• VIERNES,  04 DICIEMBRE DE 2020

Columnistas  |  21 noviembre de 2020  |  12:01 AM |  Escrito por: Faber Bedoya

YO SIN TI NO PUEDO SER, NOSOTROS SIN ELLOS TAMPOCO

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Faber Bedoya

Faber Bedoya Cadena.

Y dejó de ser poesía para ser realidad. Tangible. Porque nos han demostrado hasta la saciedad que solo a través de los demás, se puede desarrollar nuestra misión. Sacrificar de sí mismo y deponer voluntades para poder dar y recibir el amor de los demás.

Qué tanto valgo para los demás. Y qué tanto vale los demás para mí.

Aprendí a adaptarme a las necesidades ajenas, sin esperar a que ellos se adaptaran a las mías.

Ceder no es perder libertad, es ampliar el sendero.

De repente el camino se volvió estrecho. Y la guía, el google map, es la solidaridad. Tantas manos amigas encontré. A tantos tuve oportunidad de auxiliar. Sabes, no reparé ni en rostros ni en respuestas. Contigo pude cumplir mi misión. Tú cumpliste tu misión a través de mí.

Me retroalimenté gracias a tus reclamos, justos, desmedidos, amables, descomedidos.

Aparecieron todos los problemas. Los archivados. Nuevos, sin estrenar. Propios, ajenos, con forma de mujer, de hombre, de niños. De comunidad, pueblo. En la lluvia y en el sol. Y me sonreían con una risita burlona. Retándome. Contigo pude ser. Responder. Y conté irrestrictamente con los míos. Rutinarios problemas de salud. Nada grave ni de origen chino. No es poesía, contigo todo es tan fácil. Fueron siete meses guardado. Y nada, absolutamente nada, se detuvo.

Aparecieron todas las respuestas. Las tradicionales. Las personales, sin fiador. Los ajenas, con la necesaria recomendación. Las extraoficiales, fáciles, con cifras que creía sólo se daban en las páginas judiciales, pero están ahí a tus órdenes. Las institucionales, con letra menuda de difícil lectura y peor comprensión. Las ofertas a largo plazo, y el plazo llegó. El tiempo corrió y lo que parecía lejos, ya lo acariciamos. Las comunicaciones telefónicas sin dilaciones. Aprendimos a vivir con los domicilios. Citas médicas sin médico presente. Aprendí a decir “estoy muy bien, gracias a Dios”. Nos vemos por teléfono dentro de tres meses y a su correo le llegan las órdenes para las medicinas y de los exámenes. Ya es la tercera vez que me dicen lo mismo. Me acostumbré a que cumplieran.

Nunca antes, el tiempo tiene tanta vida. Y es vida en colectivo. Adiós al ser individual. El condominio es la ciudad. Los medios masivos de comunicación nuestro canal vital, la sabia que genera existencia. Tu número telefónico puede significar la diferencia entre la soledad y el tenerte. Son salvavidas. Los seres que me rodean adquieren vida y vida en abundancia. Tanta vitalidad tiene el perrito de la vecina. Los pajaritos que golpean la ventana. Los músicos desde la calle suenan muy bien. Hoy solo quedan los mariachis.

En las postrimerías del año, la normalidad es otra. Ni como antes, ni antes de antes, ni como ahora. En la primera cuarentena había incertidumbre, en estos momentos hay pos incertidumbre. Sigo apegado a ti, contigo puedo ser. Sigo aferrado a los demás.

Y volvieron… qué fue lo que volvió realmente.

Conozco muchos seres felices que permanecen en sus casas. No quieren salir. Muy saludables. Están viviendo como siempre quisieron vivir. Conozco seres que tienen que salir, no importa a qué. Muy saludables. Pero algo les hace falta afuera. Y ya no lo van a encontrar. Son como las luciérnagas, buscando la luz y la luz llevando.

En estas ilustres décadas tenemos que recoger. Toda la extraordinaria cosecha que albergamos en nuestro granero interior. Sin dependencias, ataduras, apegos. Es tan fabulosa la vida en salud, en libertad. No nos hemos sentido atados, encuartelados. Mi espíritu, contigo siempre es libre. También en la virtualidad, alternancia, presencialidad.

No me voy con mi música para otra parte. Ni me llevo los libros. Solo tu presencia hecha recuerdo. Son pasos agigantados hacia ninguna parte. Con un hasta luego. Seguro que al volver la página la vida está sonriendo. Y me contagio de la risa de los que saben decir sí.

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