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Columnistas  |  11 febrero de 2024  |  12:00 AM |  Escrito por: Faber Bedoya

Desde el séptimo piso: La vida nos enseñó a ser muy ligeros de equipaje

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Faber Bedoya

Faber Bedoya Cadena

Por amable exigencia de las aerolíneas nacionales, a ejemplo de algunas internacionales, tenemos que viajar con un morral o maletín de mano. Máximo 10 kilos, o pague por el exceso de peso, y bien costoso. Pero a la hora de la verdad, para nosotros, eso nos tiene sin cuidado, el equipaje que nos acompaña, es poquito. Hace tiempos que no compramos ropa, nos la regalan los hijos, en el cumpleaños, en navidad o cuando nos visitan. En cambio, para nuestro común amigo, Alfonso Murillo q.e.p.d. debía de ser muy difícil empacar su maleta, porque como nos contó su sobrina Nazly “podría llegar a tener más de 40 camisas, igual cantidad de pantalones, y zapatos. No repetía muda en el mes”. Bien planchadas y ordenadas por una empleada, que se las combinaba con el pantalón y los zapatos. Para muchos de nosotros, el repertorio de camisas, pantalones, zapatos, es ajustado a nuestro estilo de vida, ligero, cómodo, informal, ya se nos olvidó vestirnos de cachacos.

Nuestros abuelos nos empacaron para emprender el camino de la vida, maletas llenas de fe en un Ser Superior, pues tenían una fortaleza espiritual a prueba de espantos. Acompañados de una ruana, hachas, machetes, tenacidad y firmeza, descuajaron montañas, abrieron caminos, fundaron comunidades, caseríos, familias, sociedades. Fuimos nosotros los que nos llenamos de añadiduras, apegos. Como le sucedió recientemente al doctor Luis Eduardo, quien después de vivir 30 años en una amplia casa chapineruna, en Bogota, por problemas de salud tuvo que trasladarse a estas tierras y se demoró casi un mes desocupando el inmueble. Cerca de 3000 libros, clásicos, antiguos, modernos, lámparas araña, piano de cola, ropa para el frio, sacos abrigos, gabardinas. Para cambiarse a un apartamento de 120 metros cuadrados y de clima templado.  

Nuestros antepasados nos entregaron una maleta llena, repleta, de virtudes, dones, fortalezas, en especial una, el Agradecimiento. Nos acostumbraron a darle gracias a Dios, siempre, por todo, El es primero. Todas las acciones las emprendemos en su nombre, y colgado al cuello el escapulario café de la virgen del Carmen. Nuestros padres, más modernos, nos regalaron un escapulario verde del señor de los milagros de Buga, comprado en la ciudad señora, en una de las tantísimas peregrinaciones que hicimos al señor caído. Ser agradecido es una de las condiciones de nuestro Ser Superior. German Gutiérrez Peláez, hace unos añitos, empezaba su programa deportivo diciendo, “el desagradecido es un ladrón de segunda mano”. Sólo por la gracia de Dios estamos leyendo estas palabras.

Nos endosaron los mayores una valija a medio llenar, contenía los resentimientos y los odios, peleas, heridas en el alma sin sanar. En esos tiempos idos de los abuelos eran pocas, pero nuestros padres si fueron peliones de verdad. Compraban peleas. En estas tierras vivimos la violencia del 48, en carne propia, tanto liberales como conservadores. Quedaron huellas, estigmas, grandes odios, resentimientos, y nosotros nacimos, crecimos, en ese ambiente caldeado y teniendo la venganza por meta. Pero gracias a la educación, la presencia de Dios y las oraciones de las madres y viudas, ayudaron a desocupar esa maleta. Y nuestros hijos en especial los milenials, ya tienen otro chip y crearon un mundo con historia diferente, es mas ellos son la historia moderna. Y que decir de los nietos. Ya son escasas las personas que albergan resentimientos, que hablan de iras, que claman venganza. Se llaman tóxicas.

La gran mayoría de nosotros somos muy ligeros de equipaje en todos los órdenes. Necesitamos poco para vivir y vivir bien. No hay posesión más grande en la vida que ver los hijos realizados, y nos alcanza para los nietos. Una hermana mía tiene una bisnieta de cuatro años y habla con una propiedad increíble, como dice ella misma, de “la vida y del amor”, vive en Bogotá y cuando viene al Quindío, no se quiere ir del lado de ese par de “viejitos tan queridos”. El bisabuelo acaba de cumplir 80 años y su esposa 78.

En estas calendas existen los problemas, pero son más frecuentes las soluciones. Hemos sembrado mucho, recogemos sobresueldos espirituales a cada momento, que aumentan el peso de nuestro menaje para el viaje hacia regiones desconocidas. Caminamos enhiestos, sin audífonos, nos duelen las rodillas, la espalda, pero la cabeza está en su sitio. A veces se nos olvidan las cosas, disminuidos auditivamente, pero nos renovaron el pase por tres años más. Caminamos diariamente 10.000 pasos por un camino de autenticidad, de contemplación tranquila, sentimos y gustamos nuestra cotidianidad, sin distracciones estériles, o rutinas autodestructivas. Permanente búsqueda de nuestra identidad profunda y reconociendo a Dios como piloto y guía. Sin confundir los medios con el objetivo, libres, conscientes, cautos en la palabra, decididos en la acción. Esto nos lo dieron las millas recorridas, que son muchas. Hace rato le quitamos peso a nuestro ego, a los miedos, la inseguridad, la desconfianza, para que surja con humildad, esto que somos hoy, en el camino de la vida que nos trazaron los abuelo.

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