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Cultura  |  21 marzo de 2023  |  12:00 AM |  Escrito por: Administrador web

La galería de Armenia, una historia a prueba de demoliciones. Tercera entrega

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Jair Castro López

El presente escrito, condensa una sucinta referencia de las restantes tres manzanas y una ampliación de las emblemáticas despensas ya referidas.

El pabellón de frutas, verduras y flores, ubicado en las calles 15 y 17, carreras 16 y 18. Locales de configuración diferente al de cárnicos. Madera y recipientes para verduras y frutas, expuestas a la visual de los compradores del campo y la ciudad. Amplios pasillos en doble hilera. Productos frescos, reemplazados cuando iniciaban procesos de deterioro. Compromiso total del propietario y en ocasiones un ayudante. Atención y precios ajustados a todos los presupuestos. Delantales protectores, balanza para algunos productos vendidos en gramos, aunque se utilizaba una buena parte, “atados” a criterio del dueño, y la anuencia de los consumidores.

Las frutas, con una disposición locataria de cambios mínimos, ocupando las dos últimas hileras, productos expuestos al contacto de la clientela; cero frutas en descomposición, expuestas al tiempo de salida, cumplían procesos de maduración y consumo, bajo volumen de pérdidas por la condición de perecederos.

Los consumidores del sector rural, eran pocos, por cuanto las fincas se autoabastecían, tanto de las verduras indispensables, como las frutas de siembra tradicional.

Junto a las paredes del fondo, de las calles 15 a la 16, expendios de flores; usuarios aumentados en época de fechas especiales y consumo periódico para eventos exequiales. En aquel entonces, aún los románticos irredentos, utilizaban a menudo, el lenguaje de las flores, siempre presentes en las bodas y en arreglos al interior de los templos. Buena parte de estos jardines, llegaba de los excedentes que, en los cultivos de la sabana de Bogotá, se compraban a bajo precio.

El pabellón comprendido entre la calle 16, carreras 16 y 17, tenía una disposición generosa en espacio e igualmente, en senderos y pasajes para la circulación de público.  Expendios de cacharro, hierbas aromáticas, vestuario de bajo costo, más apropiado para las faenas campestres. Al final de la cuadrícula, por la carrera 16, una bien dotada provisión de utensilios para el hogar, de confección artesanal, madera fina para artesas, molinillos, fique, alambres y latonería para cedazos, filtros, reverberos, parrillas y material de aluminio, este sí, procedente de factorías de otras ciudades del país.

La última manzana, calles 16 y 17, carreras 17 y 18. Venta de víveres y abarrotes en locales reducidos; los fines de semana, hasta con cinco personas en los mostradores. Como nota marginal, uno de los negocios visibles por la calle 16, era el granero el pisco, cuyo propietario Froilán Muñoz, fue asesinado por razones ajenas a la actividad comercial; tuvimos la ocasión de verle en el viejo hospital San Juan de Dios, donde estuvo recluido un par de días hasta su deceso. El fallecido hacía parte de una reconocida familia de la región.

 La carrera 17, desde la calle 15 a la 17, tenía una doble acera de circulación, separadas por cinco metros. Por el centro de la doble vía, locales con venta de golosinas y productos de cafetería. sitios pequeños de considerable movimiento comercial. En la misma dirección, un grupo de comerciantes al detal, de vitrinas rodantes, con múltiples artículos de uso variado, de suficiente producción marginal, para mantener familias con cada puestico. El propietario, en una butaca o taburete permanecía durante toda la jornada y en esas bien dispuestas vitrinas, era difícil no encontrar algún artículo, demandado por compradores, especialmente del campo. En la misma dirección, se encontraban las oficinas de la administración de la galería, los baños públicos y una imagen encristalada de María Inmaculada, para ese núcleo poblacional, profundamente religioso. Recordamos los últimos gerentes, Genaro Pérez y William Montes, observadores del diario discurrir y de los celadores y vigilantes que custodiaban la plaza día y noche.

