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Columnistas  |  24 mayo de 2020  |  12:00 AM |  Escrito por: EL FLACO JIMÉNEZ

MEDÍTELO CONMIGO 10

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EL FLACO JIMÉNEZ

Por El Flaco Jiménez

Mi abuela materna tuvo 12 hijos y mi mamá tuvo que ir donde el doctor Buitragón, famoso ginecólogo de Manizales, porque yo no quería nacer. El tipo la declaró infecunda, sin examinar al marido.


El muy machista decidió que mamá era estéril como una mula, que no puede parir. Fue doloroso, humillante para una familia tan prolífica. Pero, muy querido Buitragón, se ofreció generosamente con un tratamiento, la última tecnología americana en fecundación, eso sí costosito.

Ella y mi padre vendieron la tierrita en Neira para pagar el tratamiento y se vinieron a Manizales a trabajar duro y ahorrar para mi llegada. Vivían pobremente y esa era una de las razones por las cuales yo no quería nacer.

Un día me asomé por la rendija de mamá y quedé horrorizado. El mundo era pobre, frío y faldudo, la gente vestía paño oscuro y hasta los niños usaban sombrero. El asesinato era bien visto si se trataba de un adversario político y en cambio el sexo era considerado un crimen. Los muchachos tenían dos opciones: La masturbación que producía demencia, o las putas que producían sífilis. A las jovencitas las echaban de sus casas si tenían sexo antes del matrimonio. Las misas eran obligatorias y larguísimas como las procesiones y como los sermones del padre Hoyos y los discursos de Fernando Londoño (padre). Era una vida casi tan aburridora como una novela de Octavio Escobar. Resolví no nacer.


A mis padres les fue bien porque Manizales prosperó después del incendio y las familias principales se enriquecieron con la exportación de estimulantes a los Estados Unidos. Me refiero al café, primero de los muchos estimulantes que les hemos vendido para satisfacer sus gustos dionisiacos porque todo hay que decirlo, Colombia es la olla de los gringos.

 

Pero el tratamiento de fertilidad, que era la gran ilusión de mis once tías, no dio resultado. Y después de 15 años de carameleo médico, mis padres mandaron a la mierda a Buitragón (pero con todo respeto) y se montaron por primera vez en un avión DC-4 rumbo a Cartagena. La luna de miel que no pudieron tener recién casados.

La Costa me encantó, ¡No joooda! ¿Así que la vida podía ser distinta? Andar en chanclas, beber cerveza fría con gente relajada, alegre y mamagallista, no escuchar tangos ni bambucos, ni sermones ni discursos. Nadar en el mar azul, comer mariscos y disfrutar las playas con todo lo que transita por ellas… Disfruté tanto esos días que le cogí amor a la vida y resolví nacer, pero no en Manizales que es como una Bolivia chiquita, sino en Cartagena a la orilla del mar y del mundo.

Dos meses después, volvió Rosario donde Buitragón. Que no le venía la regla. El sabio medico arrugó la nariz, tragó saliva y se acomodó las gafas. ¿Quince años tomando sus brebajes que solo daban agrieras y bastaron dos meses sin ellos, para que mi mamá quedara embarazada? Eso contradecía a la ciencia médica y menoscababa su propio prestigio. No podía ser. Entonces escribió unos garabatos y dictó sentencia: “¡Usted ya cerró edad, doña Rosario!”.

Mis once tías, expertas en la materia, dijeron que 40 años era muy temprana edad para la menopausia, pero mi madre que creía ciegamente en los médicos se resignó a su destino. Se quedó de tía como solía decirse, pero como premio de consolación, retiró los ahorros del banco para darse la buena vida que nunca había tenido. Ella y Manuelito, sabiendo ya de fuente autorizada que yo no iba a venir a este puto mundo, se dedicaron a gastarse la plata que habían logrado ahorrar en tantos años de sacrificio esperando al primogénito: ¡Mi plata!

Entonces fue cuando resolví que no iba a esperar a nacer en Cartagena, sino que nacería rápidamente aquí en Manizales. Es cierto que no había mucho espacio para un poeta que no fuera greco caldense, pero alguna cosa se me ocurriría. La mitad de mis ochocientos primos se habían ido de curas y de monjas, tomaron los hábitos, como se decía en ese entonces. Yo imaginé que en una ciudad como Manizales que estaba progresando, también se pueden tomar otros hábitos, los malos hábitos. Eso me animó más todavía. Quería nacer lo más pronto posible, antes de que papá y mamá se me gastaran la plata del trago.

Cuatro meses después, la barriga de mamá parecía un bombo de la banda de guerra. Y ella volvió donde el matasanos porque su fe en los médicos era inoxidable. El eminente obstetra no lo podía creer. ¿Quince años tomando sus brebajes que solo daban agrieras y bastaron cuatro meses sin ellos, para que Rosario quedara embarazada? Eso contradecía a la ciencia médica y menoscababa su propio prestigio. No podía ser. Entonces dibujó otros garabatos y dictó nueva sentencia: “¡Usted tiene un tumor, doña Rosario!”.

(Síganme para más historias embarazosas).

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