• MIÉRCOLES,  20 FEBRERO DE 2019

Región  |  20 enero de 2019  |  12:00 AM |  Escrito por: Edición web

Un viaje por la cultura del Quindío: Pijao y su mosaico patrimonial

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Por Henry Plazas Olaya y Roberto Restrepo Ramírez

Por su pequeña extensión, el departamento del Quindío llama poderosamente la atención debido a la riqueza y variedad de sus paisajes y microclimas, la belleza de sus escenarios culturales y la fusión de tradiciones en el pasado. Por todo eso, Pijao es otro de los Destinos Con Sentido que hoy queremos resaltar.

El municipio que mejor refleja ese panorama, como un elemento sintetizador del Quindío, es Pijao, localizado en la zona cordillerana. Es un pueblo fuera de lo común en medio de este maremágnum del turismo. Su tranquilidad es todavía evidente, tanto que no se han registrado muertes violentas en su casco urbano desde hace más de dos años. A pesar del avance del fenómeno global que invita a visitantes de todas partes a viajar a múltiples lugares de nuestra geografía, precisamente la tranquilidad, es el secreto turístico que guarda de este hermoso conglomerado patrimonial, que fue fundado en la primera década del siglo XX.

A Pijao se llega desde Armenia y Calarcá en buses de transporte intermunicipal, luego de una hora larga de recorrido. En el camino – a través de la visualización desde la ventanilla- vemos muchos tópicos del paisaje montañoso a nuestra izquierda, donde resalta la formación blanquecina de los riscos de Peñas Blancas, un cerro mítico que ha sido elevado a la condición de leyenda al endilgarle la existencia de tesoros indígenas. Esto lo apreciamos mejor si salimos desde la Villa del Cacique. Por el camino pasamos frente a varios atractivos turísticos: el Mariposario en el Jardín Botánico del Quindío, el hotel Karlacá y el Parque de los Poetas o Baudilio Montoya, ubicado en el sitio conocido como “La Bella”.

Si partimos desde la capital del Quindío, en el Terminal de Transportes, el bus emprende su recorrido hacia el sur. Pasamos por el Estadio Centenario y el Cementerio Jardines. Enseguida, la vista hacia el oriente se destaca profunda, pues no sólo vemos la imponente cordillera, sino que sabemos que allá abajo corre el río Quindío en un cañón, y más adelante pasamos por la entrada al corregimiento El Caimo. Bajando siempre llegamos al antiguo puente de Balboa, en el río Quindío. Luego, en el ascenso, a unos 200 metros a la derecha, encontramos el establecimiento simbólico de las arepas y las tortas de chócolo. Allí, en Balboa, frente a una roca prominente, el lugar es de obligatoria parada para saborear las delicias del maíz.

Avanzando llegamos al cruce histórico llamado “La Ye”, pues allí se encuentran los vehículos que vienen del Valle del Cauca y que siguen hacia Calarcá vía La Línea o hacia Armenia, Cali y La Tebaida, vía El Caimo.

Ya en la vía principal –que constituye la antigua carretera al Valle del Cauca pasando por Caicedonia y Sevilla - se empieza a perfilar el recorrido que nos llevará a los pueblos cordilleranos del Quindío , entre ellos nuestro destino, Pijao. El sitio donde comienza el culminante recorrido se llama Río Verde, el mismo que marca el camino hasta Córdoba. Desde la bifurcación que determina esa división, se toma a la derecha, empezando un ascenso que muestra los paisajes más esplendorosos de la cultura cafetera. Treinta minutos después, dejando atrás cafetales y la visualización de casas campesinas, ya sabemos que estamos próximos a llegar al pueblo de Pijao. Lo señala el final del ascenso, donde una carretera parte a la izquierda hasta Córdoba, vía el Alto de Carniceros. Entrar a Pijao es ensoñador, por las primeras casas de bahareque que aparecen de repente entre formaciones montañosas.

El Arco de Pijao es una curiosa réplica del arco del Triunfo, pero en este caso es la verdadera portada al resto de calles de Pijao. Su importancia es extrema, pues sus habitantes lo han incorporado al ideario de la paz y además es un símbolo que está en su escudo. Es el único municipio del Departamento cuya entrada tiene un arco.

El primer conjunto arquitectónico que se encuentra se ha llamado Las Casuarinas. Es una serie de casas de una sola planta, ubicadas en un continuo y que antaño eran estructuras de bahareque, cada una de un solo color. La monocromía era una de las características estéticas de estas construcciones, que hoy ha venido cambiando sustancialmente pues en Pijao y en todo el Quindío ya las casas antiguas se han refaccionado y están presentando policromía, hasta cuatro colores en sus fachadas. Valga mencionar que ahora, no se permite construir casas con arquitectura diferente de la original Quindiana

Siguiendo por las Casuarinas, encontramos una casa antigua que ha sido adaptada por su dueña, la señora Pastora, para crear un ambiente plácido donde sus muebles tradicionales evocan los recuerdos de los abuelos y la oportunidad de degustar un café y fiambres montañeros típicos.

