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Colombia  |  27 septiembre de 2020  |  12:00 AM |  Escrito por: Edición web

Belalcázar: conquistador y arrasador

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Por Alberto Ramos Garbiras,

Magíster en Ciencia Política (Universidad Javeriana);

PhD en Derecho Público con énfasis en Política Latinoamericana, Universidad Nacional de Madrid (UNED- España);

Profesor de las cátedras: derechos humanos y derecho internacional, en la Universidad Libre

Los indígenas Misak llegaron a Popayán el 16 de septiembre, ya habían decidido en un juicio histórico tumbar la estatua de Sebastián de Belalcázar, ubicada en el morro de Tulcán, por ser indigno de representar la fundación de la ciudad que además está en duda, como la de Cali, que fue cambiada de lugar en 1537, y ya no estaba él: no permanecía en el sitio, daba instrucciones y reportaba actas. Las dudas también se presentan con las fundaciones de Pasto y de Neiva. Y pretendió hacer creer que había participado en la fundación de Bogotá. Esa es una estatua que debe ser resignificada por lo que encarna esta figura histórica, un hombre cargado de actos vandálicos arrasando lugares, despoblando.

David Bushnell, colombianista -norteamericano narra que Santa Marta como ciudad importante fue la primera fundada por los españoles en 1526. De allí saldría Gonzalo Jiménez de Quesada 10 años después, 1536, él estaba explorando el río Magdalena en su parte alta; salió para la región de los muiscas en busca de oro y logró bastante, fundó Bogotá con el nombre de Santa Fe, y al territorio circundante lo llamó Nueva Granada, fueron más de dos años de travesía buscando El Dorado, no lo encontró. En 1539 otros dos conquistadores quisieron abrogarse haber llegado primero atribuyéndose honores en la fundación, Sebastián de Belalcázar era uno y Nicolás de Federman, el otro. Viajaron a España en 1540 a dirimir el arribo y fundación. (Bushnell, 2007)

El objetivo de la disputa como en todas las presurosas fundaciones de ciudades era reportar el hecho a la Corona española, solicitar beneficios, llevar a cabo el reparto de las tierras, obtener títulos para gobernar, disponer de los bienes y tesoros. Una ambición de acumular poder, títulos nobiliarios y fortuna: Hidalgos sobre la explotación de las comunidades indígenas. Sebastián de Belalcázar venía buscando afanosamente El Dorado. No satisfecho con su letal recorrido de saqueos, derramamiento de sangre, recolección de oro, despojo de tierras en Panamá, Nicaragua, Perú, Ecuador, Pasto, Popayán, Cali, donde arrasó con aldeas, asesinó, rancheó, torturó y aperreó a los indígenas con su jauría de perros lebreles; se movilizó hacia la Sabana de Bogotá buscando El Dorado que venía tratando de georeferenciar desde Quito. El mismo cronista del Rey, Antonio de Herrera y Tordecillas, consignó en sus escritos que Belalcázar había obtenido tesoros en el Perú al lado de Pizarro en el Cuzco, pero ambicionando más se apartó del grupo para llegar a Quito y despojar al cacique Rumiñahui (hermano medio de Atahualpa), y posar de fundador de una aldea que la incendiaron y le ocultaron el oro.

Varios conquistadores buscaron y pretendieron llegar al codiciado Dorado; así se desprende de las narraciones de viajeros-buscadores de la época como Hernán Pérez de Quesada, Jorge Espira y Felipe de Uttre, contaron que los conquistadores pretendieron llegar al río Guainía y al Jupurá o Caquetá. Otro cronista, Fernández de Oviedo, describe la prisa de Sebastián de Belalcázar para buscar El Dorado. Philipp Von Hutten, conocido en los libros de historia como Felipe De Uttre, si encontró El Dorado cuando trabajaba con los Welser (alemanes que tenían todo el poder en territorio Venezolano), organizó una expedición que realizó entre 1535 y 1538, llegando hasta el río Papamene, la raíz del río Guayabero. La segunda expedición la realizó entre 1541 y 1546, atravesaron las sabanas de los llanos orientales y se encontraron con los indígenas Omeguas.

La pobreza en el campo castellano de los siglos XV y XVI y en otras regiones de España era inmensa. La mitad de la población permanecía en condición de indigencia. Oscar Di Simplicio, citando a Domínguez Ortiz, transcribe que, “la condición de los campesinos de España es la más desgraciada y oprimida que se pueda encontrar. Se sentiría uno tentado a creer en la existencia de una conjura de todos para arruinarlos o destruirlos. La palabra campesino tiene connotaciones tan peyorativas que es sinónimo de persona a la que se puede cargar de impuestos con toda arbitrariedad, zafia, vulgar o peor aún”.

