• DOMINGO,  21 ABRIL DE 2019

Cultura  |  14 abril de 2019  |  12:00 AM |  Escrito por: Robinson Castañeda.

Crónica: Caminando al colegio

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Escrita por Jorge Orrego.

Caminar. Caminar y caminar. Mi actividad predilecta. He leído sobre las bondades de esta fuente maravillosa de salud y bienestar.

Siempre estaré agradecido con mis padres porque dispusieron que hiciera mi bachillerato en el Colegio Rufino J. Cuervo, ubicado a varios kilómetros de la casa.

Nuestra familia vivía en la carrera 13, a una cuadra del parque Sucre. Desde allí, habría de caminar hasta el colegio que estaba ubicado cerca del Bosque, en el barrio Berlín, al sur occidente de la ciudad. Dos sitios apartados. Por esta razón tenía que caminar durante más de media hora para cubrir esta distancia.

A lo largo de mi vida he sido buen caminante, tanto en distancias cotidianas cortas, como en caminatas largas, por el campo o carreteras. Tal vez allí ha estado una de las claves de mi salud, sin que me lo propusiera.

A veces realizaba el trayecto al colegio solo, otras veces acompañado de estudiantes de mi edad que debían hacer casi el mismo recorrido.

Por el camino nos juntábamos dos, tres, cuatro y más que se iban sumando a medida que nos acercábamos al colegio. Las últimas cuadras era preciso subir acentuadas pendientes. Esta zona de la ciudad tenía la ventaja topográfica de estar dispuesta en una colina que permitía contemplar toda la joven ciudad.

En principio, de lo que se trataba, para ir al colegio, era abandonar el sector residencial del parque Sucre, pasar por el centro comercial e iniciar el ascenso hacia el Bosque y el barrio Berlín.

Esta caminada la realizaba, teniendo en cuenta que era de ida y regreso, dos veces al día. Por la mañana y por la tarde.

Algunas veces salíamos a estudiar muy temprano. Esto nos permitía caminar despacio, charlando, o como decíamos en esa época, recochando.

Otras veces a uno lo cogía la tarde. Era preciso caminar con prisa, antes de que sonara la campana y cerraran la puerta del colegio, lo cual nunca me ocurrió pero me parecía una hecatombe.

Cuando el tiempo lo permitía, mirábamos las vitrinas de los almacenes. Hacíamos chistes y comentarios sobre la decoración o los productos exhibidos. De particular encanto era el paso por el teatro Yanuba. Había allí una magia. La calle formaba un pasaje que llevaba el nombre del mismo teatro.

Los anuncios de las películas que estaban próximas a presentarse o que por estos días se presentaban eran muy llamativos. Había unos grandes, emblemáticos y también unas vitrinas donde se exhibían fotografías de escenas de las películas.

En ese sector nos deteníamos a mirar estos avances de las películas. Alguno de nosotros tomaba la delantera y exclamaba con entusiasmo, como si ya hubiera visto la película en los días anteriores:

-¡Ahh ahí es cuando el guapo empuja a esos tipos contra las mesas!

Si la película exhibida era para mayores de 18, el juego era más emocionante. Aquel que presumía de haberla visto haciendo comentarios sobre las fotos, tenía la sensación de haber entrado en el mundo de los adultos y por lo tanto sobresalir entre sus compañeros impúberes.

También era notable el paso por la carrera 18 que tenía muchos cafés. Había gente, en especial campesinos, que iba a emborracharse. Era frecuente al pasar temprano en la mañana ver clientes amanecidos. Estaban sentados en sus sillas, junto a las mesas, pero durmiendo la borrachera. Frente a ellos una multitud de botellas vacías, daba cuenta de todo lo bebido en la noche y hasta el amanecer.

Era grotesco. Estos hombres expuestos a la mirada de los niños que iban a estudiar, con sus maletines llenos de libros y cuadernos escolares.

Por las tardes lo llamativo para nosotros eran las coperas; mujeres sensuales de vestidos ceñidos que atendían a los clientes llevando bandejas con los pedidos, bien fuera cerveza o aguardiente.

Para el mes de agosto llegaba la plaga de cucarrones. Eran insectos de coraza dura y brillante que se les veía arrinconados en los andenes. Tal vez muriendo, tal vez en un letargo propio de su biología. Los cogíamos con delicadeza y examinábamos su vientre, sus patas que se movían con lentitud. Como en una suave protesta por nuestra intromisión. Su coraza era de un verde turquesa, brillante. Tenían una ponzoña en forma de arco sobre su espalda.

Cucarrón, coperas, cine. Así eran las caminadas al colegio.

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