Así parezca nimio e intrascendente, las dos líneas de consumo diferencial, no pueden quedar exentas de alusión. Por la nave central, (calle 16, frente a los expendios de plantas medicinales, al límite de la salida a la carrera 16, estaba uno de los productos de mayor demanda: el expendio de morcilla y lechona, un espacio reducido, pero de considerable movilidad comercial. Doña Amelia de Henao, recordada por su pulquérrima presentación personal. Blanco delantal, cabello recogido en severa moña, frente a los indios y artesas contentivas de los productos. A criterio del consumidor, el afilado cuchillo disponía la cantidad y selección de la compra. Envuelto en hojas de Congo, atados con una fina liana, la dama, casi siempre, agregaba, un trozo del embutido, como ñapa. En ocasiones, cuando no se agotaban las ofertas, al final de la tarde, se instalaban en la portada principal, con carrera 18, para la pronta evacuación de los remanentes.

La señora Amelia, era la madre del periodista Luis Fernando Henao Zapata, siempre orgulloso de la labor materna. Como una nota adicional, en la carrera 17, doble espacio, se disponía de un megáfono multiplicador, jocosamente llamado La Voz del Repollo. Un altavoz para difundir mensajes de interés general para los comerciantes del lugar. Luis Carlos Ramírez, entre otros, figuraban entre los multiplicadores.

Hablar de El Caracol, es rendir un homenaje al emblemático expendio de comidas, hoy los sofis dirían mall. Ubicado en la segunda planta, arriba del expendio de cárnicos, una disposición de locales o puestos, a ambos lados del pasillo divisorio. Cocinas impecables, también forradas en enchapes protectores, con un mostrador y fogón, soportando los recipientes con los apetitosos manjares, aplicando el aforismo que, todo entra por los ojos. No eran menús sofisticados, eran platos típicos tradicionales, elaborados con la mágica sazón de las propietarias, de irresistible tentación, aumentada con los olores superpuestos de tantas delicias culinarias.

Las cocinas, separadas por cancelas bajas, dividían las ofertas y dueños de los locales, a lo largo del pasillo, con dos escaleras de acceso y evacuación; una frente a las carnicerías y otra que desembocaba en la trasversal de las cafeterías, con elaborados modelos en forma de caracol, de donde derivaba su nombre.

Este icónico sitio, concitaba la presencia de foráneos atraídos por la bien merecida fama del lugar. Resaltar, que, a lo largo de las hileras de cocinas, estaban bancas de madera, uniformes, sin diferencias selectivas; en El Caracol, no existían raseros sociales. Todos los comensales recibían el mismo trato cordial y paciente por parte de las dueñas o dependientes. Hasta el presidente Belisario Betancourt, sonriente, degustó con profunda satisfacción, uno de los platos en oferta. ¿Puede alguien calcular el número de personas que se beneficiaban de tan honorable ocupación productiva...?  solo los dinamiteros de la plaza lo ignoraron, aunque muchos de ellos, hubiesen sido consumidores de los productos.

En la última entrega, se hará el recuento de los negocios ubicados en el exterior de la plaza, haciendo parte de la misma, lugares donde se movilizaban importantes recursos. En la galería, no se convertía en rico nadie, pero si, se lograban condiciones de vida superiores a la media. No olvidaremos la mención específica de los comerciantes mayoristas, ubicados en la periferia, con ampliaciones por la carrera 18, sentido norte - sur, y los negocios del entorno, incluido el transporte de todos los géneros, ubicados en el mismo espacio. Se concretarán conclusiones y denuncias concordantes con la importancia del reconocido lugar, cuya pérdida no lamentaremos lo suficiente. Incontables los miembros de familias incorporadas a la galería que se educaron, conformaron familias y lograron conquistas en esos núcleos.

ENTRE TANTO, MANTENGO EL ALMA EN PAZ Y EL CORAZÓN EN GUERRA.

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