• MIÉRCOLES,  20 OCTUBRE DE 2021

Cultura  |  23 septiembre de 2018  |  12:15 AM |  Escrito por: Robinson Castañeda

Pinceladas del maestro Noremberg

1 Comentarios

Pinceladas del maestro Noremberg

Una crónica escrita por Luis Carlos Vélez Barrios.

Busqué en los tenderetes del centro de Armenia. Averigüé a los vendedores, y dijeron que cerca a plaza principal de Circasia, había una librería de segunda.

No soy bibliómano y aunque a veces tocó el teclado o la guitarra, y escribo canciones, hay días en que comprar libros es irresistible. Más bien, soy cazador de libros.

Decidido a aumentar mi biblioteca con nuevos volúmenes, viajé. Preguntando llegué a la puerta abierta del viejo caserón. Entré. La sala servía como local para la venta de libros, comedor y televisión. Por la ventana del fondo y a través del tul, podían verse varias ollas colgadas a las paredes de la cocina. El marco de la puerta del patio servía de encuadre al caballete, con un óleo sin terminar, la mesa de trabajo repleta de cojines de pintura, las paletas, las espátulas y varios frascos que adiviné llenos de trementina o aceite de linaza; formones en varias formas y tamaños, propios de un escultor, y atrás, árboles frutales.

Los cuadros de la pared, las tallas en madera sobre los estantes, el rostro del librero sentado en el comedor, me recordaron al pintor que durante años recorrió a pasos cortos y rápidos, con pinturas bajo el brazo, las calles de la vieja Armenia.

El maestro se levantó de la silla. No llevaba la cachucha negra ni la frondosa cabellera de antaño, tampoco el saco del mismo color. La barba larga y los bigotes habían encanecido. Vestía camisa de manga corta a rayas blancas y negras. En las vitrinas, los libros delataban procedencia de tirajes piratas.

-A sus órdenes-. Dijo el pintor, y ahora librero.

Dispuesto a ganarme de entrada su amistad, aseguré a quemarropa:

-Señor, usted no me recuerda, pero yo sí-.

-No me diga. ¿Cómo, en dónde y cuándo?-. Preguntó sorprendido.

- Usted fue novio de…-. Y agregué sin empacho el nombre de la muchacha, vecina mía, que él visitó en su mocedad.

Saltó de la silla, y en sus ojos descubrí que nadie necesita dentadura completa para sonreír. Me invitó a pasar, y su mano tembló al estrechar la mía. Desde la silla observó los estantes. A medida que conversábamos olvidé el motivo de mi viaje y los títulos de La montaña mágica, El castillo, Papillón, Santuario, Los hermanos Karamazov; los nombres de Tomás Carrasquilla, Jorge Icaza, Jorge Luis Borges, pasaron a segundo plano. En sus palabras conocí que Circasia le brindaba tranquilidad, amigos y renovaba sus recuerdos de infancia cuando una tarde, en el patio de la finca de sus padres, en Córdoba, decidió dedicar los ratos libres de trabajo en el campo, al dibujo. Reía como niño contando la satisfacción de las primeras monedas recibidas por sus dibujos en los cuadernos de sus compañeros, y las felicitaciones de sus profesores en la escuela.

Las palabras dieron un giro para decir:

-Pero mire. Tanto pintar y aún sigo aquí y así…-. Llevó su mano al delantal y tiró de él con sus manos manchadas de pintura, como un arco iris.

-Allá, en la pieza duermen mis pinturas, mientras llega quien las despierte y me dé por una de ellas lo que quiera. Mi padre, a quien quise mucho, dudaba de que mis pinturas me llevaran lejos. Me marcó-.

Intenté en vano apartarlo de sus tristes recuerdos.

-No tuve otra opción que seguir unos años más en la finca. No había recursos para mis estudios. La finca era pequeña, bonita; cerca corría un río sombreado por árboles, donde me bañaba con mis hermanos-.

La conversación del maestro pasó de la tristeza a la alegría, al buen humor, para decir lleno de orgullo:

-A los dieciocho años me sentí verraquito y les dije que me iba. Mi papá se puso muy bravo. Mi mamá lloró un rato y mis hermanos miraban y oían asustados-. El maestro abrió los ojos y giró la cabeza a lado y lado para significar el asombro familiar ante su decisión.