Asegura el investigador Oscar Di Simplicio, refiriéndose a los señores feudales que, el predominio que ahí habían alcanzado los señores de la sociedad no tenía parangón en Europa. La aristocracia laica y la eclesiástica, a fuerza de explotar el campo, habían llegado a poseer enormes fortunas en tierras, que dejaron abandonadas o disiparon en una existencia de lujo y despilfarro” (Di Smplicio,1989).

Escribió el sociólogo de la Universidad Nacional, José María Rojas, “La España que conquistó a América fue la de la alianza entre la intolerancia religiosa y la guerra racista, la de la alianza entre la clerecía inquisitorial católica y la rapaz nobleza feudal castellana. Una España que había aniquilado su riqueza urbano-industrial con la expulsión de los judíos y que agravó la situación de la ya precaria cobertura alimentaria de la población con la expulsión de los campesinos moros; una España que necesitaba todo el oro del mundo para sostener un imperio de la cristiandad y que lideraba la contrarreforma en Europa; una España que mediante la institución de la inquisición hizo posible que la motivación por la apropiación de la riqueza ajena, el robo se ocultara bajo el ropaje de la motivación religiosa por la conservación de la católica…” (Rojas,2011).

Una España que estaba poblada por extranjeros productivos, moros agricultores y laboriosos; y judíos comerciantes que, precisamente desde el comienzo del año del “Descubrimiento de América”,1492,comenzaron coincidencialmente a ser expulsados por xenofobia, racismo y ser ocupantes forzosos y advenedizos, y por el fastidio de tenerlos diseminando otra religión e imbricando sus costumbres, lo mismo que los judíos emprendedores y competitivos que les quitaban circuitos de comercio, hasta llegar a ser expulsados casi totalmente a la altura del año 1503,quedando la población nativa, pero con una mano de obra para el campo pauperizada y llena de haraganes. Ese cuadro de la vida rural española se producía cuando se presentó el primer viaje de Cristóbal Colón, por desviación de la ruta, hacia el continente americano. Esta apertura laboral, mercantil y comercial para los españoles como empresa económica, le abrió la oportunidad a todos los aherrojados de la tierra; a campesinos pobres, labriegos, leñadores, puerqueros y siervos de la gleba sin opción que vieron en la aventura ultramarina la opción de vida, la oportunidad de fortuna y de ascenso social. En ese contexto aparecen hombres como Sebastián de Belalcázar, Francisco Pizarro, Hernán Cortés, Pedrarias Dávila, Pedro de Añasco, Hernández de Córdoba, Núñez de Balboa, Ampudia, y miles más. Sebastián Moyano (luego Belalcázar), un leñador, se cambió el apellido para ocultar su identidad por el daño que había causado a un hermano; se mueve de Extremadura hacia Sevilla y emprende el viaje en 1507. Este analfabeto, sin ninguna instrucción, ni la escritura podía transmitir a los habitantes de América, siempre actúo con amanuenses y plumíferos en sus campañas. Lo mismo Pizarro, un cuidador de cerdos, también analfabeta total, pero tenían avilantez, eran intrépidos.

La Conquista fue una modalidad de guerra disfrazada de Descubrimiento. La falta de autoridad del Rey y de su corte, en la etapa de Conquista, al no ser los conquistadores ni sus huestes parte del ejército realista, convirtió la empresa ultramarina en una campaña de saqueo. Los conquistadores obtuvieron en la práctica una franquicia al firmar las capitulaciones, cómo mercenarios, bandidos (bandas armadas para el pillaje). La Conquista se puede homologar hoy a la invasión, y dentro de los delitos competencia de la Corte Penal Internacional (CPI), a los crímenes de agresión.

