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Editorial  |  05 junio de 2019  |  07:42 AM

Quindío, una economía en recesión

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Tener el 18,1% de desempleo es, sin duda, una catástrofe para cualquier sociedad. Es la mitad de desempleados que tuvimos en el mismo año del terremoto, 1999, cuando casi todos los establecimientos comerciales estaban cerrados, lo mismo que gran parte de las pequeñas industrias, y qué decir de las áreas turísticas, que apenas empezaban a despegar.

La economía del departamento es, sin duda, una economía en recesión desde los primeros años de la década noventa del siglo XX, como consecuencia del rompimiento del pacto mundial cafetero en 1989 y la caída profunda de los precios internacionales del grano, principal producto de la supervivencia regional.

Teníamos una economía exportadora, basada en un solo producto: café. Y eso nos jodió, pues al caerse los precios externos, se desbarata toda la estructura económica territorial y, por ende, la estructura social. Y de esa ruptura, de esa caída, no nos hemos podido recuperar aún, aunque hemos hecho esfuerzos con el impulso del turismo.

En 1992 el Quindío aportaba el 1.8% al PIB nacional, que en pesos de hoy suman cerca de $13 billones de pesos. En el 2016, aportamos solo el 0,75 al PIB nacional, lo que representa la mitad de los pesos de hace 30 años, es decir, $6 billones de pesos. Por eso, nos convertimos en una economía en recesión, que no ha podido salir de esa, ya vieja crisis de los años noventa, como sí lo hicieron nuestros departamentos hermanos Risaralda y Caldas.

Basta darle una mirada a las plazas de mercado de los pueblos, donde no fueron reemplazadas por grandes superficies de supermercados como en Armenia, para notar que la crisis económica nuestra no es coyuntural, sino estructural. De cincuenta o sesenta puestos de esas plazas, hoy escasamente quedan cinco o seis ofreciendo pocos artículos de consumo alimenticio. La cosa es clara, pasamos de tener 10 o 12 trabajadores en una pequeña finca cafetera de 15 hectáreas, a uno o dos trabajadores para manejar una finca de pastos y ganado de 50 hectáreas.

El café ha sido reemplazado, en nuestro medio, por dos actividades que también provienen de actividades en el exterior: una, la venta de la fuerza de trabajo de los quindianos en países como Estados Unidos, España, Chile y otros. Las remesas que recibe la región de esa venta de la fuerza de trabajo de los quindianos llegan a cifras cercanas a los $250.000 millones anuales. Y la segunda actividad es ilegal: el narcotráfico. No podemos abstraernos a esta realidad: en el Quindío los dineros ‘calientes’ pululan por doquier.

El tercer renglón de ingresos sigue siendo el café, a pesar de que pasamos de tener sembradas 60.000 hectáreas en 1990, a 22.000 en la actualidad. El turismo, que todo el mundo piensa como la gran panacea, es apenas el cuarto renglón de nuestra economía. Otros productos como plátano, cítricos y frutas en general, o la ganadería o granjas avícolas representan una pequeña porción de nuestra economía. Un estudio reciente del DANE nos dijo que el 35% de las tierras aptas para producir en el Quindío no estaban en función de la economía agrícola, sino de otras actividades, como el turismo. Si a ello le sumamos las tierras de bosques y protección, podemos decir que menos del 50% de nuestras tierras son cultivadas o dedicadas a producir alimentos.

Si a todo este panorama le agregamos la crisis de la construcción, que según estudio de Camacol, disminuyó en un 30% en el primer trimestre del 2019, podemos afirmar que no hay duda de tener en el Quindío una economía en recesión. Y el problema no es que los quindianos no quieran trabajar los sábados, domingos, festivos o nocturnos. Decir eso es buscar el muerto aguas arriba. El problema es de mucho más fondo.

Lo primero que se debe plantear es conciliar los intereses del medio ambiente, el cuidado de la naturaleza con los de la producción agrícola, pecuaria y el desarrollo urbano. Es necesario tener una política clara, unas reglas fijas en este sentido. Si no las hay, espantaremos a los inversionistas, o acabaremos con los recursos naturales que tenemos. Por eso, hay que conciliar los intereses de unos y los otros. Y esa será tarea de los nuevos gobernantes, alcaldes y gobernador.

No podemos seguir dando palos de ciego. Es necesario buscar esa conciliación, a través de un portentoso modelo de Plan de Ordenamiento, de los municipios, pero también del departamento. Si no tenemos claro para dónde vamos, ni lo que queremos, no podemos avanzar. Y esa visión hay que construirla en colectivo, entre todos, y no bajo la lupa de las individualidades y los intereses personales o corporativos, como se ha hecha hasta ahora.

Salir de la economía de recesión que nos agobia, debe ser el propósito general de los políticos que aspiran a cargos de elección este año, pero también un propósito de toda nuestra sociedad.

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