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Cultura  |  21 abril de 2024  |  12:00 AM |  Escrito por: Administrador web

Cómo viví el Covid-19

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Un texto de Elizabeth Morales C, publicado en el libro, Colcha de relatos, del Taller Literario Café y Letras Renata. Foto: National Geographic

La pandemia la viví en lo cotidiano; con las labores diarias del Voluntariado Vicentino que desde hace un poco más de veintitrés años colabora con los abuelos que no tienen cupo en el hogar para ancianos de nuestro municipio. En esos días recibimos con sorpresa y desagrado la orden de cerrar el comedor San José ubicado en la casa parroquial, pese a que estaba recién organizado con piso en cemento y baldosas blancas como exige la norma. Cielo raso sin goteras, cocina con dos lavaplatos, redes eléctricas en buen funcionamiento, patio con plancha en material fino, muro en ladrillo, vajilla nueva, congelador en perfectas condiciones, mesas, silletería y montaje de cocina nuevo, todo esto con las ayudas de la comunidad, tal como era necesario para el buen servicio a los más necesitados.

El almuerzo y la remesa prevista para la semana se envió a cada casa, porque la noticia mostraba la gravedad del contagio del “Covid 19 a nivel mundial. Las voces de los periodistas recordaban el uso del tapaboca. Era un momento desconcertante, increíble e inexplicable. Sensato era obedecer y no salir bajo ninguna circunstancia, prohibición vigilada por la Policía Nacional.

Fue aterradora la soledad en el pueblo y en todo el territorio nacional. Fue siniestro por las noticias desgarradoras, las noches y los días interminables, tantos enfermos que fallecían, los hospitales y centros de salud incapaces de prestar la atención necesaria por falta de medicamentos, de médicos, enfermeros y demás auxiliares para tantos pacientes. Fatal la situación que vivieron los familiares de los muertos y contagiados en medio de la locura sin medida; los atentados contra personal de clínicas, quienes después de cumplir sus servicios, quedaban bajo riesgo de muerte… ¡Inaceptable!

En medio de este caos, aproveché para leer sin distracción el libro Los hebreos, que de casualidad encontré en la Biblioteca Municipal. Me llamó la atención cómo Jacob, después de un largo viaje sintió cansancio y recostado a la orilla del camino con la cabeza sobre unas hierbas, soñó con un misterio. Ángeles subían y bajaban por una escalera tan larga que iba al cielo. Al despertar llamó al lugar “Casa de Dios y puerta del cielo”. Linda frase bíblica plasmada en la puerta central del templo parroquial San José de Génova.

Esta leyenda siempre la leo al entrar al templo, pero no sabía su origen, por eso me produjo mucha satisfacción saber de qué pasaje bíblico venía. Más adelante la lectura fue impactante al enterarme que cerca de donde reposó el cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, está sepultado Adán, primer hombre, que según la Santa Biblia, Dios creó con barro a su imagen y semejanza. Este dato fue y sigue siendo el misterio más grande para mí; aun así, leer me alegró en medio de tanto dolor y pocas esperanzas.

Lo anterior me levantó el ánimo, igual que volver a la biblioteca, a las tertulias, al templo parroquial San José y agradecer a Dios por reunirme con las personas que comparto mi vida y cumplir los compromisos sociales y religiosos; asistir a la santa misa, celebrar fechas tan especiales como la Navidad, el Año Nuevo o la Semana Santa, ya sin la vigilancia del Ejército Nacional

Estoy segura que no he alcanzado a dar las gracias suficientes al “Todopoderoso”, por la protección a mi familia y a mi comunidad, poco afectada para tanto contagio.

Sé que recibiré cosas muy buenas en este noble proyecto Colcha de relatos, por la experiencia de “café&letras renata”, que durante estos años maravillosos nos enseñó que como dice el dicho: “recordar es vivir”. De igual modo que con las fotografías, estos escritos recuerdan lo que la mente olvida.

Como de costumbre contemplo la naturaleza cada mañana. Admiro la bandada blanca de garzas que se desplaza al amanecer y regresa a las cinco p.m. Cómo se aman, cómo se cuidan y cómo se juntan de ida y regreso en dos grupos. Las de la parte de atrás descansan en un árbol frente al parque principal y las delanteras se devuelven para seguir juntas la ruta al mismo dormitorio. Qué bella es la mano de Dios.

La invitación especial por un dichoso regreso a la celebración de los oficios religiosos en nuestro templo, ya sin toma de temperatura, sin datos de la edad y sin nada más de lo que tanto incomodó. Esto es fundamental para entender y compartir la relación social de nuestro medio.

De repente dieron las 12 m. Me encontraba en la cafetería San Jerónimo en seguida de la biblioteca cuando aspiré el aroma del café, lo exhalé como un suspiro de descanso a esta narración un poco incompleta, pero que doy por terminada.            

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