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Cultura  |  17 diciembre de 2019  |  12:07 AM |  Escrito por: Rubiela Tapazco Arenas

Un sueño logrado en zancos

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Este texto fue escrito por Lisandro Bueno, integrante de la tertulia Café y Letras Renata.

Llegamos a La Mariela, en dos mil cinco, o algo así. Fue algo muy bonito, porque jamás habíamos tenido casa propia y saber que aunque pequeña, ya era de la familia, significó realizar los sueños más bacanos. Uno abría la puerta y ahí mismo, se veía el patio, pero no le pusimos atención. Era nuestra casa.

La cancha quedaba en otra parte, los campeonatos de banquitas se jugaban donde los buses dan hoy la vuelta, no había sitios de encuentro ni recreación, nada para hacer. Éramos gente nueva, temerosos, tímidos y la verdad es que para jóvenes, niños y adultos era complicada la convivencia.

Pronto empezaron los problemas entre vecinos y las riñas eran frecuentes. Tanto, que hubo necesidad de crear un frente de acción entre vecinos que no dejaba robar ni que los problemas se salieran de control. Había un vecino llamado Efraín que salía con un machete en la mano y la policía debía llegar para apaciguar las cosas, porque lo único ordenado que había era el mismo desorden.

Nos pareció agradable el nombre de las cuadras. Que se llamaran como un árbol, nos pareció bonito, pues ningún barrio llama sus cuadras así. La constructora OICOS, lo decidió porque al entregar las casas y los propietarios sabían qué les tocaba, se negaban a recibirla “porque queda muy abajo, muy arriba o lejos”, entonces las llamaron así para despistar a los que recibían la propiedad.

Para mercado y comestibles, como se dice: “si la gente va para el desierto, cada quien mira cómo lleva su agua”, pero al poco tiempo ya hubo tiendas, que hoy todavía están frente al cañón. La de don Horacio, la de doña Edilma y la de don Evangelista. Claro que había productos caros, pero como en ese tiempo no llegaban carros hasta aquí, los mercados los traían a pie por el destapado.

De noche era complicado. Cuando todo estaba quieto y sereno, se oían gritos, tiros y uno sin poder salir de la casa. Payaso, un consumidor, maduro ya, se levantaba desde las cinco de la mañana a gritar por todo el barrio:

– ¡Vamos pa’rriba!– Y así todo el día, pero era muy servicial, la gente lo ocupaba para hacer mandados. Vivía con una señora que le decían “La Gorda”, con quien tuvo un hijo que le heredó el apodo y también el vicio. Los jóvenes, desde nuestra visión, miramos qué podíamos hacer y empezamos con mi hermano a trabajar con el teatro, en el que Payaso hijo, estuvo con nosotros un tiempo, pero después se dejó ganar por el consumo.

Cristian, estuvo en el grupo a los doce años en los tiempos complicados del barrio. Era un joven que hablaba por la gente, ayudaba a solucionar problemas y hoy con unos veintidós años, creo que anda por Medellín y trabaja con un almacén.

Una ocasión los muchachos del grupo artístico vimos que las personas tiraban basuras por todo lado y dañaban lo que la gente de bien hacía, o sea que no les importaba el barrio. Nos craneamos una obra en zancos que se llamó “La muerte de Marielita”. Conseguimos un ataúd con la Universidad del Quindío, metimos a un vecino apodado Veneno y comenzamos a pasear el entierro por el barrio, llorando y rogando a la comunidad que salváramos a Marielita.

De vez en cuando Veneno, destapaba el ataúd y gritaba lo mismo. Lo más chistoso y a la vez tremendo, fue que al llegar con el desfile de dolientes y zanqueros a la cancha, el féretro se cayó de la mesa donde estaba y el pobre Veneno se pegó un golpe el macho. Él participaba en las comparsas, en los eventos y en los desfiles se disfrazaba del cura de la familia Castañeda, pero volviendo a la obra, surtió efecto, porque la gente aprendió a querer más su barrio.

