían fue definido por Marx como una “esclavitud oculta”, paralela a la “patente” de las plantaciones americanas. Es enormemente cínica e inhumana la visión de aquella realidad tenebrosa con el sesgo positivo de ser un requisito imprescindible del “progreso”. Sin embargo, el control ideológico de los dueños del mundo ha conseguido extender la idea de un determinismo social sin alternativas más allá de la jungla capitalista. Todos los cambios políticos descritos en el libro empoderan a la burguesía, la clase propietaria del capitalismo. Esta tratará de sumar el proletariado al proyecto social que dirige, pero cualquier intento de reivindicar un nuevo orden que cuestione la explotación económica va a provocar siempre represión a sangre y fuego para impedir tal cosa.

La conclusión inevitable es que la democracia burguesa resulta impotente para superar la dinámica del capital. El epílogo de la obra extiende la perspectiva hasta el momento actual, cuando tras los “treinta gloriosos”, la economía entra en una espiral neoliberal de exacerbación de las diferencias sociales y colapso ecológico y climático. En estas condiciones críticas, la única alternativa pasa por el fortalecimiento de una estructura de base, auténticamente democrática, que se enfrente al sistema, y que necesariamente ha de ser transnacional. (ver: “Capitalismo y democracia; mundos antagónicos” artículo publicado por Rebelión, donde Jesús Aller reseña el libro”

Los métodos utilizados actualmente por la burguesía latinoamericana impiden que el capitalismo sea reemplazado por un sistema menos cruel, menos explotador; para ello han ido cambiando su lenguaje por uno más populista; esta derecha es más peligrosa por su desapego a las reglas democráticas y su pretensión de lograr una regresión histórica que recupera los métodos represivos y la persecución hacia los sectores progresistas. El ejemplo más evidente es el bolsonarismo.

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