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Columnistas  |  08 agosto de 2020  |  12:00 AM |  Escrito por: Jimena Marín

EL TOQUE DE QUEDA COMO UNA EXPRESIÓN DE LA FALTA DE VOLUNTAD POLÍTICA

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Jimena Marín

Por Jimena Marín Téllez

Parece ser que los gobernantes en la región no han comprendido que el hambre también causa muertes.

Mientras las personas cada vez ven más afectada su salud mental por los cinco meses de aislamiento preventivo obligatorio, la alcaldesa de Armenia pretende imponer toques de queda en la ciudad todos los fines de semana de agosto. No entiende que, por una parte, está afectando a los restaurantes y cafés que solo recientemente estaban abriendo, condenándolos a la quiebra, y, por otra, está generando en los armenios una zozobra innecesaria.

Para una persona que nació con la Constitución de 1991 y que no recuerda con claridad los estados de miedo de los 90s y principios de 2000, el toque de queda sucedido en Bogotá en diciembre de 2019 parece digno de una novela distópica. Igual sucede con los toques de queda decretados al inicio de la pandemia. Esa persona, y por esa persona me refiero a mí y a personas en las mismas circunstancias mías, no concibe un mundo donde los gobernantes pretendan paternalizar a los ciudadanos al punto de limitarles sus libertades básicas, como la libertad de locomoción. Los que crecimos bajo el Estado de bienestar que impuso la Constitución de 1991, sabemos que el Estado no puede tener injerencia en ciertos asuntos de la vida privada de las personas, ya que este solo debe generar las condiciones adecuadas para que las libertades se puedan ejercer.

Por lo tanto, nunca estaré de acuerdo con un toque de queda generalizado. Primero, porque ya estamos en aislamiento preventivo obligatorio, lo que, aunque limitativa, debería ser una medida de por sí suficiente y, además, hay pico y cédula. Hay, con toda seguridad, medidas menos gravosas para las libertades de las personas.

Adicionalmente, el costo económico es enorme. En una región con un desempleo de tan alta magnitud, no podemos darnos el lujo de cerrar todo y no permitir ni siquiera la distribución de domicilios. Es una medida poco proporcional que, con un poco de voluntad política del gobernante de turno, se podría evitar.

Hace quince días exactos, cuando los restaurantes y cafés empezaron a prestar servicio a la mesa, evidencié el problema en Armenia. El problema no es la apertura, ya que esto es necesario para reactivar la economía, sino un tema de control y vigilancia de la Alcaldía. Estuve en un café y en un restaurante-bar, de los cuales omitiré sus nombres. En el primero, no había distanciamiento social de ninguna clase. Inexistente. Las mesas estaban juntas y las personas podían quitarse el tapabocas. El mismo propietario del establecimiento atendía sin tapabocas. En el segundo, esto es, en el restaurante-bar había filas de carros esperando entrada. Gran aglomeración de personas, aunque cabe resaltar que no dejaban sentar más de 4 personas por mesa y estas estaban distanciadas a 1 metro de distancia.

Entonces, los restaurantes y demás establecimientos deben abrirse, sin excusa alguna, pero es responsabilidad de la Alcaldía controlar que los comercios cumplan con los protocolos de bioseguridad. Adicionalmente, deben controlarse las fronteras del departamento y de la ciudad, para impedir la entrada de personas de otras regiones.

En el Quindío, afortunadamente, aún tenemos controlado el virus. Pocos casos, 19-20 al día y aún no llegamos a los 500. Eso nos hace privilegiados frente al resto del país, pero debe haber un control para evitar el desborde y ese control no puede, bajo ninguna circunstancia, significar el cercenamiento de las libertades individuales de las personas. Los costos económicos y sociales de tal limitación absurda son demasiados para que los soporte un departamento con altos índices de suicidio, drogadicción y desempleo.

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