-En Calarcá recitaba poesías…porque si no sabe…le jalo a la poesía-. Se dirigió a la alcoba iluminada de la izquierda y regresó con un cuaderno ajado y viejo. Trató de leer, le costaba y desistió-. Viajé mucho. Hice algunas exposiciones en…-. Noté que luchaba contra el olvido-. Mi esposa era caleña. Se me murió en Armenia. Era mi musa. Venga le muestro-.

Lo seguí a su alcoba donde el óleo de su esposa ocupaba sitio preferencial; a la izquierda del óleo, un tallo delgado coronado por hojas verdes ocupando un tercio, y en el resto el perfil hermoso de su esposa; los cabellos recogidos caían sobre un cuello alargado, hasta el borde inferior del cuadro. No hice cosa distinta a seguir sus pasos hacia el comedor y callar.

-Me acompañó con amor en las duras y maduras. Trabajé a ratos, sin contrato fijo, dando clases donde me dijeran-.

Una vez en el comedor, su línea de conversación se quebró de nuevo.

-¿Quiere tinto? Me queda muy bueno. Me gusta pasarlo con cazadillas de panadería-. A pasos lentos, fue a la cocina. Regresó con dos pocillos en sus manos titubeantes.

-Vine a vivir a Circasia, buscando el olvido al lado de mis hijos: Diana, Linda Katherin y Cristofer. Compré una casa que mejoré con mi trabajo. Le construí un balcón que daba a la calle; invitaba a “tertuliar” a mis amigos y me tomaba mis tragos. Quedaba en la salida para Pereira, pero la tuve que vender porque entraban arañas tan grandes como mi mano, y culebras-. Cerró como garfios sus dedos manchados para dar idea del tamaño de las arañas.

-Compré aquí, donde estamos. Me fueron conociendo y terminé dando clases en colegios de Armenia, pero mire, pinto y pinto para colgar. A punta de pinturas tengo mi casa, sin embargo, es decir, que algo vendo-.

Me pregunté: ¿El maestro Noremberg Ceballos Vásquez tiene más cansado el cuerpo que el espíritu?

-Quise ser pintor y no encontré quién me enseñara, dije.

Sus ojos inquisitivos se agrandaron y en otras palabras repitió:

-No se preocupe, no se pierde de nada. Míreme, ahora vendo libros. Toda la vida pinté y sólo tengo esta casa. Nadie compra mis cuadros, ya no puedo enseñar. La mano derecha no me obedece, acabé pintando con la mano izquierda-.

Incómodo con la conversación, logré después de varios intentos fallidos, cambiar de tema. De nuevo imaginé el pueblo donde nació, la finca de sus padres; su vida, amores y el número de sus obras. Decidí marcharme.

-¿Por qué se va tan rápido?- Su voz tenía el color de la soledad.

Tomé una libreta de la mesa, tracé un rancho, y un hombre leyendo en el corredor; a su lado, una guitarra colgada.

-Si usted considera que este mamarracho refleja algo, me gustaría que de él surgiera un cuadro para mí-.

Buscó las gafas entre los papeles. Abandonó la silla, encendió las luces, y puesto bajo ellas, estudió mis trazos con detenimiento. Su estatura, menor que la mía; contextura delgada y frágil. Llevaba sandalias y caminaba con dificultad.

-Veo algo interesante pero triste en su dibujo-. Con mirada alegre y expectante propuso:-Venga el sábado-.

Volví ése día a Circasia. Fuimos de compras a varios almacenes de Circasia. El dinero para libros de segunda, lo gasté en madera para bastidores, telas, óleos, y pinceles. Debía madrugar el lunes a mis clases de pintura. De nuevo en Armenia improvisé la melodía para una letra escrita hacía poco, y lentamente, transcritas sus notas al pentagrama, callé el piano; me pregunté: ¿por qué durante nuestra conversación, el maestro Noremberg calló el nombre de su musa real?

 

PUBLICIDAD


Comenta esta noticia

©2021 elquindiano.com todos los derechos reservados
Diseño y Desarrollo: logo Rhiss.net