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Cultura  |  18 abril de 2021  |  08:30 AM |  Escrito por: Edición web

cuentos de la tía clara: Fríjoles con coles, la familia Valencia y el primer poeta manizaleño

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Por El Flaco Jiménez

–Los Valencia que yo conocí fueron sobresalientes –me dijo la tía Clara mientras me servía un aguardiente amarillo– Cómo le parece sobrino que Don Pompeyo Valencia ganó el campeonato nacional de Flatos de Medellín en la modalidad de Lanza-llamas

— ¿Y cómo es eso tía?

— Pues en presencia del delegado de la oficina de rifas juegos y espectáculos los participantes se agachan con los calzones abajo, poniendo el hoyo soplador frente a una vela prendida, y a la voz de tres disparan y gana el que tire la llama más larga y el que más colores saque, lo cual depende casi siempre de la munición usada por el participante, ya sea bola roja, cargamanto o fríjol negro.

Pompeyo —añadió mi tía con orgullo—, fue ganador absoluto en las dos disciplinas. Su llamarada de azul de metileno como un soldador autógeno, incendió las cortinas de la pared opuesta. Como dicen los beisbolistas ¡la sacó del estadio! En todo Medellín se sintió el aroma de la victoria nuestra, y hasta en Dinamarca Hamlet exclamó que algo estaba oliendo mal.

¡¡Pompeyo es tu papá!! Gritaban los manizaleños en la tribuna y luego trajeron al campeón en hombros, lo cual no fue mayor esfuerzo para los hombros, pero sí para las narices de aquellos hinchas valientes.

— ¿Y era manizaleño ese campeón?

— Ojalá, mijo. Era de los Valencias de Abejorral, cultivadores de frisol, pero llegó a Manizales muy joven, en 1870. La gente lo reconocía desde lejos por su aroma pestilente: Allá viene Pompeyo gritaban y todo el mundo se ponía los protocolos de bio-seguridad.

Para conseguir esposa, Pompeyo tuvo que aprender a controlar el esfínter, pero una vez casado con la ñata Petunia Albarracín, se descaró y la misma noche de bodas comió frijoles con coles y se quedó dormido mientras los gases bullían en su interior.

La onda expansiva despertó a Petunia y con ojos llorosos vio una nube, como el hongo de Hiroshima, pegada en el cielorraso de la alcoba. Petunia hizo una apnea de 15 minutos, pero no aguantó más y cuando esos vapores le entraron al cerebro, la pobre convulsionó como poseída. Tuvieron que llamar al cura.

El sacerdote recomendó un exorcismo, pero Petunia sabía que no era ella sino Pompeyo el que tenía el diablo adentro. Sin embargo, no dijo nada para no ofender al esposo y de allí en adelante se limitó a llamarlo cariñosamente Pompeyó. Aunque la tía Clara dice que él no entendió lo que quiso decirle con ese apelativo.

Por las noches, Petunia prendía sahumerios de eucalipto con la excusa de espantar los malos espíritus y en cuanto Pompeyó roncaba, ella se amarraba en la cara un pañuelo empapado en vinagre como los estudiantes que se enfrentan al Esmad.

Finalmente Petunia, como buena colombiana, se acostumbró al mal olor. ¡Es una Santa! decían las vecinas, pero la verdad es que, debido a las continuas ofensas contra su nariz, perdió por completo el olfato como los enfermos de covid. Por eso Cosiaca dijo pensando en ella: Más resignada que la mujer de un pedorro.

Pompeyo se volvió conchudo y los domingos practicaba la 31 en la casa dizque para enseñarles a contar a los niños pequeños que se reían mucho cada que sonaba la trompeta. Esos pobres niños consideraban natural la atmósfera en la que fueron criados y pronto aprendieron el arte de su padre. No sobrino, no me refiero al Lanzallamas, sino al cultivo de la tierra.

Pero Heliotropo, el hijo menor, que era poeta, delicado y sensible, nunca quiso desyerbar, ni sembrar, ni cosechar y mucho menos fumigar como su padre. Se la pasaba dibujando las letras del alfabeto en la tierra con un palito.

Una vez lo mandaron a llevar el almuerzo a la frijolera, pero en el camino se entretuvo con una ardilla y puso la olla con el sancocho en la orilla y cuando menos pensó se lo comieron los perros.

— ¿Se comieron los perros al poeta?— Interrumpí yo por mamar gallo.

—Entelerido tan bobo este zorombático — me contestó la tía furiosa pero riéndose —se comieron el sancocho, pendejo. Y el papá le dio una pela. Y usted no se me toma ni uno más.

—Era por charlar tía. Siga contando pues.

—Una vez lo mandaron a encerrar los terneros y se embobó mirando el atardecer. Los terneros se mamaron y la pela que le dieron fue horrible. Pero es tan lindo ver fugarse los crepúsculos, escribió después. El muchacho nació cansado, sobrino.

Usted sale caro por la comida, le decía Alcibíades el hermano mayor, y también se lo decían los demás hermanos Pompilio, Olimpo, Atanasio, Nonato y Navucón ahhh y también Aristóbulo, Sinforoso, Gonzaga, Pascacio, Venancio, Azael, Ananías e Igidio. Le decían zángano, perezoso, vago, gandul.

Las hermanas en cambio lo consentían mucho porque Heliotropo les escribía acrósticos y les escuchaba sus fantasías. Sobre todo a Rafaela, Tulia, Anatolia, Samaria, Etelvina, Celmira y Eudora. Él prefería quedarse con ellas en vez de salir con sus hermanos que “asesinaban los arboles con hachas”, según escribió en otro de sus poemas.

El día que escribió un poema en honor de los camellos de Persia en vez de alabar a las mulas de Neira, Pompeyo le dijo a Petunia: Ese muchacho se nos torció del todo. Se va a acabar sin librarse, mija.

Pero lo peor fue cuando le escribió a Dios: Oh señor, tu inmenso poder nos hizo / pero las almas van todas al infierno/ Qué solo debe estar tu paraíso.

El padre Ocampo dijo que era blasfemia y amenazó con excomulgarlo, pero Heliotropo contestó que nadie lo podía echar de un lugar donde nunca había estado. Aquello fue escándalo en la parroquia. Cuando ya lo iban a capturar para internarlo en Sancancio se voló para Bogotá.

En la capital fundó el Observatorio Colombiano de Nubes, que reunió a los mejores nefelibatas del país y logró clasificar 1.348 de ellas, que luego fueron vistas y reportadas por otros poetas en diferentes partes del mundo. De esas observaciones surgió su primer libro que fue traducido a 15 idiomas.

Nunca volvió a Manizales. Pero escribió muchos poemas hablando de sus atardeceres que son "aquel lugar del cielo por donde una ciudad tan montañera tiene salida al mar".

Muchos años después, Petunia descubrió el poema que dejó de despedida: “Busca el espíritu mejores aires, mejores aires”, decía en su primera estrofa y es ahí donde los estudiosos han querido ver una alusión a los domingos familiares cuando Pompeyo les enseñaba la 31

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