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Cultura  |  27 noviembre de 2022  |  12:00 AM |  Escrito por: Administrador web

Eternamente, Pablo

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José Darío Castrillón Orozco

El bloqueo de Estados Unidos a Cuba es versión actualizada de los sitios a las ciudades, es el más intenso desde el sitio de los nazis a Leningrado, y acaso el más largo de la historia. Domeñar la mentalidad de los isleños por hambre, procurando que abjuren del socialismo, y mantener en aislamiento al país para evitar el contagio ideológico ha sido el propósito del gobierno más fuerte del siglo XX. Es tal el bloqueo que logra impedir el ingreso de una aspirina a la isla.

Cuba ha sido aislada de varios continentes, el americano primero, y sus productos vetados en los mercados de América y Europa. Sin embargo, la exportación cubana dejó de ser de materias primas, como el resto de los países subdesarrollados, y se volvió de conocimiento: Cuba produce más médicos que ningún otro miembro de las Naciones Unidas, igual medicamentos, y procedimientos en medicina.

A los esclavos africanos su desnudez sólo les permitió traer lo que podían guardar en su corazón, y por eso la música del continente se trasformó con el aporte de los hijos arrebatados a África: Blues, góspel, jazz, bossa-nova, rock, samba, tango, cumbias, porros, salsa, merengue, … Algo semejante pasa con el bloqueo que ya ajusta 60 años, si el ron, el azúcar, el tabaco, siguen confinados, el corazón de Cuba desborda arte, desde siempre. Por eso ni la quinta flota de la Armada Norteamericana pudo impedir que la poesía y la música cubana rompieran los diques del sitio que tiene contra la isla, y que la nueva trova cubana llegara a todo el orbe, incluidos los mismos EEUU.

Esto sucede justo después de que se propalara la narrativa que afirmaba “el son se fue de Cuba”, ilustrada con el exilio de algunos reconocidos intérpretes de son cubano. En este siglo XXI Buenavista Social Club, conquistó los escenarios del mundo con aquella música, refrescada por su interpretación arrebatadora.

Antes que Compai Segundo y su orquesta conquistara el mundo, ya lo habían hecho Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. La nueva trova fue un fenómeno que estremeció a un planeta que la guerra fría tenía amedrentado, y en muchos lugares, como América Latina, bajo el terror. Buena parte del continente estaba bajo regímenes totalitarios, o en democracia restringida, que no sólo perseguía las ideas políticas libertarias, sino que cualquier manifestación cultural se consideraba una amenaza, más cuando esta llevaba contenidos que exaltaban la lucha contra las tiranías, contra el imperialismo, las reivindicaciones obreras. La música de Silvio y de Pablo, despojados de apellidos por adopción, circuló por los caminos americanos de mano en mano en casetes regrabados. Los rostros de estos cantautores se conocieron años después.

Esas canciones, a veces subidas de azúcar, amenizaron veladas, siendo el cemento que afirmó la fraternidad entre varias generaciones, y que animó las carpas obreras, las protestas estudiantiles, la resistencia a la tiranía, la búsqueda de los desaparecidos, la brega por la democracia… el alma de Cuba dio aliento a tantas luchas, hasta desbordar, una vez más, el marco de la militancia revolucionaria, y se integró al gusto de otros sectores de población que quedaron cautivados por su belleza, así no compartieran, o no entendieran, su contenido.

En la víspera de celebrar el día de la música, el mundo se entristeció con la noticia de la muerte de Pablo Milanés, héroe de esta revolución cultural, y parte indisoluble de la banda sonora de tantos que vivieron emotivos momentos asociados a su voz conmovedora.

Un matiz adicional tuvo entre los militantes de las utopías revolucionarias, que acompañaban su lucha “con cantos luctuosos y tableteo de ametralladoras”, como lo refería el Che Guevara. El tono melancólico de la mayoría de la canción social podía dar cuenta de una visión de vida con sentido sacrificial, que devenía en pesimismo ante la causa. Aquel apotegma de León Trotsky por el cual explica que un revolucionario no está dispuesto a matar por sus ideas, pero sí a morir por ellas, hizo que algunos entendieran su militancia como una marcha al cadalso.

Para los revolucionarios de las tres décadas finales del siglo XX la música de la nueva trova cubana fue una reconciliación con la vida, por medio de una poetización de la militancia. El amor, la amistad, el patriotismo, la solidaridad, se embellecieron, y con ello un plus de alegría se insufló a la causa. Hoy existe una nueva concepción de la política alternativa, lejana al tono luctuoso de los años 60.

Mayo de 1968 impuso la impronta del disfrute a la lucha. La revolución se hace para disfrutarla, no para sufrirla, y se disfruta en todas las fases de su construcción. Pablo Milanés hizo la música incidental de la lucha revolucionaria, y sus composiciones son verdaderos himnos. Gracias a él, y a los demás trovadores, hoy hay una militancia que aún atravesando los atroces momentos de la represión desborda alegría. El Paro Nacional en Colombia es un ejemplo de ello, y la militancia colombiana lleva alegría en su corazón, consentida con acordes del negro Pablo.

Hoy en el continente renace la esperanza, Pablo Milanés fue un sembrador de ella. Los tiranos acechan en la sombra, porque a la luz del sol están los defensores de la vida, y nuestro querido Pablo armado de guitarra posibilitó los triunfos de la vida. Su heroísmo parte de una isla que se resiste al asedio del más fuerte, del gigante que no puede contener su poesía, de los criminales impotentes para desterrarla del gusto juvenil, y de una América que se nutre con ella.

Pablo ha partido, y algo nuestro muere con él. Así como no pudo el imperio, ni la muerte derrotará su obra: Será himno allí donde un humano levante su bandera por la dignidad, una y otra vez. Te vas Pablo, pero te quedas entre nosotros, y permanecerás más allá de nosotros. Eternamente, Pablo.

TOMADO DE REVISTA SUR

https://www.sur.org.co/eternamente-pablo/

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