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Cultura  |  07 agosto de 2022  |  12:01 AM |  Escrito por: Administrador web

Cuento: El proceso del miedo. Tercera y última parte

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Este es un cuento del fallecido escritor Gustavo Rubio. Se publica con autorización de su familia.

El sábado llegó el tío Luciano de la finca y lo primero que vio fue el cartel en tono amenazante que le decía lo que él podía leer y a lo que él condenó con su puño en alto. Almorzó y con el resto de la familia comenzó a borrar las fatídicas palabras. Las razones que expuso fueron suficientes -que tal que todos los vecinos lean este papelito, ah, dónde nos metemos carajo. Ni en el culo del diablo cabríamos todos. Hay que borrarlas-. La destrucción de las palabras los tuvo ocupados dos días.

Lo problemático de la obra consistía en los continuos alegatos que por incompatibilidades en el hacer de las cosas sostenían a menudo Raúl y Luciano; Raúl, por ejemplo, decía que la primera letra (no pudo ser borrada) podía ser dejada ahí, pues no causaba la menor molestia, pero Luciano reaccionaba diciendo -ni por el putas, no está viendo hombre que con esa letra comienza mi nombre-, Raúl respondía -esté tranquilo tío, ahí la dejamos. – Luciano se enojaba y le daba comienzo a una perorata que a veces duraba por horas y esto hacia recordar a Lucinda y a los muchachos la vez aquella en que ambos decidieron echar el piso en la sala. Les hizo recordar también la construcción de la hornilla de la cocina.

El lunes, cuando Billy en compañía de Álvaro recorrieron las calles del barrio, notó Billy, leyó, que todas las puertas de todas las casas llevaban el afiche con la temida frase que un día antes ellos habían borrado de la puerta de su casa. La diferencia solo era del nombre o apellido: “la familia Ospina tiene miedo”, “la familia Cáceres tiene miedo”, etc.

El reconocer este suceso en las puertas lo volvió alérgico a ellas, de modo que se dedicó a mirar ventanas como remedio, pero no le permitieron hacerlo la cantidad de ojos, ávidos como los suyos por lo que cambio otra vez de parecer y ya no miró ni puertas ni ventanas, sino que pasaba de largo pisando el pavimento con fuerza para que la gente comprendiera que si él, Billy, lo hacía de esa forma -no es porque tenga miedo, sino porque quiero demostrarles cómo es que se mata el miedo-.

Dos meses o tres bastaron para que algunos vecinos sorprendieran con ira la aparición de la primera letra: uno de ellos estaba lijando su puerta para darle una mano de pintura y descubrió la primera. Continúo lijando y encontró la segunda, no cejó en su empeño y tres días después halló la frase entera. Otro vecino descubrió vecino descubrió toda la frase al dar un portazo una tarde, enojado con su mujer. La señora Josefina leyó las letras de su apellido una mañana que enjuagaba su puerta.

Poco a poco la noticia irradió por el barrio y era tanta la fascinación, el misterio y la congoja que muchas de las señoras preferían no dormir por mirar el color de las puertas, el beso de los enamorados, la mujer que llegaba a las tres de la mañana, el vecino que golpeaba a su mujer ebrio de alcohol, incluso iban y venían, del cuarto de dormir a la ventana, de los cuartos del baño a la ventana del dormitorio, todas y todos con la cabeza afiebrada por el rumor invisible de las palabras inquietantes. Algunos meses más tarde el país entero conoció las palabras cuando un noticiero clandestino dio anuncio y fue considerado absurdo y mentiroso.

El rubor encendía las mejillas de los habitantes hasta que un vecino una mañana feliz destapó en la entrada del barrio, una pancarta que decía lo que ya sabemos pero que había sido antes la pancarta de un político conservador, decía: “los habitantes del barrio Placer tienen miedo”. A partir de ese momento todo el mundo quedó en paz con su conciencia; el problema individual ahora era superado. La respuesta a esta situación plateada desde lo más íntimo del pueblo la resolvió el gobierno institucionalizando el artículo 121, a la vez que le dio los giros pertinentes para adecuar otros numerales, como el 28 por ejemplo.

Un político agregó que estas palabras fueron reveladas por el espíritu corazón de Jesús al pueblo; en resumen, el hecho que nació en una gran ignorancia, que fue visto y leído, no analizado por supuesto, reposa virgen en grandes extensiones de la nación.

Raúl Gamboa, consideró al igual que Luciano, que el hecho solo tenía validez en tanto no contradijera a las instituciones, en cuanto no despellejara al gobierno liberal de uso en esos días. Antonio estaba seguro que el miedo era una contante en la vida del hombre, pero no sabía a quién convenía más; el resto de la familia opinó de modo diverso y en la misma forma el resto de colombianos.

años después y frente al cuerpo sin vida de su abuelo, concibió la idea o profunda obsesión a la vez de la soledad como también el no ahorrado esfuerzo de hacer claro para todos no solo las palabras sino los instrumentos de debían destruir el miedo y la culpabilidad que cada hombre lleva en sí mismo. En las tardes lee los poemas que escribió de la soledad y de su abuelo, poemas escritos sobre una nube azulina con un lápiz de años, y que dicen las cosas que la historia de la patria oculta a sus hombres.

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