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Cultura  |  26 noviembre de 2023  |  12:01 AM |  Escrito por: Administrador web

Desahogo

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Autor, Enrique Álvaro González, parte del libro Los cuentos de pescao y otras crónicas, editado por Cafe&letras Renata.

Era una noche extrañamente fría para Buga, sin viento y silenciosa. Los dos amigos custodios se reunieron en el punto del muro desde el cual tenían dominio visual sobre su zona de trabajo y dejaron hablar a los recuerdos. Tal vez fue ese silencio, o sus ruidos multiformes los que motivaron a Frank a abrir las esclusas del alma y revivir la impotencia, la tristeza, la soledad, y en fin, cada paso de aquel día que tanto significó para él y su mujer.

Según concepto médico, el bebé nacería normal y la intuición paternal lo advirtió al posar las manos sobre los movimientos del vientre materno cuyo mudo mensaje fue incomprensible para él. Durante la etapa de gestación albergó su pecho la paternidad venidera con toda la fuerza de su joven amor, sin olvidar el sentimiento hacia la mujer que le daría tal fortuna. Por eso no encontró palabras, y es que seguro no las hay, para expresar a su amigo el drama del momento en que supo  que su hijo yacía muerto, aún entre la tibia cavidad uterina.

Angustia fue la compañía durante la intervención a su compañera, desasosiego la de su caminar entre el hospital y la funeraria y en su regreso, la tristeza de sus movimientos grotescos al vestir el cuerpecito frío solo tuvo el lenitivo de sus lágrimas. Tal vez, pensó su amigo, las derramadas durante el relato, eran el rezago de aquellas, y por eso mientras se desahogaba, mantuvo los brazos levantados al nivel de la cintura como si todavía entre ellos se materializara el recuerdo.

Vio de nuevo pasar por la ventana del taxi en que se embarcó, multitud de imágenes sin sentido, porque su mente solo buscaba la forma de dar la noticia a las dos niñas que en la casa esperaban a su hermanito. Estaba tan ensimismado, que no supo por qué razón el conductor esperó mientras que el administrador del cementerio le explicó el trámite de la parroquia para proceder al entierro.

En un sitio donde solo Frank, pudo verlo, apareció la figura arrogante de un cura con clériman, alzacuello y sin sotana, que con un enorme sentido de protección a las arcas parroquiales, so pena de olvidar la caridad, se limitó a negociar el costo de su autorización. La ironía marca el gesto y  las palabras del narrador, al recordar que antes de la negociación, la anciana que le atendió puso gran énfasis en la imposibilidad de despertar a “su reverencia” porque: “se enoja si lo despierto”. Eran las dos de la tarde.

Por fin, de vuelta al cementerio, volvió a sentir su dolor irrespetado cuando frente a la tumba de su hijo debió esperar que el sepulturero y otra persona comprendieran su necesidad de silencio y soledad. Rezó lo poco que sabía y caminó hacia el hospital por tercera vez aquel día en busca ahora de su compañera.

Con la certeza de que el amor profesado hacia sus tres mujeres sería mucho más fuerte, que el aire seguiría corriendo y que por todo ello, siempre había otra oportunidad, recogió a su mujer con quien inició el diálogo que habría de suavizarle tanto dolor.

En ese momento de la historia, su amigo se frotó las manos, exhaló una bocanada de vaho y dijo:

– ¡Claro hermano, hay más oportunidades! Eso es tan cierto como que terminó el turno, porque ya se esconde la luna–. Regresaron entonces a sus garitas a preparar la entrega y a seguir con sus vidas en las que el paso del tiempo traería otras historias. Mientras tanto en el horizonte de Buga, los primeros rayos solares caían desde la montaña hasta la cárcel. Amanecía.

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