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Cultura  |  27 septiembre de 2020  |  12:00 AM |  Escrito por: Edición web

La maldición

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Por Auria Plaza

"El Hijo del Hombre pronto descansará, pero tú andarás sin cesar hasta que yo regrese". Anónimo

Salgo a caminar bajo la lluvia, el agua limpiará mis pecados. Soy un Herodes enamorado de la mujer de mi hermano. Me siento como el lecho de un río que perdió su cauce, fuerzas que arrastran sin remedio. Nada volverá a ser como antes.

De complexión delgada y edad incierta; sus ojos azabaches de mirada inquisidora eran el único rasgo destacable de su rostro alargado. Piel color aceituna, nariz picuda, pómulos acentuados y frente ancha. Parecía una de esas mujeres antiguas de medio oriente. La verdad que era poco atractiva y por eso mismo nunca pensé que iba a caer en sus redes. Al principio era un juego y me reía de sus coqueteos, de sus cuentos y el halo de misterio con que se rodeaba.

Las telarañas de sus manipulaciones eran simples. Mi hermano mayor, Ignacio, era una marioneta y hacia lo que esta mujer quería. Cuando me llamó y pidió mi ayuda fue idea de ella, pero eso lo sé ahora. Entonces pensaba que venía porque él me necesitaba. Quería pasar más tiempo fuera de la casa, donde se ahogaba. La situación era complicada: Cuando estaba alejado de ella sentía que no la amaba, pero a los dos o tres días le entraba un desasosiego, una necesidad de verla y corría como un loco a sus brazos. Sabía que nunca la podría dejar, por eso me llamó. Se conformaría con poder vivir viajando, tener un par de días tranquilos y para ello quería que yo me encargara de su negocio y él aprovecharía para abrir sucursales en los pueblos vecinos.

Tenía un nombre rarísimo: Verosa. No hablaba de dónde venía ni de su familia. Medio en broma, si uno le preguntaba, contestaba que era ciudadana del mundo, que había vivido en muchos lugares. En realidad, eso parecía cierto, porque hablaba con propiedad de Tel Aviv, Atenas, Estambul, solía confundir y llamaba Bizancio o Constantinopla; Londres, Paris, Roma, Berlín y Buenos Aires. Seguramente leía, aunque nunca la vi con un libro en la mano, porque sabía mucho de historia. Le gustaba coleccionar grabados y fotos antiguas que no dejaba ver a nadie; las guardaba en un baúl viejo bajo llave. Eso me dijo una tarde que fui a buscarla a su cuarto y la encontré mirando unas cartulinas amarillentas.

La primera noche que ella vino a mi dormitorio, su perfume de madera, sándalo y cuero invadió el ambiente. Era la misma, pero la mujer insignificante estaba convertida en una diosa. El camisón traslucía sensualidad, el cabello negro le caía en cascada de seda por la espalda. No lograba apartar mis ojos de los suyos, dos pozos negros que me prometían todos los placeres. Su boca encendía una hoguera de deseos desconocidos. Pasó una semana. Mi hermano llamó varias veces. Él estaba feliz. En mucho tiempo no había tenido esa paz, así que se quedaría más tiempo del previsto.

Estoy como un desquiciado, no soy yo. Tengo que acabar con esto, librarme de su hechizo. ¿Pero cómo? Hoy, después del trabajo, iré a ver a mi viejo confesor que sigue en la misma parroquia, desde mi regreso no he ido a verle. Le pediré consejo.

¡No!...No es posible. El padre Rafael, muy sorprendido, dice que lo que me pasa con esta mujer, es igual a lo que le sucedió a Ignacio. Ella era la mujer de mi tío Francisco, quien la conoció en España y se la trajo a vivir con él. Vivieron juntos algunos años, hasta que mi hermano se enamoró locamente a pesar de que, por la diferencia de edad, podría ser su madre. Ahora yo estoy repitiendo la historia. Parecíamos embrujados, porque de otra manera no se explica que una mujer, aparentemente, sin ningún atractivo lograra enamorar a tres hombres de la misma familia, y que los abandonados estuvieran felices de ser dejados. Y yo tenía que romper eso. Al menos había tenido la fuerza espiritual de buscarlo. Me pidió que me quedara en la casa parroquial esa noche para ver qué solución encontrábamos.

No voy a entrar en detalles del infierno que pasé. Sin el apoyo del padre Rafael no hubiera podido resistir a la tentación de ir a buscarla. Durante tres días falté al trabajo. La tercera noche el padre me dijo que ya estaba listo para enfrentarla.

Está lloviendo torrencialmente, pero no me importa. Voy caminando hasta la casa, sé que ella me espera. Está en la cama. Me acuesto a su lado. Su cuerpo se enreda al mío. Una placidez me envuelve. Sus manos acarician mi rostro y de pronto, no son las mismas que encendían mi piel ahora son húmedas, enjutas y frías. Se detiene, me toma de los hombros, me sacude y con voz quebrada por la ira me dice:

–¿Qué has hecho? El amor está prohibido. Ahora no tengo tiempo para reemplazarte. Me tengo que ir. Ya no puedo detenerme más en este lugar.

–Te quiero –le dije– no tienes que buscar a nadie. Me quedaré para siempre a tu lado y envejeceremos juntos.

–Tu idea de siempre es un lapso muy corto y el tiempo mío no termina nunca. Me marcho. Es hora de reemprender el camino. Seguiré andando. Lo vengo haciendo desde hace siglos.

Desapareció esa noche. Cuando busqué sus cosas ya no estaban. En su habitación sólo quedó el baúl vacío en un rincón y ese leve perfume de madera y sándalo en mi piel.

El Caimo, septiembre 2020

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