Cuando llegamos a La Mariela, yo era rapero en un grupo que se llamaba “Pequeños Kids”. Veníamos del barrio Miraflores, de abajo de la Estación, una zona bien delicada, por eso no queríamos que acá en el que iba ser nuestro barrio, las cosas se repitieran. Por eso con mi hermano, viendo que no había nada para hacer, empezamos a llamar a los jóvenes para el grupo de teatro.

Mi hermano Felipe que sabe de danzas y de zancos, ha sido hasta hoy el director de nosotros, pero en esos años, empezamos juntos a mirar los talentos. Que este toca la guitarra, que aquel rapea, que este otro dibuja y así los reunimos y explicamos lo del grupo juvenil. No faltó el que dijo: “ese proyecto no tiene patas ni cola, porque la mayoría de los muchachos son ladrones y con ellos no van a ningún Pereira”, solo porque él ya había fracasado.

Eso nos dio mucha rabia y decepción, pero nos animamos y comenzamos otra vez, con más fuerza y más ganas. Ahí, el hijo de don Evangelista, Hermes, hizo el logotipo del primer grupo, que se llamó “Fuerza Juvenil”. Era un brazo empuñado demostrando las ganas que teníamos de sacar adelante nuestro sueño.

principio nos apoyó un candidato al concejo que estaba en campaña. Nos trajo refrigerios para motivar a los asistentes, porque no había fundaciones ni O.N.G, para ayudarnos, por eso cuando conseguíamos una sede con mi hermano, por alguna razón nos la quitaban y varias veces quedamos trabajando en el aire. La más triste, fue cuando armamos una sede en la parte de abajo del barrio y un aguacero que hubo fue tan verraco, que se llevó todo y volvimos a quedar en la calle. Esa vez, como tantas otras, estuvimos a punto de tirar la toalla, pero después de tener la cabeza agachada, hemos vuelto a levantarla hasta que Dios nos lo permita, porque al final la recompensa espiritual es muy grande.

Para escoger el nombre de nuestro Teatro Escondido, un primo, mi hermano y yo, apuntamos en una hoja veinticinco nombres y de uno en uno fuimos eliminándolos por diferentes razones, hasta que por fin quedó el que tenemos ahora: “Los muñecos del Teatro Escondido”.

A través de este tiempo, hemos aprendido que uno como artista debe educarse, hemos hecho cursos de proyectos, de cómo hacer una empresa, hemos aprendido en el camino las diferentes técnicas que se necesitan para hacer teatro y otras cosas, por eso hoy podemos decir con orgullo que en nuestro grupo hay hijos de los que formaron la primera generación del elenco. Nuestro fuerte son los títeres. Títeres de guante y de varilla, pero también tenemos arte callejero que es el que se representa en zancos y teatro en vivo, es decir de todo, porque así lo exige el compromiso artístico.

Con lo de los zancos una vez, de las primeras que participamos en la Universidad del Quindío, el grupo de “Los Salta Charcos” de Barcelona nos dio una muenda en la escena la tremenda, porque a nosotros todavía nos faltaba mucho, pero hoy, pasados ocho años, ya nos respetan porque hacemos figuras que muy pocos pueden hacer. De mi parte he tenido que dejar un poco los zancos porque me hace daño para el Break Dance, pero cuando toca ponérselos hay que hacerle.

Para terminar esta historia, quiero resaltar el trabajo de los “abuelos”, como les decimos con cariño al grupo “de líderes unidos”, dirigido por don Evangelista, que han hecho muy buenas obras en La Mariela, como la “Casa Quindiana”, en la esquina donde antes era solo un basurero y que hoy es un trabajo estético que adorna mucho el paisaje del barrio, aunque solo muestra una fachada por los dos lados. Otra buena cosa es la arborización adelantada por ellos.

podemos decir que el barrio ha cambiado mucho, pero nosotros queremos más, queremos hacerlo mejor, porque somos una fábrica de líderes culturales, deportivos y de toda clase, aunque lo que estamos haciendo es como sembrar un árbol, que al principio no se ve nada, pero con el tiempo va creciendo hasta convertirse en un ser vivo que da sombra, cobijo y sirve para el bien.

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