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Cultura  |  15 octubre de 2017  |  12:00 AM |  Escrito por: Robinson Castañeda

Abuela de Avanzada

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Esta crónica hace parte del proyecto nostalgia a partir de imágenes. Una iniciativa de la tertulia literaria Café y Letras Renata.

Crónica escrita por Miguel Alfonso Rivera López.

Recuerdo la Bogotá de los años en que crecí, cuando se transformaba de pequeña ciudad en una gran urbe. Me abordan tantas vivencias y anécdotas, que resulta difícil y dispendioso escribir sobre todas ellas. Aun así, mientras repaso lo que queda del álbum de fotografías familiar, artículo en vía de extinción causada por la era digital, encuentro una fotografía que siempre inspira mi imaginación.

Corresponde a las postrimerías de los años 50’s y en ella aparece una abuelita, mi abuelita, muy cachaca, como dirían hoy, acompañada de un hombre y obsérvese bien, al contrario de lo que se acostumbraba en la época, es él quien la tiene del brazo y no ella a él.

Eran los años 50’s. En Colombia y en gran parte de Latinoamérica la mujer aun no salía de su estado de sumisión, aunque unos pocos años atrás (cuatro o cinco) se les había otorgado el derecho a votar en las elecciones. Sin embargo, no se acostumbraba a manifestar en voz alta la igualdad de género, la liberación femenina, la emancipación, ni mucho menos la liberación sexual de las mujeres.

Ellas entonces, todavía estaban condenadas a permanecer junto a sus conyuges hasta la muerte, era mal visto por la sociedad que una mujer se divorciara, se separara de su marido, menos que volviera a encontrar pareja, y peor aún, que tuviese amante. Así fueron las cosas la mayor parte del siglo pasado.

Precisamente esta imagen me traslada seis décadas atrás, cuando mi abuelita me tomaba de la mano, me apuraba, me ayudaba a vestir y amarrarme los zapatos, a peinarme, y con afán y ansiedad, me repetía esta frase que aun hoy escucho como un eco:

–Apúrese que Don Eusebio nos está esperando.

Junto a ese lejano eco, recuerdo nuestros presurosos pasos por la carrera séptima. Caminábamos rápido, sin derecho a mirar vitrinas como me gustaba, desde la avenida Jiménez a la calle sexta, cerca del edificio donde funciona el Ministerio de Hacienda y de la iglesia de San Agustín, hasta que llegábamos a una mansión. Sí. Una mansión, que yo sentía y veía así. Nos deteníamos en el gran portón, alto, de madera, pintado de verde y con herrajes vistosos.

Mi abuelita, como todas las mujeres, se acicalaba, sacaba de su cartera, (nótese en la fotografía) un accesorio grueso que por una cara tenía un espejito y por la otra la publicidad de algún salón de belleza donde ofrecían las hoy olvidadas permanentes, una especie de peinado en caliente.

Con ese espejito y frente a la puerta, mi abuelita se arreglaba el cabello, se acomodaba la blusa y el abrigo, revisaba los ganchos del cabello, se retocaba la base y los polvos Pond’s, el labial carmesí, e igual revisaba que la “vena” de las medias Berkshire estuviese derecha en las piernas. Adoptaba una postura de mujer elegante, glamurosa y acto seguido, tocaba delicadamente con la aldaba, cuya forma representaba la cabeza del rey de la selva: un león.

Cuando abrían la puerta, imponente por su tamaño y estructura, entrábamos por un corredor a un patio florido de geranios y allí se encontraba ansioso y elegante, don Eusebio. Se saludaban con cariño y a continuación yo recibía las golosinas a las que me tenían acostumbrado. Después jugaba feliz por los jardines, mientras ellos se perdían en los salones de la casa.

Hoy, pasado tanto tiempo, mi imaginación supone los placenteros momentos que mi abuelita debió disfrutar a solas con don Eusebio. ¿Qué sucedió allí? Nunca encontraré la respuesta, pues a mí solo me responde la fantasía, pero esos salones que yo creía eran de la mansión de la pareja de mi abuelita, con los años comprendí que pertenecían a un ancianato y que el elegante amigo de mi abuelita, era un viejo amor suyo. Para resumir, yo, a su lado en aquellos días, simplemente fui un niño inocente pero feliz.

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