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Columnistas  |  13 junio de 2018  |  12:00 AM |  Escrito por: Evelin Montoya

Corea del Norte y Estados Unidos preparan el contexto internacional para el inicio de nuevas realidades.

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Evelin Montoya

El 12 de junio tuvo lugar un acontecimiento cuya importancia se cataloga como histórica. Se trata del acercamiento entre el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el líder norcoreano, Kim Jong-un, quienes se reunieron por primera vez en la cumbre de Singapur.

El producto final de dicha reunión fue la firma de una declaración conjunta entre ambos jefes de Estado. El contenido del documento versa sobre la desnuclearización total de Corea del Norte y algunos compromisos de Estados Unidos para hacerlo posible. Entre los compromisos de Trump, está el retiro paulatino de las fuerzas estadounidenses de la Península Coreana.

Hacia esta dirección, la cumbre es la puerta de entrada para tres aspectos trascendentales: uno de carácter social que garantice la paz y la prosperidad de sus pueblos, otro reza sobre la recuperación de los restos mortales de los prisioneros y desaparecidos en guerra y su repatriación; y por último, el compromiso de establecer un régimen duradero, lo que implica la cooperación, pero la no intervención de Estados Unidos en los asuntos de la península.

Es de recordar que este no es el primer atisbo de intención de apertura por parte del país norcoreano. El pasado 27 de abril se llevó a cabo una cumbre intercoreana que dio como resultado la Declaración de Panmunjom, para la paz, la prosperidad y la unificación de la Península Coreana. El tema inevitable: la desnuclearización de Corea del Norte, asunto por el cual Estados Unidos no retira las sanciones a ese país hasta que se haya materializado el compromiso.

¿Por qué es histórico? Estos acercamientos suponen el fin de 65 años de un conflicto propio de la guerra fría, en el que aún vive implícitamente la polaridad internacional de cuando finaliza la II Guerra Mundial, este es el aviso de que la realidad está cambiando y los países se están preparando para ello.

Con todo, esta cumbre debe ser vista a la luz de las condiciones actuales, que si bien son consecuencias del pasado, el panorama es totalmente diferente al del inicio de las hostilidades. La hegemonía estadounidense está en entredicho, el mundo ha cambiado desde el final de la Guerra Fría y se está reacomodando el orden internacional; por su parte, el régimen hermético de Corea del Norte está anquilosado en el tiempo y a futuro es insostenible, esto último como conclusión lógica a partir del recuento histórico de la desaparición de la URSS desde el año 1991.

Bien lo decía Alinsky cuando aseguró que “este no es un mundo de ángeles sino de ángulos, donde los hombres hablan de principios morales pero se guían por principios de poder” porque es un secreto a voces que el verdadero móvil de los acercamientos está dado por los intereses de cada Estado en torno al poder, y por lo tanto en su influencia a nivel regional y mundial. En un mundo que se globaliza cada vez a mayor velocidad y donde los mercados son el puente imperante de relaciones, los Estados están obligados a mantener el equilibrio entre el gobierno interior y su papel en el escenario mundial, renunciando a los vestigios de coyunturas anteriores para adaptarse a los fenómenos actuales.

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