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La Cosecha  |  10 marzo de 2020  |  12:00 AM |  Escrito por: Edición web

El pastor de los ciclistas

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Por Gloria Chávez Vásquez

“La bicicleta es la invención más noble de la humanidad.”
William Saroyan

Es un hecho. Puede decirse que la bicicleta es el vehículo que más ha aportado a la paz en el mundo. El ciclista es un individuo que ama su libertad y disfruta de la naturaleza. Donde hay un grupo de ciclistas hay una comunidad sana y alegre. Mucho ofrecen, casi nada reciben, más que la admiración y emulación de espíritus afines que encuentran en ese deporte toda su gracia. No hay sensación de independencia más grande que montar en bicicleta. Te sientes en control. Vas en comunión con la naturaleza. Hacia adelante. Caes, vuelves y montas. Ya lo dijo antes uno de ellos: Montar en bicicleta es la mejor droga antidepresiva y solo tiene buenos efectos secundarios.

Colombia ha recibido del ciclismo tal vez sus mayores glorias. Generaciones de héroes solitarios pedalean cuesta arriba para alcanzar honores que brindarle a sus compatriotas. Aparte de la competencia internacional, el ciclismo colombiano ha cogido auge del brazo del turismo, creando una sociedad internacional y atrayendo a aficionados de otros países, que han escuchado de los retos de la majestuosa montaña andina. Vienen a compartir, a apreciar, a llevarse algo de nuestra patria en su corazón. Para ello ha de haber un enlace que les sirva de guía. Alguien que ame a su patria tanto o más que nadie.

Uno de estos bastiones de la MTB (Mountain Bike) reside en Armenia. Lo bautizaron Barney (por el personaje de la tira cómica) y lo conocen como el pastor de los ciclistas. Ha contagiado su entusiasmo a miles de seguidores que pedalean detrás de él. Gracias a su tesón y devoción por el deporte, se ha convertido en un guía todo terreno que conoce al dedillo su tierra. Junto con un tenaz grupo de ciclistas amateur, ha recorrido casi todo el país, escalando montañas, bordeando ríos, pasando por selvas, costas y desiertos.

Hace 10 años Jorge Mario Giraldo jugaba futbol cuando sufrió una lesión en una pierna. En vías de recuperación, un buen amigo, dueño de una ferretería, le prestó una bicicleta para que se ejercitara y le sirviera de terapia haciendo un recorrido que, le dijo, le llevaría a sitios muy hermosos. Fue el enganche para un deporte que se convirtió más que en afición, su devoción. Su uniforme progresó de pantaloneta y tenis a un equipo que incluye bicicleta propia, casco y demás parafernalia. Tanto cambió su vida que, con el tiempo, hasta su forma de negociar se concentró en suplir las necesidades de los ciclistas.

Su primer recorrido fue arduo y exigió mucho de él físicamente, pero el entusiasmo y los paisajes lo reclutaron para siempre. Poco a poco se le fueron uniendo otros amigos y conocidos hasta que el pelotón creció de decenas a centenas que ya van por el millar.

Los aficionados, entre hombres y mujeres, se han ido aglutinando de acuerdo a los niveles que van de suave, a medio y alto: Los tortugas, Los lentejas, Pedaleros del sur, Los escarabajos. Algunos de los grupos se identifican por el color y diseño de la camiseta y varios funcionan con estatutos, organizados como un club. Giraldo prefiere dejarlo al libre albedrio de sus seguidores, y aparte de filmar o documentar fotográficamente el evento, él mismo se encarga de publicar en FB las rutas, el programa (qué ver, donde almorzar) y los lugares de encuentro. “MTB un paisaje mágico para una ruta mágica” reza uno de sus anuncios con los que anima a los pedalistas.

Jorge Mario Giraldo tenía 19 años cuando salió de Colombia hacia Israel. Paso dos duros años en ese país, pero la prematura muerte de su madre determinó su regreso decisivo a Armenia. Poco después contrajo matrimonio con Luz Elena, a quien él considera el premio que le dio la vida. Tienen 21 años de casados y un hijo, Juan Camilo. Ella lo ha acompañado en algunas rutas, pero no comparte la fiebre. “No le suena ni le truena el ciclismo” dice JM. Como pareja están comprometidos en sacar adelante a su hijo que sufre de una discapacidad leve.

La popularidad de JM Giraldo es tal que hace apenas unos años lo animaron a que se postulara para un puesto en la asamblea. “Fue como relleno” dice él, pero obtuvo muchos votos. Casi tantos como el ganador en la contienda. Aún así, la política no le hace mucha gracia. Como ciclista, hace más por la comunidad que los políticos de turno. Aunque hay algunos que simpatizan con el movimiento y lo apoyan de diferentes formas.

Una de las satisfacciones de los aficionados del ciclismo en el Quindío, es haber conocido a personajes insignia del deporte como Martin Rodriguez “Cochise”, Lucho Herrera entre otros. Otro estimulo es promover el turismo y el amor a su terruño entre los extranjeros, ciclistas aficionados que viajan de todas partes del mundo para conocer las maravillas de Colombia y recorrer el accidentado territorio nacional.

Pero la actividad comunitaria de El pastor y sus ciclistas no termina con el deporte. Existe entre ellos una confraternidad desinteresada y verdadero celo por ayudarse entre sí y a otros con menos recursos. En navidades y al comienzo del año escolar, los ciclistas apadrinan niños para darle regalos que cubran sus necesidades. “Es muy satisfactorio” comenta Barney. Han recogido fondos para ayudar a combatir enfermedades o a personas que en su momento lo necesitan. Es precisamente su habilidad para conseguir donaciones lo que le ganó el apodo de El pastor. Pero el mote se oficializó durante una ruta en todo terreno, cuando cruzaban una vereda y una señora escuchó que le preguntaron: “¿Pastor, dónde nos metemos?”. “¿Y es que él es pastor?”, preguntó la mujer. Por broma, así lo presentaron sus compañeros. Los habitantes de la villa lo acogieron como tal y así fue que tuvo la oportunidad de predicar la importancia espiritual del ciclismo. “Vengan conozcan al nuevo pastor”, dijo uno impresionado. ¿Por qué monta en bicicleta si los domingos son para descansar y dedicárselos a Dios?, le preguntaron. “Porque veo la grandeza de Dios cuando monto en bicicleta”, contestó Giraldo, divertido.

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