Las leyes reales y su normativa no fueron acatadas. Los conquistadores, gobernadores, capitanes, encomenderos, huestes en general, actuaron de esta manera sobre un vacío del derecho, no había derecho que regulara sus actividades, cada uno imponía sus procedimientos. La transición de los reinos dispersos a la Monarquía absoluta (1519), facilitó la conversión de la Conquista en una empresa privada fragmentada de pillaje, pagando quintos reales por las ganancias. Los reinos de Aragón y de Castilla que orientaron la fase inicial de la Conquista (1492/1516) ,fueron subsumidos por la Monarquía absoluta que, en el caso de Carlos V, se dedicó a sortear varias situaciones (las guerras con Francia desde 1494 habían dejado secuelas; la guerra de 1521/1526,Francia y Venecia contra Carlos V; la búsqueda de la paz de Cambrai (1529); las disputas territoriales que llevaron a la paz de Crepy; la guerra de Esmalcada en Alemania (1546); la tercera guerra después de la muerte del Duque de Milán; las tomas de Saboya, Turín Provenza, hasta la tregua de Niza; las luchas en los Países Bajos); mientras tanto lo de América quedó como subsidiario en manos de hampones anunciando anexiones y haciendo repartimientos.

La Conquista duró de 1492 hasta 1552, dicen muchos autores; la Colonia empieza con el establecimiento de los Virreynatos. El del Perú en 1542 hasta 1824; el de la Nueva Granada de 1717 hasta 1819; el del Rio de la Plata desde 1776 hasta 1810, para citar tres, así que el comienzo del Virreynato significaba en teoría al menos, el funcionamiento de instituciones pero no el fin de la violencia porque no dejaron de reprimir a la población. Hasta que no se organizaron estas instituciones las relaciones seguían dentro de muchos territorios como si fuera todavía etapa de conquista, o de barbarie impositiva. El momento de la Conquista empezó en 1492 con el arribo del primer viaje de Colón, desde esa isla, La Española (hoy República Dominicana y Haití), montaron los operativos de extermino contra los tahínos, y la salida a las otras islas para depredar y arrasar. Paradójicamente en plena conquista (1519/1550), en medio de aires renovadores en Europa (el Renacimiento, el aparecimiento de la imprenta, la reforma Luterana, el concilio de Trento…), la actitud de los españoles no cambió. El anclaje con una mentalidad anacrónica se vio en los viajeros-conquistadores-cristianos, poseídos por el fanatismo religioso desatado como reacción a la ocupación musulmana de sus territorios durante 7 siglos.

La ambición de los conquistadores para fundar ciudades se explica por la codicia para anexar territorios a “nombre del Rey”, repartir y anexar territorios, entregar repartimientos (de indios y de tierras) a sus huestes y ejecutar posesiones ilegales de minerales, perlas, oro y el robo de alimentos almacenados. Así se comprende leyendo los relatos del sacerdote Bartolomé de las Casas, del cronista Cieza de León y otros cronistas. Todo esto alteró desde el principio las posesiones primigenias de los indígenas, la titulación de tierras, las tradiciones, alteró la propiedad, hasta llegar a la expulsión de los españoles con la guerra de independencia y darse un reparto de tierras sin indemnizar a las víctimas del saqueo durante 300 años, llegando a la manipulación y feria de los baldíos del siglo XIX y los despojos bajo diferentes formas de violencia en los siglos XX y XXI.

La evangelización fue la mampara para entrar a los territorios indígenas y desposeerlos, en medio de la barbarie violaban todos los preceptos católicos o cristianos, como se autodenominaban. La acción sangrienta de los conquistadores estaba en contravía de la doctrina de la iglesia católica. Puede mirarse la evangelización acompasada con la toma de territorios, con la lectura del REQUERIMIENTO, como una guerra santa contra los idólatras e impíos. Este Requerimiento se aplicaba para “justificar” la guerra y exculpar a los depredadores por la falta de asentimiento de los invadidos, al pretender los españoles-cristianos lograr una aceptación de cambio religioso y de costumbres, con la lectura de un texto impositivo y que además ni entenderían por el idioma (una trampa), y ante qué grupo o número de miembros de la comunidad lo hacían si con ello anunciaban su presencia, cuando entre las tácticas de los invasores estaba: ranchear y emboscar . Entonces la lectura del requerimiento para inducir a los indígenas a negar la evangelización era una pantomima, una teatralidad, para entrar a atacar declarando la guerra.

Bibliografía.

Bushnell David. “Colombia una nación a pesar de si misma”. Editorial Planeta colombiana S.A. Bogotá, año 2007.

Di Simplicio Oscar. “Las revueltas campesinas en Europa”. Libro publicado por la editorial Crítica. Grupo Editorial Grijalbo, Colección dirigida por José Manuel Blecua. Barcelona, año 1989.

Rojas José María. “La estrategia del terror. En la guerra de conquista 1492-1552”. Libro publicado por la editorial Hombre Nuevo Editores. Medellín, año 2011.

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TOMADO DE REVISTA SUR

https://www.sur.org.co/belalcazar-conquistador-y-arrasador/

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