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Columnistas  |  17 octubre de 2020  |  12:00 AM |  Escrito por: Jimena Marín

COLOMBIA NECESITA UN CAMBIO EN EL ETIQUETADO ALIMENTICIO

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Jimena Marín

Por Jimena Marín Téllez

¿Cuántas personas revisan los ingredientes de sus alimentos antes de comprarlos? Probablemente muy pocas.

Sin conocimientos en nutrición, muchas personas se dejan guiar por lo que dicen los empaques o por lo que dicen los coach nutricionales por redes sociales. Esto tiene dos problemas. En primer lugar, la mayoría de las veces los empaques son engañosos o no reflejan la realidad. En segundo lugar, muchos de esos coachs nutricionales ni siquiera han estudiado una carrera como nutricionista, la cual tiene una duración de cinco años. Por lo tanto, la desinformación al consumidor alimentario es preocupante en Colombia.

Por ejemplo, una de las marcas más compradas por los colombianos es la marca Finesse de Alpina. Muchos de nosotros la compramos porque consideramos que es saludable, ya que su nombre es similar a la palabra fitness en inglés, que significa el estado de ser saludable. Adicionalmente, en su logo aparecen dos “S” dibujadas en forma estilizada, queriendo significar que el producto es eficiente para tener una figura esbelta. Sin embargo, al leer detenidamente la descripción de varios productos, como por ejemplo el queso, nos damos cuenta de que este es semigraso. Si lo comparamos con un queso mozzarella normal, de cualquier marca, nos daremos cuenta de que este también es semigraso. Por lo tanto, en cuanto a nivel de grasa, no hay diferencia. Así las cosas, estamos pagando mucho más por un queso que no es probablemente mejor para nuestro cuerpo. Y así sucede con varios productos, ya que estos son altos en azúcar o no son reducidos en grasa. Por ejemplo, el yogurt que viene con cereal marca Müsli no es en verdad tan adecuado como lo presentan, ya que tanto el cereal como el yogurt son altos en azúcar.

Podría poner muchos otros ejemplos, uno de ellos, el pan integral Bimbo que compramos en el supermercado. Lo venden con colores cafés para que entendamos que es integral y bueno para nuestra salud, pero en letras pequeñas en la parte de atrás vemos que dice que es primordialmente fabricado con harina de trigo fortificada y en segundo lugar con harina integral. Además, es alto en azúcares y en grasa.

Red Papaz es una unión de madres y padres que ha liderado la campaña para que lo anterior cambie. Es decir, que las empresas se vean obligadas a hacer un etiquetado claro de sus productos cuando estos sean altos en azúcares o en grasas.

Por ejemplo, en México, con el fin de combatir la epidemia de obesidad infantil que se ha venido incrementando en las últimas décadas, se ha implementado una directriz de que todas las empresas productoras de alimentos deben etiquetar, con un aviso grande con fondo negro y letras blancas, cuando un producto sea alto en sodio, calorías, azúcares, grasas saturadas y grasas trans. Es decir, en el país de los tacos, es obligatorio anunciar de manera clara y grande si el producto presenta riesgos para la salud.

Mientras tanto, en Colombia aún no implementamos medidas de este tipo. Las empresas productoras siguen induciendo a engaño al consumidor, a pesar de los esfuerzos de la Superintendencia de Industria y Comercio de sancionar a quienes usen empaques engañosos.

Hasta que no exista un etiquetado similar al de México, con alertas que indiquen los excesos de los productos, seguiremos consumiendo alimentos basura. Por lo tanto, se debe expedir una regulación de este tipo, atendiendo a las solicitudes de Red Papaz. Así mismo, es importante prohibir la publicidad de alimentos altos en azúcar, como por ejemplo las gaseosas.

Cuando somos niños, nuestras preferencias están dictadas básicamente por lo que aprendemos de nuestros padres, por lo que aprendemos en el colegio y por lo que vemos en televisión. Si los padres no compran alimentos saludables porque están inducidos a engaño por parte de las empresas productoras y si la televisión genera aún más confusión al presentar alimentos altos en grasas y azúcares con publicidad llena de colores, felicidad y ambientes saludables, estaremos incubando una generación con problemas de hábitos y adicción al azúcar.

Esto, más allá de la problemática individual que genera, da paso a un problema de salud pública que nos impacta a todos, ya que afecta nuestros impuestos, toda vez que estos deberán gastarse en políticas para mitigar el impacto de la comida basura.

Considero que es momento de repensar cómo las empresas tienen una responsabilidad social con la salud de los consumidores.

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