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Colombia  |  06 noviembre de 2019  |  01:05 AM |  Escrito por: Rubiela Tapazco Arenas

El concepto de verdad histórica se encuentra en crisis: a propósito del XIX Congreso Colombiano de Historia

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Por Néstor Cuervo L.

Es hora de aproximarnos a un balance de lo que nos ha dejado el XIX Congreso Colombiano de Historia, realizado en Armenia del 1 al 4 de octubre de 2019 bajo el lema 200 años de Vida Republicana, Armenia 130 años de Gesta Colonizadora.

Más allá de la presencia de los más destacados investigadores del país, del alcance de las problemáticas particulares abordadas o de su valía reducida al impulso del turismo y el comercio local como afirmara un despistado ‘gestor cultural’, sobre el evento y, especialmente, sobre el Simposio: Guerra, Memoria y Paz, gravitó el tema de la historia y la verdad.

La mirada cognitiva

Este asunto ha estado imbuido de tres puntos de vista: Uno, heredado de Kant y la modernidad indica que el conocimiento de la realidad es el resultado de una interacción entre experiencia y razón, aduciendo que el hombre no podía ser un receptor pasivo de los estímulos que provienen del mundo siendo más bien un receptor reinterpretativo en base a su propia razón. Afines a tales metarrelatos encontramos las filosofías de la historia de Hegel, Comte, Marx. Así, con la ciencia, el pasado podría regresar a nosotros de manera transparente, objetiva, cierta, para ayudarnos a la transformación progresiva del presente. La racionalidad sujeto/objeto entra a definir la verdad histórica. Esta ilusión ha pervivido en nuestras conciencias como “verdad” y asumida por la historiografía como única e irrebatible.

La ruptura Postmoderna

Un segundo discurso, llamado postmoderno, asumirá una ruptura total con la concepción moderna-cognitiva queriendo representar la figura del sepulturero para todas aquellas concepciones del mundo y de la historia basadas en la idea de los grandes metarrelatos que buscan homogenizar al ser humano, eliminando toda diversidad y pluralidad. Para una variante de la postmodernidad hace falta una deconstrucción completa de la filosofía moderna y una nueva práctica filosófica que rompa con las oposiciones dualistas sujeto/objeto, apariencia/realidad, centro/periferia, razón/naturaleza que buscan garantizar la verdad, devaluando los términos inferiores de la oposición y presentándose como universales.

En general, lo rescatable de la crítica postmoderna a la razón científico-técnica, planteada por la modernidad en términos universales y unívocos, consiste en reconocer la importancia de incorporar en la construcción de “la verdad” múltiples factores no sólo económicos, políticos, históricos y culturales, etc. sino individuales, estéticos, subjetivos entre quienes se establecen múltiples coerciones y efectos de poder dando lugar a saberes que toman, a su vez, el rol o estatuto de ciencia o verdad. De tal manera que estudiar la ciencia solo desde la teoría del conocimiento, observarla al margen de las relaciones de poder equivale a verla como una construcción ahistórica, abstracta, resultado sólo de la capacidad reflexiva del científico.

Verdad y totalitarismo

Una tercera se incrusta como espina en el corazón de la vida cotidiana. Tiene la marca del totalitarismo de la globalización neoliberal y se alimenta de concepciones postmodernas en extremo relativistas. Es un modelo que quiere naturalizar unas relaciones sociales en las que el pasado, la memoria no tengan importancia. Como lo había anunciado Keith Jeikes, la crítica y rechazo total a la modernidad y sus proyectos nos proporciona recursos suficientes para una novedad que no sea una mera réplica de lo viejo… “y es muy posible que tales imaginarios nuevos no incluyan entre ellos la historia y la ética” (K.J. ¿Qué es la historia? 2014).

En consecuencia su apuesta es por la verdad sin contexto, por el presente, el mercado, la competitividad, el emprenderismo, la felicidad ahora, sin los atavismos de la política, la historia y la moral. Se acompaña de la afirmación de que la verdad no existe, que aquello que nosotros consideramos verdad sólo lo es desde nuestro muy particular punto de vista. Con esta postura han proliferado en el mundo una enorme cantidad de “verdades”, ideologías y pensamientos que afirman como ciertas cosas diametralmente opuestas, mediante la institucionalización de la mentira- fake news-, y la desinformación de datos y cifras; degradando y manipulado astutamente el lenguaje hasta convertirse en una reproducción de la palabra “negroblanco” creada por el ministerio de la verdad en la antiutopia totalitaria descrita por Orwell : “Como tantas palabras neolinguÍsticas, esta tiene dos significados contradictorios. Aplicada a un contrario, significa la costumbre de asegurar descaradamente que lo negro es blanco en contradicción con la realidad de los hechos. Aplicada a un miembro del Partido significa la buena y leal voluntad de afirmar que lo negro es blanco cuando la disciplina del partido lo exija”.( Orwell. 1984).

Nuevos Vientos

Paradójicamente, en los últimos años, a raíz del Acuerdo de Paz Gobierno- Farc, la constitución del Centro de Memoria Histórica y la Comisión de la Verdad, ha irrumpido en el ambiente un fuerte conflicto político, social y académico por la verdad histórica frente a acontecimientos tan definitivos para los colombianos como el origen de nuestro conflicto armado, su naturaleza-¿política o delincuencial?- y, yendo más atrás, sobre el carácter pluralista o no de nuestra independencia de España etc., cuyas narrativas- las que se logren imponer-, sin duda, marcarán por muchos años el rumbo de nuestra historia e identidad como nación. Adoban este conflicto las percepciones de “verdad” descritas arriba.

