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Columnistas  |  25 marzo de 2019  |  12:00 AM |  Escrito por: Christian Ríos M.

Nuestra inculta política tropical colombiana

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Christian Ríos M.

Colombia, país del sagrado corazón; país tropical donde predominan los festivos, las ferias y fiestas, los reinados de la cebolla, el banano, el café, el azúcar y muchos etcéteras frutales. País multicultural con ritmos y sabores; país multirracial con un enorme amor por el futbol que desborda todo tipo de pasiones. Un país que está preocupado más por la novela en el horario “prime time” que por el acontecer diario; país que ve la política como la causante de todos sus males.

Si, la política como la causante de todos sus males. En realidad, el colombiano promedio no sale de su zona de confort donde “la crítica es su principal arma de destrucción masiva”. País donde hay colombianos capaces de mutar de acuerdo a las temporadas o los aconteceres nacionales; por ejemplo, en temporadas de selección Colombia, copa libertadores o en el torneo local, los colombianos promedios –más bien de forma masiva- mutan teniendo la capacidad de ser técnicos de futbol; en temporadas de crisis cuando aparecen puentes acordeones, situaciones como la imposibilidad de terminar los túneles de la línea o lo de hidroituango, se convierten en ingenieros especializados en alta ingeniería; en temporadas de inundaciones y avalanchas, se convierten en ambientalistas y especialistas en atención de desastres; cuando el país afronta perdidas legales como las del mar en territorio sanandresano, abundan los abogados especialistas en derecho internacional; y cuando es temporada electoral o de política se desbordan los politólogos de parque a dar clases magistrales sobre ciencias políticas.

Lo particular es que estos colombianos “mutantes de profesión” lo hacen desde su confort casero, frente al televisor donde ve noticias y novelas. Estos mutantes tienen un poderoso aparato minúsculo que es empleado para lanzar sus proyectiles - “critica”- de destrucción masiva, con capacidad de transmitir señales y mensajes más dañinos que una bomba atómica.

Con esa arma destruye el país y vuelve a reconstruirlo sobre desinformaciones y rumores; desde ese pequeño aparato tiene la capacidad de infundir odio y negativismo con una capacidad tan enorme que se junta con sus otros colegas mutantes de profesión a lo largo y ancho del territorio nacional y terminan volcando a toda esta patria tropical y multicultural habida de memes y de chistes sobre la división y la inconformidad.

Las cosas no están bien en Colombia, eso es claro, pero el irrespeto y la percepción de polaridad de bandos enemigos a lo largo de toda su historia no dejan salir de su fango este enlodado país tropical.

Continuando con la tropicalidad, Colombia posee una réplica política aplicada en todo el continente latinoamericano, repertorio multifacético donde el hacer de la política es perpetrada por politiqueros y populistas apoyados por una masa apática y sin capacidad de razonar; pero ésta masa, deja su inmovilidad para moverse como solo sabe hacerlo: “bajo el interés personal”.

Es por eso, que aquí se cree o se tiene la ignorante noción que, si una persona hace política a favor de un candidato, este debe de cumplir todos los caprichos personales o propósitos de quienes trabajaron en campaña por y para el futuro caudillo libertador; es decir, un candidato que termina siendo alcalde, concejal, gobernador, senador o presidente, está en la obligación de: “otorgar un puesto en su administración, ubicar laboralmente a un pariente dentro del sector público, o por el contrario tiene la obligación de otorgar un contrato”. Esta incultura política es el resultado de lo que en 200 años se ha construido sobre la democracia.

Incultura que desborda todas los pronósticos y las realidades, promueve clientelismos y corrupción generalizada donde el ciudadano es el máximo promotor del mismo. ¡Si! El ciudadano, donde se acostumbró bajo las viejas formas de hacer política moverse bajo sus propios intereses y que siempre tiene su mano abierta para recibir cualquier limosna o migaja.

En Colombia, por ejemplo, los funcionarios públicos tienen prohibido hacer política –Articulo 110 de la constitución política de Colombia- y en la cadena de campañas electorales son los que mueven la arena política a favor de un partido o de un candidato, ¿Cuál es la razón?, la respuesta es sencilla: “peligra el puesto que cada funcionario consiguió en las pasadas elecciones”, por eso la necesidad del continuismo –ahora con el nuevo candidato- que es la cuota política del que está en el momento a cargo.

Administración nueva cambia sus peones –refiriéndome en un tablero político a los funcionarios-, dejan sin trabajo a sus oponentes políticos y sale de ellos para llenar esos puestos con los nuevos peones que hicieron campaña a favor del candidato electo, y es obvio, no ve que el feliz ganador ya les debe esos puestos desde la campaña.

A lo anterior, se le suma la pereza de los votantes para salir a las mesas electorales, ponen la excusa de no tener dinero para transportarse o para comer un refrigerio debido a que su mesa electoral queda en un barrio alejado o en otro municipio. El partido político o el candidato pone los recursos económicos y el transporte para que nuestro ciudadano tropical pueda –ahora si- depositar su voto. El político entiende que ese votico no se puede perder y gasta lo suficiente para sacarlo a votar; él no tiene afán, el recupera esa plata cuando este en el cargo bien sea con algún contrato o con desviación de dineros públicos. Esto no lo entiende nuestro rústico constituyente primario, el candidato termina patrocinando la pereza de nuestros ciudadanos tropicales y por ende asegurando su futuro político.

Funcionarios públicos, politiqueros populistas y ciudadanos incultos son la santa trinidad política electoral “tropical” en Colombia. Funcionarios y ciudadanos son los que mueven y masifican las campañas electorales sin un mínimo de sapiencia democrática sobre muchos aspectos y que a la larga terminan no solo promocionando candidatos corruptos, sino que son la base de la corrupción; son los ciudadanos los corruptos por encima de los políticos, estos últimos son el resultado de lo que somos como sociedad en cultura política.

Después de las elecciones, nuestro ciudadano vuelve a mutar de nuevo para seguir con su aparato de destrucción masiva y su crítica, esta vez porque consiguió lo que necesitaba o porque no le cumplió el político. Nuestro colombiano tropical vuelve a su estado natural, a la espera de que acontecimiento de la vida nacional lo va a obligar a transformarse bien sea en ingeniero, técnico de futbol, ambientalista y abogado, hasta volver de nuevo a ser el politólogo de parque movido por su interés personal.

Empieza de nuevo el ciclo interminable de incultura política, que tiene sumergido a Colombia en una democracia al servicio de una caterva inculta sin un mínimo de formación política.

 

 

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