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Columnistas  |  01 agosto de 2020  |  12:00 AM |  Escrito por: Libaniel Marulanda

NOTAS DESENTONADAS A LA PARRILLA

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Libaniel Marulanda

Los músicos quindianos en tiempos de cometa

Segunda parte

Por Libaniel Marulanda

Te cedulaste en Armenia

luna urbana y chicanera

y supiste en noches viejas

entre ritos de luz plena

del sabor del aguardiente

camajanes y coperas

de la yerba y los tropeles

de la dieciocho y sus bares

y las once mil mujeres

de la Ñata de Arenales.

(Luna de Armenia, tango del autor)

 

Para evitar que nos devore el olvido

No todos los que tocaron ahora están. Y en algunos que aún viven la memoria parece haberse jubilado, como Óscar Sánchez, fundador de Los Alegres Tropicanos, uno de los primeros grupos que debutó durante las fiestas veintejulieras de 1960, cuando se celebró en todo el país el sesquicentenario del grito de independencia. Vive en Cali hace medio siglo, tiene 76 años, fue mecánico industrial, aún toca el acordeón de teclado piano y de su época gozosa no le quedan testimonios fotográficos. De sus compañeros de entonces solo recuerda a su baterista y primo, Hugo Mejía, hoy líder de los invidentes quindianos. Como ya se anotó en la primera de estas crónicas, no existe una recopilación textual ni fotográfica de aquello que se pretende narrar. Para evitar que nos devore el olvido, en estos días nos hemos reunido algunos músicos sobrevivientes y estamos remendando nuestro pasado bullicioso en aquel Quindío pachanguero.

Abnegación, civismo y empanadas

En un terraplén, a un lado de El Bosque de Armenia, funcionó durante la rememorada década y hasta el fatídico terremoto de 1999 el cuartel del Cuerpo de Bomberos. Allí fue instalada una caseta, a la usanza de entonces, que le permitía a la institución bomberil obtener unos ingresos. En asuntos de civismo, la abnegación que demanda esa tarea siempre ha corrido pareja con la precariedad económica. Sobre la memoria regional gravitan interminables tardes y noches de solidaridad, baile y empanadas. En los barrios de la ciudad comenzaron a surgir casetas en guadua y esterilla como epicentro de las juntas de Acción Comunal, que nacieron al calor del Frente Nacional, apadrinadas por la Alianza para el Progreso, que era a su vez un programa que pretendía contrarrestar la influencia de la revolución cubana. Las casetas comunales y los bailes propiciaron el bautismo artístico de los primeros conjuntos de música tropical.

La infancia musical y los jueves del comprador

Una actividad contemporánea que también oxigenó nuestra infancia musical fue la creación de “Los jueves del comprador” en Armenia. A todos los almacenes llegaban los transmóviles y micrófonos de las dos o tres emisoras, a promover las ventas, y para darle una atmósfera festiva el comercio contrataba las agrupaciones que ya comenzaban a posicionarse en el ámbito local. Estas alegres jornadas también tuvieron como pioneros a viejos radialistas que todavía pueblan el espectro radial. La Licorera de Caldas y la industria cervecera, con Bavaria adelante, adoptaron la modalidad de las caravanas artísticas que llegaban a las casetas de los barrios. Un personaje en especial es recordado por los noveles músicos de entonces: Hijo de un emigrante Palestino, nacido en Córdoba y de reconocida familia, Faes Osman presentó a cuanto artista tuvo el país o nació aquí. Como presentador de Bavaria, su nombre está ligado a la época y sus actores.

Los Tibo Raguins, un rebuscado nombre

A pesar de que existió un buen número de casetas y bailaderos y algunos grilles renombrados, unos pocos lugares captaron el público que bailaba y bebía en los fines de semana. De igual modo, en la palestra del género tropical un puñado de conjuntos y orquestas de dimensión nacional se imponían en el gusto masivo. Al lado de Aníbal Velásquez y otros, un peldaño más arriba, podría decirse, un grupo fundado un par de años atrás consiguió romper en dos el formato de la música orquestal. Nacieron en Medellín, se llamaron Los Teen Agers y pronto comenzaron a ser emulados en toda Colombia. Al influjo de la pinta, los instrumentos y el estilo de aquella agrupación fundacional, en Armenia y con el respaldo económico suficiente surgió un conjunto reconocido y recordado: Los Tibo Raguins, rebuscado nombre que solo era la fusión de las sílabas iniciales de su inventario sonoro: timba / bongos / raspa / guitarra.

Lo invitamos a oír el siguiente vínculo:

Color de arena

Islas de San Andrés

La tumbadora que fue de todos

Como en los primeros años de músicos las posibilidades económicas para acceder a la compra de verdaderos instrumentos estaban restringidas a la mayoría de nosotros, la presencia de una guitarra eléctrica, un amplificador o una batería suscitaban una admiración mezclada con el sentimiento frustrante del niño que “ñatas contra el vidrio” mira las imposibles bicicletas en navidad. Mientras algunos muchachos de familias prósperas podían adquirir sus equipos importados, con la salvedad de los acordeones que adquiríamos con descomunales sacrificios, teníamos que recurrir a los talleres o puestos de corretaje adyacentes a la galería para ensamblar los instrumentos de percusión e ir hasta el matadero a obtener los cueros. A ese pasado perteneció una tumbadora que trajeron Los Alegres del Valle y que los diversos conjuntos compraban y luego revendían, de tal suerte que fue de todos, igual que algunas culiprontas féminas más aficionadas a los músicos que a la música.

Los Alegres del Quindío: La ruta nocturna de la bohemia

Si de lugares recordados se trata, la caseta del Centenario, ubicada en la calle 30, cerca de la carrera 19, fue la más concurrida y donde tocó el mayor número de conjuntos. Desde siempre en ese sitio y los barrios adyacentes se concentró la música bailable. Muy cerca de allí también funcionaron destacadas casas de citas que ganaron sitio en la historia prohibida de la Armenia noctámbula, de la que en buena parte se ocupó Miguel Ángel Rojas en su libro sobre la Ñata Tulia. Las casas de citas y otros lupanares de luces opacas también fueron frecuentados escenarios de agrupaciones, entre las que se destacó una: Los Alegres del Quindío. La ruta nocturna de la vieja bohemia comprendía, ante todo, la carrera dieciocho y sus bares. Y fue en ese vasto sector donde alguna noche, a principios de los sesenta, vi tocar a quienes fueron insignia por su talante interpretativo.

Luis Vanegas y su rechinante diente

Con la invaluable ayuda de viejos amigos que luego tendrán que asomarse a estas páginas, he logrado reconstruir la lista de quienes integraban Los Alegres del Quindío. La figura central era Luis Vanegas, caleño de origen, joven de baja estatura, que lucía un copete a la moda y un diente de oro que rechinaba ante las luces de los bares. Sus amigos lo apodaron “Dientecobre”. Tocaba bien un acordeón Hohner rojo, de botones, y además cantaba. Como la parte melódica y armónica gravitaba sobre el acordeón, los demás instrumentos de percusión se intercambiaban entre los músicos restantes: Alirio Pérez, colchonero de oficio y acordeonista ocasional, Gildardo Arango y Felipe, otro personaje de copete arrebatado cuyo apellido no pudimos recordar. Como ha sucedido en el curso de la recopilación de memoria para estas crónicas, pese a su popularidad fue del todo imposible obtener una sola foto de Los Alegres del Quindío.

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