En síntesis puede plantearse que hoy el concepto de verdad histórica se encuentra en crisis. Existe entre importantes sectores académicos, políticos y sociales el claro propósito de construir narrativas históricas apegadas a concepciones ideológicas entre las que podemos distinguir: las racionalistas-cientificistas modernas que tiene a su vez dos líneas: la “negacionista” y la “clasista”. Mientras, otros, simplemente soslayan la importancia de la historia. Se presentan todas, a su vez, como irreductibles.

El Congreso

Según ponencia de Jennifer Sierra, investigadora de la UPN, en el Congreso de Historia, el actual gobierno está en el claro propósito, por ejemplo, de construir su propia versión de nuestra historia en la que el rol de las Fuerzas Militares se presenta como “heroico” y “vencedor” de los conflictos armados que han agobiado nuestra nación. Para confrontar al Centro Nacional de Memoria histórica –CNMH-, creado por el acuerdo de Paz en el pasado gobierno, se ha constituido el Centro Nacional de Memoria Histórica Militar( CNMHM) que apoyado en un generoso presupuesto viene a la iniciativa con una serie de políticas de investigación -y control por parte de los altos mandos militares- con el discurso del papel ejemplar de las Fuerzas Armadas en el conflicto armado, la publicación de gran número de libros, la creación de su propio museo de la memoria y la capacitación a las nuevas generaciones, en los colegios de educación pública y privada, por los propios militares, o historiadores contratados, sobre su versión particular de nuestra historia.

Expresión de esta estrategia la vimos en la reciente celebración del “Bicentenario de nuestra independencia”. Se observó allí el rol protagónico de los militares con el propósito de hacer ver la Batalla de Boyacá como el fin del colonialismo, cuando en realidad la Batalla representa apenas la base – importante desde luego- en la que Bolívar reunió destacados recursos para su triunfante campaña hacia Venezuela primero y al sur del continente, después.

 

Crisis y oportunidad

No obstante, al margen de la polarización ideológica, o por ella, las crisis tienen de positivo que obligan a plantearse nuevas preguntas, a que los historiadores asuman lo relativo de sus puntos de vista, a la necesaria confrontación con la pluralidad de fuentes, es decir, a un momento reflexivo en el que no es posible hablar de verdades absolutas, posesión de algo o alguien, que todo lo construido por organizaciones independientes del Estado es falso o ideológico o que la verdad es individual. Podría hablarse de que hemos llegado a un interesante punto de inflexión de la investigación histórica en nuestro medio. Punto que obliga a hacer un balance de su producción como disciplina productora de conocimientos.

Sin duda, el protagonismo de las víctimas de la guerra ha puesto sobre el tapete la necesidad de reconocer su disímil protagonismo en un ámbito marcado por intereses de resistencia, poder, dominación y explotación en una sociedad que aún se debate entre la autodeterminación y la colonialidad del poder (Quijano, 1992). Entre la lectura de su “propia” historia y los modelos eurocéntricos impuestos por la modernidad. A despojarnos de la idea de pensar el pasado como un mero “punto fijo” que el presente debe tener como referente.

Abrir la historiografía.

En tal sentido, entonces, es necesario abrirse a nuevas ideas. Walter Benjamín viene en nuestra ayuda. En sus Tesis de Filosofía de la Historia (1940), propone recorrer un nuevo camino de la investigación histórica donde el pasado no debe ser “reconstruido” en el sentido de “reproducido” científicamente, cognitivamente como pretendía el historicismo, sino “reconstruido”. Benjamín ejercita toda una poética del recuerdo y de la memoria en donde la sensibilidad en todas sus dimensiones cobra un papel determinante. Precisándose para ello de una operación de recuerdo (“rememoración”) hecha en el presente que es, por ende, política, estética, ética y no meramente arqueológica o cognitiva. Enfatizando en la urgencia de cambiar el presente mediante miradas pluralistas al pasado - más allá de la perspectiva ontológicas sujeto/objeto o “amigo”/”enemigo” - y dejar de mirar absortos el futuro.

La “reconstrucción” de la historia no sólo se halla entre el lenguaje de ayer y el contemporáneo del historiador. Evidentemente es una lección que el historiador debe retener, o como dice Michel de Certeau (2003): “un acontecimiento –pasado- no es lo que podemos ver o saber de él, sino lo que él llega a ser (y en primer lugar para nosotros)”. Esta visión permite desplazar el enfoque del historiador desde la verificación de los hechos y su perspectiva de una búsqueda unicausal, como lo enseñaba la modernidad, hacia un horizonte donde los acontecimientos son siempre abiertos. Así lo señaló A. Quijano cuando escribió: “La identidad latinoamericana, que no puede ser definida en términos ontológicos, es una compleja historia de producción de nuevos sentidos históricos, que parten de legítimas y múltiples herencias de racionalidad. Es, pues; una utopía de asociación nueva .entre razón y liberación”. (Quijano .1988)

 

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