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Cultura  |  11 febrero de 2024  |  12:00 AM |  Escrito por: Administrador web

Relatos de Córdoba

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Un texto publicado en el libro Colcha de relatos, del taller de escritura Creativa Café y Letras Relata. Transcripción de oralidad (varios autores)

Un miércoles de agosto de 2023, en un hogar agradable, adornado con los recuerdos tradicionales de la región cafetera y ambientado por una vitrola de cuerda que lanza al aire música de un acetato de 78 revoluciones, se inicia la charla. La conversación de los presentes tomó por los vericuetos de la historia. El sol que baja dadivoso desde la montaña no alcanza a ingresar a la sala, pero si comparte su calor con quienes se disponen a conversar. Es la casa del señor Armando Sánchez, registrador en tiempos pretéritos de Córdoba. Además del anfitrión, estamos don Javier Bustamante, pintor y escultor a quien los cordobeses y otros artistas llaman “Pikika”, don Dagoberto Marín Quiceno, hombre bragado en cuestiones políticas del pueblo, don Uriel Quiroz cronista regional, la señorita Mónica López, bibliotecaria municipal, todos ellos habitantes cordobeses de nacimiento y corazón.

La historia en la voz de don Dagoberto, lleva los recuerdos a los años cincuenta cuando Córdoba pertenecía al Gran Caldas como corregimiento de Calarcá; era la población que más sufría la violencia política llegada a la región ordenada “desde arriba”. Al respecto, don Uriel recuerda “el encierro de Córdoba” de cuyos hechos nefastos ya dejó testimonio escrito en uno de los libros editados por “café&letras renata”, y aprovecha para preguntarle a don Dagoberto si conoció a sus padres, dueños del hotel Colombia en aquellos años y dinamiza la charla con fotos en blanco y negro que traen remembranzas del pueblo de antaño.

Las imágenes llevan la memoria a recorrer muchos años, pero el tiempo tiñe de borrones el recuerdo. Lo que nunca se podrá olvidar, sin embargo, aunque se quiera, son los hechos que marcaron a todos. Por ejemplo, “El encierro” a que sometió el ejército al pueblo o la “matanza de los carreteros”, ocurrida a finales de los cincuenta cuando la gente se dejaba llevar por odios ajenos.

Eso pasó cerca de la finca Macondo. Se estaba haciendo una carretera hacia Pijao y como los trabajadores que iban de aquí eran liberales, a lo mejor ni siquiera pasaron la línea imaginaria que “marcaba” el límite hasta donde se podía llegar tanto de aquí para allá como de allá para acá, pero los agresores sí, por eso los mataron. Fueron algo así como veintisiete personas.

Todas esas atrocidades fueron reclamadas en la voz de Armenia por el periodista Celedonio Martínez y por eso, por contar la verdad, también lo mataron. Según dicen, lo hizo Efraín González, uno de los asesinos más terribles de esos años.

El Frente Nacional, interrumpe don Armando, que frenó en algo tanta masacre, pero el odio, aunque dormido, parecía descansar para empezar de nuevo más adelante, porque uno de los peores regaños para un hijo de liberal era decirle: “Usted parece que fuera godo” o “cachiporro” si era el caso contrario.

Después, pasada la violencia partidista, la misma violencia cambió. Vino la otra, la de las tomas de la guerrilla, cuando ser amigo de un comandante de esos implicaba seguridad o muerte y uno de muchacho debía llevarles comida u otros encargos, porque también fue necesario pagarles impuesto o “regalarles” tarjetas para hacer llamadas, mercado o lo que ellos pidieran disque para colaborar con la guerra.

¿Ustedes han oído hablar de la reunión de Ralito? Pregunta don Javier y ante la respuesta afirmativa de todos, nos informa que en la región también hubo en ese tiempo algo parecido que se llamó “reunión de Papalito” que intentó apaciguar los ánimos, pero no lo logró.

Y tanto no lo logró que hasta la curia metió la mano en los ataques, como el párroco del pueblo, el padre Salas, conocido por muchos como el “pájaro Negro”, quien oficiaba la misa armado e iba como cliente a la zona rosa disfrazado con un poncho. Por esa época los liberales dejaron de ir a misa.

