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Editorial  |  26 agosto de 2022  |  12:00 AM

Un país enemigo de la paz

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Este país no está lo suficientemente bien preparado para la paz. Su mentalidad ha sido coaptada por la guerra, tras 200 años de enfrentamientos, muertes, atrocidades, vejámenes, desalojos y robos sin cesar. Por eso, en el plebiscito por la Paz que convocó el presidente Santos ganó el NO al Acuerdo de Paz, porque no existe, aún, capacidad mental, psicológica de vivir en paz, porque en la cabeza de los colombianos lo que ronda es la violencia, la guerra, como un modus vivendi, como un modo de vida, el modo que se ha aprendido históricamente, generación tras generación.

Ahora que el presidente Petro ha propuesta la Paz Total, han vuelto las voces disonantes, aquellas que promovieron y votaron por el No al Acuerdo de Paz con las Farc, aquellas que entramparon la paz con la anuencia del exfiscal Néstor Humberto Martínez para impedir que esta sociedad pueda algún día convivir, amarse, practicar la política del amor y ‘vivir sabroso’.

¿Cuáles son los motivos para oponerse a la paz? Ahí están expuestos claramente: intereses políticos, económicos, gremiales, y, por supuesto, condiciones culturales que se han venido tejiendo desde el mismo momento de la Independencia, tras el triunfo de Bolívar en Boyacá y el Congreso de Angosturas.

Intereses políticos de sectores a quienes la guerra les produce réditos y votos. Un discurso en contra de la guerrilla de izquierda llevó al poder, por 20 años, a la derecha colombiana en cabeza del expresidente Uribe. Apenas esa guerrilla cesó la guerra, entregó las armas, el discurso se acabó, y el uribismo empezó su declive, porque los argumentos para obtener los votos prácticamente desaparecieron. Intereses económicos, de gran poder, porque la guerra beneficia a muchos sectores, incluyendo a las propias Fuerzas Armadas del Estado, que reclaman el más grande presupuesto de la Nación, donde se reparten las canonjías y las coimas más grandes a cuenta del combate de los grupos al margen de la ley. Y qué decir de aquellos que con la guerra se apropian de las tierras, provocan despojos y desplazados para quedarse con lo más preciado en el mercado económico del capitalismo. Y los que con la guerra logran pasar la cocaína a los países consumidores, para nadar en dólares, comprar jueces y ‘hacer’ políticos a su medida para continuar con el saqueo y la corrupción en las entidades del Estado.

Un sector gremial, aquel que está vinculado a la tierra, especialmente los grandes terratenientes, ha promovido esa guerra, ha creado ejércitos privados, ha armado a una parte de la población para mantener sus privilegios de tierras en el país. Eso es evidente y ha sido desvelado ahora en los informes de la Comisión de la Verdad.

Lo más preocupante de esta mentalidad de guerra de los colombianos, es el arraigo cultural de la violencia. Pareciera que la gente no pudiera vivir sin ese fantasma rondándolos. Es increíble el lenguaje de guerra que se maneja en las ciudades, entre los niños, los adolescentes, los jóvenes, casi todos enlodados en la cultura del dinero fácil y el narcotráfico. Los muertos violentos que nos muestran los medios de comunicación todos los días, son el producto de esa cultura de la violencia, empotrada en nuestras mentes, pero azuzada por la pobreza, por las condiciones de miseria, por la falta de educación y de oportunidades.

Por eso, el colombiano se niega a entender, a comprender la Paz Total de la que habla el presidente Petro. No es dialogando solo con el amigo, sino conversando con el principal enemigo, que se logran los consensos y la paz. Y el principal enemigo de esta sociedad son las bandas multicrimen, de las que habla Petro, son el ELN, las disidencias de las Farc, los grupos urbanos del tráfico de drogas al menudeo, en fin, todos aquellos que están dedicados al crimen. Entender y comprender esta dimensión social de la guerra y la paz, es valorar la propuesta del presidente de la República y su equipo de gobierno.

Entender que no es perdonarlos, ni amnistiarlos, ni indultarlos, sino ofrecerles unas condenas razonables en el territorio colombiano, a cambio de la entrega de armas, drogas, rutas del narcotráfico y la promesa de abandonar el delito. Y para eso, primero hay que dialogar, que será mucho mejor que seguir igual, a como venimos, con los sufrimientos de la violencia de 200 años.

Bien lo dijo en una entrevista en Caracol Radio el jefe paramilitar Salvatore Mancuso: “Tuvo que venir un gobierno de izquierda, que en su momento identificamos como enemigo, a crear las condiciones de esa paz tan esquiva, a tendernos la mano, y creo yo, a abrirnos un lugar para trabajar en pro de alcanzar la paz total”.

Estamos en la obligación los colombianos que comprendemos la Paz Total que ofrece el presidente Petro, de trabajar para desligar de la mente de nuestros conciudadanos esa cultura de la violencia que se ha arraigado en nuestra sociedad. El principal comprometido es el propio presidente de la República, y estamos seguros de que lo logrará, en gran medida, pero no será pronto, porque como dijo alguna vez el expresidente Belisario Betancourt, la paz en Colombia tiene muchos enemigos agazapados.

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