• MIÉRCOLES,  03 JUNIO DE 2020

Cultura  |  06 abril de 2020  |  12:00 AM |  Escrito por: Rubiela Tapazco Arenas

Cuestión de aseo

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Un texto del escritor colombiano Enrique Álvaro González.

El acuartelamiento de primer grado no se hizo esperar, pues la situación que avocaba la justicia, podía sobrepasar niveles insospechados. Así pues, a la Guardia Penitenciaria, le tocó ver “la toma”, como a todos en el país, a través de los noticieros, en el televisor de cada casino en cada cárcel. Fue así, frente a la pantalla, que recordamos a la compañera administrativa recién trasladada al Palacio y nos interrogamos: ¿Y Adalgiza?

Ella, igual a todos los primeros miércoles de mes, aquel noviembre, terminó el aseo de las oficinas en el segundo piso del Palacio, más temprano que los otros días. Lo hacía para poder ir al almacén, antes que las demás aseadoras del ministerio, a reclamar los útiles propios de su trabajo. No le gustaba hacer fila.

En el cuarto, destinado a las aseadoras, limpió sus zapatos, amarró dos traperos usados, dos escobas gastadas, el acabado cepillo de limpiar paredes, las bayetillas deslucidas por el uso, unos tarros vacíos de cera y otros elementos que debía presentar para reemplazarlos. Acomodó todo entre un balde y se alistó a salir.

Antes, arregló su cabello, organizó su maquillaje en el espejo pegado a la parte interior de la puerta, inspeccionó su falda, su blusa, y tras sonreír, dirigió sus penúltimos pasos por ese pasillo, esas escaleras y esa salida.

Era un día espléndido. Extrañó al suboficial que dos días antes comandaba la vigilancia policial del edificio, ahora retirada. Admiró las palomas en la plaza de Bolívar, sonrió al fotógrafo que le lanzaba un piropo intrascendente y se encaminó a las oficinas del Ministerio, cuadra y media abajo, donde además de reclamar la dotación laboral, se acercaría a la oficina de personal a preguntar por sus vacaciones.

En la esquina, recordó que debía devolverse por sus documentos que con obviedad le serían reclamados a la hora de averiguar estas últimas y al hacerlo, ahora sí para recorrer por última vez los pasillos y escalas recién brillados por ella, se encontró y saludó, también por última vez, al doctor Gaona.

La espera en el almacén fue corta, pues la entrega de elementos laborales fue interrumpida por los gritos de escoltas y agentes del orden que abundan en el edificio y ella, dejó caer el tinto que saboreaba, al escuchar los primeros balazos con terrible presagio.

Todo fue gritos, llanto y descontrol. Los jefes ordenaban a los empleados tirarse al piso, otros pedían que salieran del edificio, algunos pedían mesura, otros rapidez en la salida, y el caos fue aumentado a medida que llegaban las noticias de que el Palacio de Justicia, era objeto de un atentado, lo cual motivó acuartelamiento general de todos los cuerpos oficiales armados, incluido el personal de guardia carcelaria.

Cuando Adalgiza salió de nuevo a la calle, intentó regresar a su sitio de trabajo, pero encontró que varios agentes cerraban el paso. Miró hacia el edificio y un nudo amargo se le formó en la garganta al ver que unos helicópteros descargaban agentes armados sobre la terraza del Palacio. En la esquina noroccidental de la plaza, otros hombres de civil o militares, disparaban hacia el edificio con diferentes armas.

La visión se le hizo espantosa. Ella hubiera seguido mirando como una estatua si el Señor Martínez, jefe de oficios varios, no la agarra de un brazo para halarla en carrera hacia la avenida décima.

– ¿Qué pasa por Dios, señor Martínez?

– ¡El acabose Adalgicita! ¡El acabose! ¡El M 19 se acaba de tomar el Palacio de justicia!- Respondió el hombre y agregó:

– ¡Mire, váyase para su casa! ¡Yo la llamo cuando sepa qué hacer!-. Y dicho esto, ordenó lo mismo a los subalternos que encontró en medio de la anarquía.

Desde la avenida décima entonces, Adalgiza y muchos otros, intentaron adivinar qué pasaba, pero las fuerzas armadas empezaron a acordonar todas las llegadas a la plaza en un marco de cinco cuadras. Así, tuvieron que marcharse y la única opción para enterarse, fueron las imágenes en vivo y en directo de la televisión nacional.

Ella, como miles de personas, lloró cuando la pantalla mostró los cañonazos del “Cascabel” que derribó la puerta principal.

“Virgen santísima, protégelos”, pidió, mientras su recuerdo traía las palabras de uno de los Magistrados al decirle que su hijo tendría, por fin, el cupo para seguir el bachillerato en un colegio distrital.

Pidió al Señor Caído de Monserrate por la vida del doctor Reyes, cuando reconoció su voz en la radio pidiendo al Presidente de la República que suspendiera el ataque y momentos después, Alfonso Jackim, uno de los guerrilleros a cargo de la toma, gritaría a la radio audiencia, entre detonaciones, la premonición:

– ¡si el Presidente de la Nación no le responde al presidente de la Corte, y ordena el cese al fuego, aquí nos morimos todos!

Días después, al participar en las honras fúnebres del Magistrado, Adalgiza escuchó la voz del hijo herido en el alma, negándose a estrechar la mano de pésame que el primer mandatario del País le tendía:

–Yo no puedo estrechar la mano de quien se negó a levantar el teléfono para responderle a mi padre-. Le oyó decir.

Ella derramó lágrimas por sus amigos de la cafetería, donde le permitían calentar el café que traía para desayunar. Se horrorizó al ver las llamas devorar el edificio y se negó a creer que la justicia perdiera todo su valor en esos dos días interminables. Al final, cuando los noticieros comenzaron a mostrar la salida de los supervivientes, reconoció entre los rostros tiznados, a funcionarios que después fueron mencionados como muertos o desaparecidos durante la toma.

La noche de aquel miércoles, repudió, pero a la vez agradeció por el descanso de su mente saturada de imágenes escabrosas, que la televisión nacional reemplazara el terror de la toma y retoma del palacio, por las menos impactantes de un partido de fútbol. El resultado final, ni ella ni su hijo menor, partidario de uno de los equipos que jugaron, jamás lo recordarían.

Adalgiza, se deprimió hasta la enfermedad, y sus hijos no supieron si la causa fue la tristeza, o el miedo de saber que quienes salieron vivos, después tuvieron un final trágico.

“Era como haber caído en una ratonera” decía, sin saber que ese mismo término llegaría a formar parte de las investigaciones, años después.

Afortunadamente, las vacaciones llegaron pronto. Con ellas, vino el traslado de sede, a la que, como otros, se negaba a entrar después del horror. Pocos años después, llegó también la jubilación y esto le permitió salir del país hacia un lugar donde la distancia poco a poco fue ocultando el dolor.

Lo que más le ayudó, no obstante, fue saber que el hecho simple que la salvó de no formar parte de la hecatombe, fue su diligencia al reclamar los elementos de trabajo antes que sus compañeras. Es decir, lo que la salvó, fue simplemente, una cuestión de aseo.

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