El más llamativo recorrido turístico desde el punto de vista del patrimonio arquitectónico empieza a perfilarse con las dos avenidas que se conforman a partir de aquel arco. Es un placer para la vista encontrar casas casi centenarias, fachadas coloridas y detalles de ornamentación y de ornato. Da gusto ver la limpieza y sencillez de sus formas externas. Se destaca una casa de dos plantas que ha sido conocida a través de la historia de Pijao como su símbolo constructivo. La fecha de los años treinta grabada en uno de sus muros nos muestra sus casi 90 años de altivez.

Sus grandes puertas con los coloridos nuevos son el motivo perfecto para la fotografía arquitectónica o para la selfie. Llegamos a una de las esquinas de esta doble avenida y giramos hacia la izquierda para encontrar otros tesoros de Pijao: su parque principal y la visualización de las montañas imponentes detrás de la cuadra de la alcaldía.

La casa de la Alcaldía, construcción un poco moderna y de estilo combinado con rasgos de la tipología de la colonización, tiene en su primera planta un montaje museográfico vistoso que nos ofrece una gran colección arqueológica, repleta de vasijas de barro, urnas funerarias y pequeños ceramios. Se destacan dos tipos de objetos: los huesos humanos del esqueleto prehispánico más completo que se ha encontrado en el Quindío y que fue consolidado por el Laboratorio de Arqueología Física de la Universidad Nacional hace muchos años. También está un pequeño sello de barro, cuyo diseño ha servido como logotipo de este espacio, que lleva el nombre de “Patrimonio Arqueológico de Pijao”.

La arquitectura circundante de la plaza principal es la segunda más armónica del Quindío. La primera es la de la plaza principal de Filandia. Uno de sus costados, donde está el famoso Bar Social, es imponente y hermoso, muy propio para una selfie con sus casas divinas de fondo. En una de sus esquinas, la casa presenta detalles curiosos en sus aleros y un adorno interesante: retablos que simulan garzas. Las aves reales, de color blanco, se posan a media cuadra de esta casa esquinera, en un árbol gigante de un lote baldío, al lado de una de las quebradas que atraviesa el casco urbano, y frente a una casa antigua de dos pisos con corredores, que se encuentra abandonada y todos los días amenaza ruina, convirtiéndose esto en un escollo en la apreciación del conjunto de construcciones para vivienda.

Si se quiere divisar el motivo principal por el cual a Pijao se le llama “Donde se posan las garzas”, hay que esperar el atardecer para no olvidar el vuelo blanquecino de ese espacio.

Imposible retirarse de la plaza principal sin disfrutar la música de los años sesenta y setenta en varios bares que se encuentran allí. El Bar Social, con su greca centenaria e histórica, el Danubio con sus billares y sus canciones del pasado y el Bar de los Recuerdos, de Toba, entre otros. Es precisamente este último, siempre atendido por su propietario, donde encontramos la colección de láminas antiguas, carátulas de discos y los más picarescos fotomontajes que uno se imagine.

Ya es hora de salir del contorno de la plaza para recorrer sus calles, luego de saborear varios sabrosos “pintaditos” o medialuces , como los llamaban los abuelos. En esas calles seguimos disfrutando el ambiente arquitectónico, pero también el gesto humilde y cordial de sus pobladores.

Esta lista de los detalles que más nos llamaron la atención es sólo un abrebocas al mosaico patrimonial que tiene Pijao. Frente a su estación de Policía, un conjunto pictórico colorido que revive algunas fachadas del pueblo y la imagen de un perro en una puerta semiabierta; es otro fondo para la foto personal. Los andenes grabados de muchas de sus calles antiguas. La observación detallada de un detalle arquitectónico que sólo tiene Pijao, los arcos de metal en la parte superior de las puertas, especialmente de algunos cafés esquineros. Las macetas con flores frondosas y hermosas que están adornando algunas ventanas, donde también se combinan detalles de madera que también representa flores. Cielorasos que se alcanzan a ver en las habitaciones, todos diferentes y bellos. Esquinas atípicas, de alto valor arquitectónico. Un gato descansando en la base de una de sus puertas; ello es sinónimo de placidez. Los dueños de sus negocios también descansando en sus puertas; representación ello del nuevo nombre de Pijao: “La ciudad sin prisa”. Los monumentos artísticos que nos dejó el terremoto; uno de ellos la escultura homenaje a las garzas, de su artista Vilma Herrera.

Hay muchos más por disfrutar en Pijao: el interior de cada una de sus casas, pernoctar en alguno de sus alojamientos y escuchar el murmullo de sus corrientes de agua, cuando se les recorre en la noche, degustar el café servido directamente por los caficultores, comer algo en la recién Galería restaurada, observar danzarines y escuchar los acordes musicales de la nueva banda músico marcial. Para ello, debemos volver a este hermoso pueblo, el que nunca terminará de ofrecernos sus encantos, porque ellos hacen parte de la magia del ensueño, mas ahora con la reciente acreditación de la Norma NTS 001 de Turismo sostenible.

Como el más importante de todos, el que está al margen del turismo, el que no debería visitarse porque es un sitio sagrado. Se llama Valle del Chilí, donde sus frailejones y el frío intenso hacen parte de eso que es intocable y se debe respetar. Mejor imaginarnos que esa reserva natural es el santuario de las divinidades de la montaña y no debemos invadir su morada. Pijao: siempre volveremos.

 

 

 

 

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