Pero el pueblo y su gente, ha cambiado. Ya no nos dejamos manejar y después de tanta sangre y tanto odio, los cordobeses comenzamos a labrar nuestro futuro, comenta la señorita bibliotecaria Mónica y don Armando, tras ir a su biblioteca, regresa con el libro “Inmigrantes extranjeros al Quindío” de autoría de César Hincapié Silva, para mencionar un personaje que en las épocas pretéritas los muchachos del pueblo llamaban “El Científico Loco”.

Se trataba, dice don Armando, de Enrico Turati, un italiano milanés que tuvo mucho que ver con la minería de la región y quien entre otros inventos fue el creador de “Las Guardiolas”, o silos para secar el café. Don Enrico también fabricó un jabón de nombre “Caspirosán”. Cuentan que la fábrica Palmolive, intentó comprarle sus fórmulas, pero él jamás quiso venderlas.

Aún hoy se encuentran cuevas enormes dónde el italiano buscaba oro, que, aunque están llenas de murciélagos, todavía reciben buscadores artesanales de este metal precioso.

Hoy contamos con artistas, dice sonriendo Mónica y señala a uno de los invitados a quien le preguntamos sobre su trabajo. Don Javier, o mejor, Pikika, es un artista plástico autor de la obra titulada “Colombia Agredida” que hace diecinueve años fue colgada en la biblioteca de la Sociedad de Mejoras Públicas de Armenia, gracias a un evento de la fundación Santillana en el que el doctor Enrique Gómez hizo entrega de un diccionario para la inauguración.

La obra que mide dos metros por uno con sesenta centímetros, muestra la visión del artista sobre la situación del país. Tanto así, que doña María Lepesqueure, quien trabajaba con la presidencia, deseó que formara parte visible en la “reinauguración” de Bojayá (Chocó), pero lamentablemente la dama cayó en garras de una enfermedad tan triste como la depresión y el destino de la obra cambió.

Años después, Pikika en otra pintura: “Homenaje a mi Pueblo” eternizó a varios personajes de Córdoba, como su maestra Clarita, el primer alcalde don Luis Tabares y otros. A propósito, nos refiere la siguiente anécdota:

“Íbamos a exponerla en el Salón Roberto Buriticá del edificio de la Gobernación, pero la Secretaría de Cultura no aportó el dinero para hacer los catálogos que se dan al público en estos casos. Como el evento se aproximaba, los artistas expositores nos rebuscamos la plata con dos políticos, cuya condición para desembolsar fue que sus imágenes aparecieran en los catálogos. Cuando llegó la inauguración, el Secretario se hizo presente para impedir la exposición y como nosotros le dijimos que eso era intervención en política, optaron por cubrir las imágenes durante las primeras visitas del público mientras tramitaron los dineros del caso”.

Con el tiempo y habiendo superado tanto dolor, don Armando cuenta que Córdoba, Buenavista, Pijao y Génova, los municipios cordilleranos del sur, que durante años fueron los parias del departamento, tuvieron que unirse para lograr el servicio del gas domiciliario, porque la falta de voluntad política impedía la implementación del gasoducto.

A estas alturas, dice, llegado el servicio catorce años después y de gas propano, gracias a las regalías que se obtuvieron en la gestión de la Gobernación, sin embargo, es necesario adaptar las estufas a la conexión por ser distinta a las que se usan para el gas natural, pero no nos quejamos.

Otro de los grandes éxitos que demuestran la resiliencia del municipio, recuerda don Dagoberto, consistió en lograr la administración del agua que baja de las montañas a nuestros ríos. La empresa creada se llamó ESAQUIN de la cual salió ESACOR, gracias a una consulta popular, pero por razones que aún la población no entiende, la Federación de Cafeteros, cobra a la fecha un canon mensual por el derecho a surtir agua no solo a su gente, sino a la de otros municipios vecinos.

Para estos momentos, la tarde se vestía de ocaso y hubo necesidad de postergar la conversación que auguraba más relatos resilientes. Al salir, como exigidas por los recuerdos recientes, todas las miradas se dirigieron hacia la montaña que a escasas cuadras seguía siendo testigo de la historia.

Una semana después la cita nos congregó en otro sitio tan agradable como la charla misma. Su nombre, La Bohemia y su propietario, como quienes atienden nos recibieron con sonrisas, abrazos e historias.

Un nuevo asistente fue don Medardo a quien la remembranza quebró su voz al relatar la muerte de ocho hombres honestos y trabajadores en la hacienda “El Guayabal”. “Serían las seis de la tarde. Todos estábamos reunidos oyendo en el radio a “Los Tolimenses” cuando ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! empezó esa balacera tan tremenda. Ese día murió don Alfredo Marín, de una familia de Barcelona de apellido Olarte fallecieron tres hermanos entre los 14 y los 30 años, de otra murieron otros dos y un soldado que estaba de permiso. De los quince que nos salvamos, yo corrí hacia los cafetales y salí hasta el otro día que fue cuando pude ver y contar los muertos”.

Fue aquí donde el sentimiento pidió respeto. “Ya no me da angustia como recién que pasó, pero no puedo evitar el dolor cuando lo recuerdo porque lo vivo de nuevo. Lo mejor es que hoy tengo un hogar, dos hijos y nietos. El pueblo ha mejorado y hoy vivimos tranquilos”.

Juan David, otro cordobés de sienes plateadas como casi todos los presentes, es además el orgulloso heredero de la máquina de cine de Senén, un aparato que hizo las delicias de los niños y adultos de los años sesenta en Córdoba. No funciona… o quién sabe, a lo mejor alguien que sepa diga que sí, pero el caso es que ahí está y pese a que ha tenido buenas ofertas por ella, está seguro de que quiere dejarla para la historia de su amado pueblo.

Intervino en la charla cuando don Armando mencionó que el nombre de Everardo Bermúdez, no figura en la placa que en honor de los cordobeses caídos en el conflicto colombiano se fijó en el parque principal. “Él también cayó en manos de la guerrilla, del M19”, aclara y le deja la palabra a don Juan David, quien fue su amigo.

“Yo trabajé en el congreso en los tiempos en que Everardo era escolta del DAS y trabajaba en el Palacio de Justicia, frente al Capitolio donde estaba mi oficina. Nos veíamos para tomar café y ese día me pidió el favor de que le entregara algo a su familia aquí en Córdoba. Después de recibir el encargo salí ignorante de que era la última vez que vería a mi amigo vivo. Eso me salvó de quedar envuelto en los hechos terribles de la toma del Palacio de Justicia del 85.

Sentí y siento aún dolor por dos cosas. Una por ver a mi país como estaba y dos por haber perdido a un buen amigo. Tuve que darle tiempo al tiempo para regresar a mi terruño donde están mis encantos, mi familia, mis amigos y donde mi abuelo, lo mismo que mi padre, fueron líderes políticos y murieron en esa guerra tan sin razón como los métodos usados. Mi abuelo murió arrastrado por caballos.

“Pero hoy, mire cómo el pueblo ha crecido”. Comenta don Armando. “Ya se ven pocas casas de bahareque, podríamos decir que estamos en nuestra zona de confort”. “Sin embargo el terremoto trajo obras y desarrollo”, considera Don Dagoberto y lo secundan otros asistentes que mencionan el arreglo de la iglesia y algunas construcciones administrativas.

Cuando se apaciguaron los odios, el tejo y la música jugaron un papel importante en la reconciliación de dos pueblos hermanos. Se iban combos de nuestros papás a jugar y bailar allá o ellos armaban un combo para venir a jugar y bailar acá y nosotros los que éramos jóvenes en esa época, heredamos la costumbre y hacíamos lo mismo para contribuir, no solo a la paz entre los dos pueblos, sino para abrirle la puerta al comercio.

Gracias a Dios todos esos malos momentos pasaron gracias a la conciencia que tomamos todos de no dejarnos manipular y emprender acciones para el futuro del pueblo.

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